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17:24h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Sin medias tintas

Enrique R. Soriano Valencia

Murió un hombre que no tuvo medias tintas, Fidel Castro Ruz. Idolatrado y odiado; alabado y vituperado; imitado y rechazado; libertador y dictador: ejemplo en ambos extremos.  Se llevó todos los adjetivos. Innegable, una personalidad que impuso un ritmo al mundo.  Bocadillo de las grandes potencias su país, mantuvo alianzas con unos para disgusto de los otros.

Fidel Castro es, quizá, el último de los líderes. Ya no hay personajes que se perpetúen en el poder político-administrativo de un país. Fue heredero de los que surgieron en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Con el poder en sus manos, no cedió a las presiones internacionales para pasar al concepto de democracia de Occidente. Los anteriores líderes que de igual forma se negaron (Mao de la China Comunista y Tito de la extinta Checoslovaquia) forjaron alrededor suyo un liderazgo tan dependiente que a sus respectivas muertes los regímenes que instituyeron se resquebrajaron totalmente. Castro, no obstante (no sin cierta resistencia) dejó a su hermano el papel político-administrativo, pero no así el liderazgo. Por ello, no dejaban de encontrarse con él los ministros y presidentes de otras naciones, Ahora el régimen podría perder, como en los anteriores casos, ese relativo equilibrio.

Supo transitar de la actividad guerrillera a la institucionalidad administrativa. Al Che Guevara no le fue posible y por ello emprendió la lucha en Latinoamérica (al paso del tiempo sería muerto por eso). Sobre este aspecto se ha especulado tanto que difícil es identificar la realidad de este aspecto.

Se le responsabiliza de la escasez en la Isla de medicamentos, alimentos y vestido. Se debería revisar por qué razón no podían comerciar con otros países para adquirir esos bienes. Entonces se ubicaría mejor a los responsables. Cierto que muchos dirán que ello atentaba contra su permanencia en el poder porque le exigían otro tipo de régimen económico y democrático; entonces era responsable. Nadie arriesga su vida, para dejar que un concepto distinto se apropie de lo conseguido.

Se les echa en cara la falta de libertad. Se debe comparar la libertad que se goza en otros países en los que, gracias a la libertad, hay padres que pueden o no llevar a sus hijos a la escuela; hay libertad para dedicarse a limpiar parabrisas, en vez de estar estudiando; hay libertad de ir a cualquier país, siempre y cuando uno consiga dinero para sacar el pasaporte, el desplazamiento y la manutención.

Seguro en otros en otras opiniones se dará cuenta pormenorizada de que está abatido el analfabetismo, la tasa de mortandad infantil es de 4.2 por cada mil nacidos, frente a México con 21.6; y la desnutrición infantil está erradicada, según el órgano de las Naciones Unidas para la Infancia, Unicef.

Muchos, entonces, se preguntan –sin que les falte razón– para qué la tan presumida libertad en condiciones de pauperismo, como lo ha demostrado año tras año cada régimen de América Latina. Incluso valdría la pena reflexionar si hay la suficiente libertad democrática, si en Estados Unidos de América, por ejemplo, ganó el que menos votos directos recibió y aquí somos presa de los partidos políticos (que, también es justo decirlo, si estamos en esas condiciones es porque los ciudadanos no hacemos algo por cambiarlas y solo protestamos).

Fidel Castro no tuvo medias tintas. Los extremos lo distinguieron. Ahora muchos se afanaran por evitar que siga un ejemplo similar. Parafraseando una declaración muy popular en su momento (usada por don Agustín Sánchez Gonzáles): Mueres y te vas.

Sin embargo, no creo que sea fácil borrar su paso por la historia mundial. Odios y amores seguirán rondando su recuerdo.

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