Martes. 22.10.2019
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Fidel, Fidel

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Inevitable. Generaciones hubimos marcadas por la presencia de Fidel, ya fuera como el chamuco que nos llevaría si nos portábamos mal, o como esa variante de santoclós que nos traería regalos en navidad si obrábamos bien. El mundo, la economía, la política –eso que parece transcurrir fuera de nuestros intereses y en manos de otros, cobrándonos caro muchas veces tal indolencia-, la realidad, fueron imprimiendo en la segunda mitad del siglo XX todos esos hitos que fueron la suma de su vida: Los barbudos bajando de la Sierra Maestra para expulsar de su país al regenteador del burdel norteamericano en que su país había degenerado, la prestancia con que decidieron plantar cara al vecino de ahí nomás a unas cuantas millas náuticas, la alianza con ese otro gigantón –La entonces URSS- que gustoso los incorporó como pieza fundamental de aquella Guerra Fría, la construcción de instituciones educativas y de salud –bienestar, pues- hasta ahora inalcanzables por otros en Latinoamérica, la disposición plena para continuar exportando su revolución a otros países –la generosidad cubana dejó más de una placa conmemorativa en el desarrollo de innumerables países-, el bloqueo norteamericano que no dañó tejidos vitales mientras existió el anchísimo ducto de apoyos soviéticos, el entramado de espionaje comunitario que pronto se convirtió en un atroz aparato de delación vecinal para escalar la obtención de privilegios… Y Fidel, la potencia de su figura, convertido también pronto en leyenda imbatible, tanto para eufóricos defensores como para furibundos detractores.

Inevitable, dijimos, tocar el tema, y toca esa suerte a Tachas 181. Al calor de una convocatoria apresurada e incompleta, aquí está la poliédrica respuesta de nuestros colaboradores. Sírvase usted el tono, la versión, la fobia o el entusiasmo que le acomode.

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