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17:19h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Fidel se parecía a su uniforme

Luis Fernando Alcántar Romero

—No le falles a la Revolución —le dijo a Medrano, sin dejar de mirarlo.
—No le falle a Cuba, comandante.
Castro cerró la portezuela y se fue, con su numerosa comitiva.

Diálogo entre Humberto Medrano (subdirector de Prensa Libre) y Fidel Castro a finales de mayo, 1960.

 

Recuerdo la imagen de Fidel Castro con su uniforme verde olivo. Me resulta difícil separar ambas imágenes. Esa postal se me quedó grabada luego de contemplarla muchas veces en fotografías y en imágenes de archivo, en videos. Un personaje por una barba abultada que lo acompañó buena parte de su vida.

Me parece que sus ojos expresaban una soledad inhóspita, con el gesto de alguien que hizo y deshizo cosas y personas. Fidel murió a los noventa años, mientras sucedía el Black Friday en 2016. Como dijo el gran novelista cubano Reinaldo Arenas, sólo Fidel le guardaba sus cuotas de fidelidad a Fidel mismo.

Siguió sus ideales de juventud y al llegar al poder absoluto, éste lo absorbió. Entonces eso partió a Castro, acentúo sus sombras. Al hablar de él, hay que asirnos al microscopio de la ambigüedad y la contradicción. El polvo de su afán enérgico y romántico durante su amistad con Ernesto Guevara fue barrido por la escoba dura y rígida que dirige el que tiene el mando.

No soy romántico, no puedo hablar de Fidel como una figura cercana. Por eso me refiero a él de forma distante. Así como él puso mucha tierra de por medio primero con el joven que fue, después con su propio país, al encumbrarse como esfinge autoritaria que ejerció desde la intolerancia y la obstinación.

¿Cómo fue su tránsito para tornarse en una entidad polémica? ¿Otra vez: el poder mismo, o éste sólo fue la catapulta y detonante de algo que ya latía bajo los huesos del Comandante? ¿Por qué, por ejemplo, la izquierda latinoamericana hizo vista gorda ante las acciones de Castro y lo respaldó en tantas ocasiones? 

Creo que Fidel murió simbólicamente desde hace mucho. Sólo estaba una figura con la marca de alguien que gobernó un país por décadas. Que tuvo que convivir con esa consciencia, si es que acaso decidió ponerle atención. Cuba vivió (¿vive aún?) en un lugar desgarrado teñido por claroscuros y sin libertad.

Hay revoluciones que obligan a valorar positivamente a sus artífices. Fidel cabe en esa categoría. En lo personal, tengo un problema con las figuras autoritarias y con su influencia, especialmente en lugares en donde poco o nada cambia, y si lo hace, esto suele ser de forma lenta, casi imperceptible. Prefiero mantener mi duda al respecto.

Para cerrar estas líneas, cito a la periodista cubana Lianet Fleites, quien compartió su sentir en Facebook, aquí un fragmento de su publicación:

No festejaría la muerte de Fidel, mucho menos tendría la torpeza de hablar liberta, porque en mi cuadra, en lo adelante, la mujer sacará el colchón hediondo al sol, algunos harán deporte en la mañana y los pregoneros del pan seguirán su ruta de siempre.

 

*Consulte aquí la fuente del diálogo.

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Luis Fernando Alcántar Romero
es periodista y escritor.

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