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01:20h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Acuerdo histórico neurocordial

María Elisa Aranda Blackaller


Recordaremos -mis órganos y yo- al 2016 como el año en que, siguiendo el ejemplo de Estados Unidos y Cuba, se rompieron las hostilidades entre cabeza capitalista y corazón socialista. Vamos, hablo en sentido figurado: mente y emociones, razón y sensibilidad. 

Hasta inicios de este año estaba muy convencida de que ambas partes estaban siempre bien alineadas y comunicadas pero me llevé una sorpresa al descubrir conspiraciones de huelga. Mi mente decidió que se tomaría un descanso forzado y mis emociones salieron a las calles a protestar. Ansiedad, la catalogaron. 

Este año conocí esa triste y avasalladora enfermedad que se convertirá en una de las principales causas de ausentismo laboral dentro de poco más de un par de décadas. Fui diagnosticada en enero y dada de alta en diciembre -todo un año para reforzar que no hay que dar nada por hecho, ni siquiera a una misma. Cuando me dijeron que estaba enferma de la mente, así como una se enferma del estómago o de cualquier otra parte del cuerpo, me dio una tristeza profunda y una confusión brutal. La mente, activo privilegiado por la modernidad, también se sobrecarga, se satura y requiere mantenimiento. ¡Quién diablos iba a imaginarlo! Si algo no me había dado problemas antes, era mi mente. Servía para resolver problemas, para imaginar, para explicarme el mundo, para amortiguar las malas experiencias con análisis de causas y consecuencias, en fin. Bueno, pues este año le tocó ir a mantenimiento.

Una de mis primeras tareas fue buscar placer en actividades poco intelectuales como la comida o los paseos en el parque. ¡Vaya, eso lo disfruto mucho! No tenía por qué ser difícil. Pero existía la cláusula de no transformar la experiencia en una reflexión o análisis sobre cómo funciona la naturaleza o cómo me desenvolvía yo en ella. En pocas palabras, debí aprender a frenar el pensamiento y sostenerme más de mi ávida sensibilidad. 

Segunda tarea: hacer todo aquello que me diera miedo. Así llegué a Tinder. Comencé a conversar con personas de muchos estilos y la tarea se convirtió en un placer. Descubrí que más que una aplicación para ligar era una gran biblioteca de historias y un catálogo enorme de intenciones. Aplicando las lecciones de la primera tarea, me concentré en el placer de conocer personas diversas, sin tener que entenderlo todo y sin haber un fin particular en mis descubrimientos.

Tercera tarea: rechazar la sobrecarga de información. Aprendí a dejar ir a los nuevos conocidos que caóticamente se acercaban y alejaban. Me quedé con los buenos amigos que se quedaron y con un gran amor que recientemente me acompañó a librar un par de batallas pendientes y luego me acompañó a celebrar el alta. 

Cuarta tarea: aplicar lo aprendido. Mi inconsciente platónico que idealiza la razón y subestima la emoción debe ceder paso a una revolución donde cada poder halle, democráticamente, su sitio en mi vida. 

Cierro el año con una paz deliciosa, sorprendida sobremanera de la vulnerabilidad humana, satisfecha por la fidelidad que tuvo mi espíritu al acompañarme en el proceso y tremendamente agradecida por la familia, amigos y pareja que me regalaron paciencia y amor a manos llenas para vivir el año con todas sus peripecias. 

Voy a abrir el 2017 sabiéndome mujer de madera y no de hierro, que se puede romper si se fuerza, pero que está hecha para navegar sin hundirse. Despido el 2016 quitándome el sombrero porque, en doce meses, el canijo me hizo reconfigurar mi forma de enfrentar la vida, me conmovió hasta las fibras más profundas de mi ser y me acercó a personas valiosísimas que mantuvieron la luz muy brillante a lo largo del camino.

26 de diciembre de 2016

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María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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