Es lo Cotidiano

EL DICCIONARIO BIOGRÁFICO DEL FRACASO LITERARIO

Veronica Vass

C.D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)

Veronica Vass


Con frecuencia los escritores son criaturas secretas, ya sea por instinto o por naturaleza. Sus días suelen extraviarse en habitaciones oscuras o en bibliotecas dando forma a las ideas, observaciones, experiencias y extrañas imaginaciones, en palabras que no pueden posiblemente encontrar un paralelo oral en las personas dadas a los placeres del esconderse. En el DBFL no tratamos con esos flaneurs ostentosos que se sientan en cafés y cafeterías, que ostentan moleskines y macbooks. Poco puede salir de ahí. En el DBFL tenemos más respeto por esos que trabajan en silencio.

Una escritora como Veronica Hass, por ejemplo, aunque sí pensamos que su caso es bastante extremo. Nacida en Ginebra de madre rusa emigrada y padre polaco-suizo, Vass fue una de esas mujeres a las que se les presentó una ventana de oportunidad con el terrible acontecimiento de la Segunda Guerra Mundial. Temiendo anticipadamente que hubiera mayores convulsiones en Europa (aunque no anticipó que en Suiza no habría), su familia se mudó a Inglaterra en 1928. Vass, sin embargo, se quedó en Bruselas, donde recibió educación privada antes de ir al Somerset College en 1938. Su formidable inteligencia y su habilidad para los idiomas (hablaba cinco cuando tenía quince año y añadiría siete a su repertorio) la señaló como una recluta del trabajo criptográfico secreto que se estaba haciendo en Bletchley Park. (Documentos descubiertos recientemente, sin embargo, revelan que su trabajo ahí presentó varios problemas: su herencia europea mixta, su padre judío e, irónicamente, su gran talento para los idiomas, la hicieron sospechosa a los ojos de alguno. De hecho, nunca quedó claro si Veronica trabajaba como agente doble, triple o cuádruple).

En Bletchley Park, a pesar de estar trabajando en una cabaña de madera y sin poder hablar de nada que no fueran fiestas de te y panecillos, Vass conoció a Angus Wilson, a Alan Turing y, quizá más significativamente, a la joven Christine Brooke-Rose.

Aunque Vass ya había escrito una novela en Oxford (el monólogo interior Handflower, quizá demasiado influenciado por Djuna Barnes para ser tomado en serio), fue en la intensamente secreta atmósfera del centro de operaciones criptográficas donde se desató su talento para el trabajo encubierto.

Durante los años de la guerra escribió cinco novelas, todas en un código tan complejo, tan traicionero, tan arcano, que el mismo Turing no pudo pasar de las primeras palabras.

Mucha de la gran escritura es penetrable sólo hasta cierto punto. ¿Quién honestamente ha logrado entender algo del Finnegans Wake sin bastantes obras de referencia junto a él? Algunos lectores inclinados a las modas francesas pueden asegurar que toda escritura es un tipo de código, pero ninguno tan impenetrable como aquel con el que Verónica Vass escribió su obra.

El hábito del secreto inculcado en Bletchley Park era tan profundo, que muchos de los que allí trabajaron nunca hablaron de su trabajo, incluso años después del final de la guerra. Así pasó con Vass. No sólo había escrito sus obras en un idioma para que el que no había piedra Rosetta, sino que no le dijo a nadie que las había escrito.

Las descubrió su hijo tras su muerte en 1979: cinco manuscritos mecanografiados, con la tinta desvaneciéndose, rehusando con resolución revelar sus secretos.

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