BUTACA URTAZA

Cuando lo que falta es heroísmo

Federico Urtaza

Cuando lo que falta es heroísmo


Me resisto a ver series porque sé que soy débil y en cuanto me engancho, no me suelto. Pero bueno, a veces vale la pena y si no es así, ya está uno grandecito como para percatarse cuando algo comienza a ser una pérdida de tiempo que ni la moda ni el sentimiento del deber encubren.

Antes hablé en este mismo espacio sobre la serie Westworld, aunque refiriéndome en particular a los traslados del cine a la tele; quise seguir, no pude; habría que pensar el motivo, ya lo haré en otro momento; algo así me pasó con la segunda temporada de True detective, a pesar de que la primera temporada es en verdad memorable.

Así las cosas, me encaminé a retomar Black mirror, serie que no lo es propiamente, pues nos es presentada como una “antología” de crítica de la cibernetización de nuestras vidas. No, tampoco acabó de enganchar mi proclividad a la devoción, pero el tercer episodio de la primera temporada me viene a la memoria para ilustrar cómo en nuestro tiempo la ausencia de heroísmo en nuestros actos se traduce en una capacidad abrumadora para hacer hasta lo indecible para alcanzar lo trivial.

En una sociedad distópica (por lo que podemos ver, parece que a estas alturas ya no hay de otro tipo), la gente se la pasa pedaleando para producir energía que sirve para mantener un ambiente de virtualidad extrema en la que se compran sombreros, vacaciones, sexo, para unos monitos que no son sino el avatar de cada individuo que por lo demás, mientras no pedalea habita un cuartito-pantalla donde las 24 horas del día se proyectan video juegos o programas de reality y/o concurso no muy diferente a los que se le ofrece al televidente común y corriente. Ah, pero nunca falta ese que se fastidia con la rutina y poco a poco se desliza a una rebeldía un tanto sin objeto… hasta que la casualidad le proporciona uno: en este episodio, el protagonista conoce a una muchacha que canta como ángel en el baño común para que no la oigan orinar, así que gasta todo su capital para comprarle un pase a un concurso tipo México tiene talento o algo así, pero como la chica es una hermosura, los jueces consideran que si bien canta de fábula, es tan preciosa que nadie repara en su voz, así que deciden proponerle el regreso a la esclavitud pedalística o formar parte de un reality porno… Y ella, en toda su inocencia, acepta, lo que saca de quicio a su amigo patrocinador, quien decide dar una lección a los jueces y al sistema en transmisión en vivo… Claro que logra el escaparate, pero también venderse bien; el prospecto de héroe acaba en parodia de sí mismo.

Pero como suele pasarme, desvarío y pierdo el rumbo, porque en realidad pensaba ocuparme de una serie que acaba de iniciarse en Netflix, salida de la manga del genial Guillermo del Toro, Troll hunters.

Del Toro es de esos chamacos afiebrados e inquietos que se meten al mundo del cine haciéndole prácticamente a todo, la mejor manera de aprender y comprender. Cuando uno lee en su biografía que dedicó buena parte de su vida a aprender el oficio de maquillista, nota que eso le abrió los ojos y la mente para imaginar no sólo otros rostros, sino otros mundos con todo y sus habitantes. Quien conozca su obra, sabe de qué hablo.

Sin afán de extenderme descifrando el imaginario de este completísimo cineasta, señalo que también está bien compenetrado del comic y sus alrededores, de su estética y su mitología. Eso nos lleva a notar que hay una proclividad a la representación del héroe por razones estéticas y de construcción de personajes y trama, así como por razones éticas como dar lo mejor de sí mismo, enfrentar sus temores y asumir su propio destino.

Troll hunters en su primera temporada confiesa en el nombre el género épico fantástico. Por supuesto que respeta también y con fidelidad las convenciones del género y por supuesto, del cuento en general como lo precisó Propp. El protagonista es elegido para una tarea que al principio rechaza y que poco a poco asume, contando con toda clase de dificultades, antagonistas, aliados, amuletos y talismanes. El sitio es este mundo, un pueblo minero llamado Arcadia en un USA multicultural que coexiste con un submundo también multicultural, una especie de Roma tolkienesca, y el conflicto se da en la necedad de los malos en conquistar el mundo de los no necesariamente todos buenos, pero al fin, humanos.

En los personajes, la trama, lo visual y los beneficios de la animación, se notan la mano y el espíritu de Del Toro. Con episodios de 23 minutos, resulta la serie muy apropiada para niños y pubertos, incluso veteranos como el que esto redacta.

Además, es un respiro (perdóneseme la posición de género desde la perspectiva masculina y la consecuente incorrección política) en el paseo por el catálogo de películas y series de princesas y plebeyas empoderadas (no niego que hacían falta, pero tampoco que a ratos como que salen sobrando algunos ejemplares). Y conste que asumo el deber de reconocer una referencia que resuena en esta serie, mencionando a Buffy, la caza vampiros.

Para mi nieto de 2 años y medio ha resultado una serie que le activa todo tipo de emociones, supongo que semejante a lo que ocurre en la lectura de los cuentos de hadas como lo ha señalado Bruno Bettelheim, con todos sus efectos impactantemente formativos.

En fin, fans de Guillermo del Toro, a deleitarse viendo esta serie.

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