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01:22h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Adiós, Fidel

Mónica Navarro

Hubo un tiempo en que las personas eran capaces de soñar con mundos diferentes, cuando tomaban sus sueños como estandarte y estaban dispuestas a dar la vida en ello.

Fidel Castro y sus seguidores, sorprendieron al mundo en 1959 cuando llegaron al poder en Cuba a través de una revolución. Son conocidos sus motivos: el desempleo, la explotación, las condiciones deplorables de vida de los cubanos, la falta de oportunidades para los nacidos en la isla, las profundas brechas entre los muy ricos y los más empobrecidos, la presencia de las mafias, la falta de democracia.  A muchos Cuba les parecía un paraíso, pero  no a todos. No les parecía un sueño a los cubanos que eran explotados en los campos de caña de azúcar, lo que trabajaban por un miserable sueldo haciendo puros o para quienes obtenían sus ingresos por dar servicios sexuales.

Como todas las revoluciones, la cubana cimbró a muchos ricos y poderosos y dejó una profunda huella de resentimiento y rencor entre quienes fueron expulsados de la isla y despojados de su patrimonio y su patria. También trajo educación, escuela, viviendas para millones de cubanos.

La historia es conocida por todos: la egolatría de Fidel, la trasformación de una revolución en la dictadura más larga de la historia, los éxitos y los fracasos de la revolución, el bloqueo americano, las condiciones de pobreza y escasez del pueblo cubano. Pero ahora que ha muerto el comandante Fidel Castro, no es tiempo de fiesta, es tiempo de rescatar su legado, su herencia de transformación, de ir en busca de los sueños, su capacidad de buscar aliados y lograr sus sueños.

Con la muerte de Fidel me surgen muchas preguntas ¿Por qué nadie fue capaz de organizar otra revolución para derrocar a Fidel? ¿Qué hicieron todos aquellos que se decían preocupados por las condiciones de pobreza en las que viven los cubanos? ¿Por qué el mundo permitió el bloqueo de Estados Unidos a la Isla? Y sobre todo, por qué celebran la muerte de una persona. Acaso, con Fidel ha muerto el último revolucionario y está muerta nuestra capacidad de lucha, de valor por transformar el mundo en  lugar más justo.

No propongo tomar las armas. Hay suficiente tecnología, escolaridad, conocimiento, marcos legales para cambiar el mundo a nuestro favor. Pero no lo hacemos. ¿En verdad lo único que podemos hacer es circular y reproducir “memes” con faltas de ortografía para manifestar nuestra inconformidad, pero no nos atrevemos a dar un paso al frente?

Estamos en un mundo en el cual parecemos convencidos que lo natural es que existan personas tan ricas  que jamás podrán acabarse su riqueza, y por lo menos el 53% de los mexicanos no sabe siquiera si tendrá alimento para  cenar esta noche. No estoy calificada para decidir si es bueno o malo el comunismo, pero  estoy convencida que todos tenemos derecho a una vida digna con los satisfactores básicos.  Hay muchos factores qué mejorar, pero ahora que sobra escolaridad nos falta valor, capacidad de crítica, y no toleramos a los revolucionarios.

Adiós, comandante Fidel. Te marchas, pero has dejado un legado de valor, de osadía. Lograste grandes triunfos y también gigantes fracasos, pero me quedo con tu revolución,  valentía, con la palabra mágica, la capacidad de seducción y sobre todo, con tu permitirte remar contra corriente.

Ha muerto, Fidel, pero aún hay muchas revoluciones por empezar.

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