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17:22h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

De los cuentos largos

Andrés Baldíos

Es patético no tener mayor historia que el deber.

***

Era el día de las elecciones presidenciales. Tiempo nublado con la rebuscada conmoción de la expectativa. Estábamos mi familia y yo en la fila de votaciones, inmersos en el nerviosismo y la incomodidad de una de las decisiones más importantes de nuestro país (decisión entrecomillada).

Día de elecciones y no hay mucho de dónde elegir. Las sobras nacionales se aprenden… de sobra. Los asuntos del país se atienden solos. Queremos emprender nuestro viaje a las “disposiciones de mejoría” pero el taburete se nos vendió muy cómodo. Las reprimendas empiezan antes de tiempo y las mentecitas en fila comienzan a bramar barullos de culpas, restos y despojos. Las opciones ahí están, ensimismadas en el premio mayor. Y no son ningún potpurrí, tan sólo una imagen aleatoria de lo pésimamente tediosas que son las circunstancias: un cuarteto de candidatos con la misma traba pero con distintos redactores de discursos, siempre a tono del respectivo color partidista.

Nuestras credenciales de elector sudaban en el incómodo refugio de nuestras manos, como si fuesen asientos de cuero sofocando nuestros rostros drogadictos y desperdigados (porque no hay foto de la credencial de elector que luzca lo suficientemente ‘feliz’ como para negar que todos consumimos alguna substancia ilícita, o que podríamos aparecer en la cápsula de ‘Al Servicio de La Comunidad’).

La ansiedad de quienes llegábamos más temprano a formarnos era lúgubre y silenciosa. Íbamos a un velatorio de suspiros y esperanzas, ambas cosas tan banales como las simples abstracciones literarias que siempre han sido: suspiros para el aire y esperanzas para nadie. La historia nos hacía vivir la misma circunstancia cada seis años. Los encargados de las casillas cumplían simple y sencillamente un servicio social para una votación accesible y veloz (a no ser que las pagas convenientes, siempre a favor de un candidato específico, banalizaran nuestros votos un tanto más de la cuenta y sólo marcáramos “taches” por marcarlas).

En día de elecciones no se piensa en nada más que el pasado y el futuro… un tanto más de la cuenta. Las remembranzas de nuestros padres y nuestros abuelos siempre dislocan el entusiasmo de los jóvenes e incomodan sus decisiones, contagiando una meticulosa inseguridad que pronto se esparce por el hálito inconcebible de la Internet y los oídos y hocicos dedicados a hablar sobre los demás. Nos cuentan sobre pretéritos derrocados por crisis económicas, todo por confiar en las personas incorrectas. Nos cuentan de dinero derrochado al por mayor y a merced de conveniencias tras bambalinas. Nos cuentan de matanzas en cualquier grado imaginable, consecuencia de confiar demasiado en nosotros mismos. Nos cuentan lo que hemos aprendido a memorizar con tal de aprender alguna especie de lección que, finalmente, se resbala de nuestras “ganas”. Al final, cada quién a su cantón a añejarse de insatisfacciones y arrepentimientos.

Pero no hay marcha atrás; de eso se trata la historia y las decisiones que hacemos en su haber.

«¿Quién habría de gobernarnos?»: Una pregunta rayando en el existencialismo más básico de preámbulos inútiles. Es más bien un «¿Quién chingaos…?» con cierta flojedad quejicas en cada una de sus letras, todas intencionadas por las malas, atragantadas de una exasperante desidia nacional.

Así hemos sido siempre, siempre hemos sido así en lo que respecta a la toma de decisiones. Fingimos decidir a punta de lápiz y desliz de tacha sobre el ‘partido personal predilecto’ y luego nos hacemos guaje con el inevitable resultado. Ir a las votaciones es como ir a la casilla de quejas de algún restaurante al cual volveremos sin pensarlo, conscientes de su mal servicio para luego perdernos en la satisfacción de una comilona que nos engorda de plenitud momentánea. En cuanto a males sociales se refieren, todos los sabemos de sobra y de aquí a allá, de uñas a cabello y de culo a boca. Somos inversamente proporcionales a la exigencia responsable de actuar, trotar, correr mientras despedimos el hálito de la crítica constructiva, y no la guacareada de quejumbres apesadumbradas por nuestra propia inutilidad. El cuento largo se cuenta de sobra, y se cuenta solo.

Por otro lado, Los Dilemas de un Futuro Incierto (casi como la mala traducción a un título hollywoodense, alguna ciencia-ficción de serie B, algo tan satírico como un documental político para salas de espera en pálidos consultorios), siempre se develan con gimoteos exasperantes que, para el lamento de las generaciones herederas, siempre están justificadas casi con cualquier ocurrencia. Es decir que, a donde sea que le tires, te va a ir de la fregada; que adonde quiera que vayas, tú seas mi amparo y mi guía amén.

Los jóvenes son obligados a recobrar un pasado que debería quedarse en su lugar. Los adultos, contradiciendo su entusiasmo de mirar crecer a su adorado país, no dejan ejercer a sus herederos, a los jóvenes quienes podrían posicionar a estos territorios tercermundistas en, al menos, segundos lugares, medallas de plata, bronces de estantería, trofeos pisapapeles, moneda enmarcada; todos esos tiliches que limitan la satisfacción y asentimos ante el descaro de que hemos cumplido con la tarea, y a cada cuál su cantón.

‘Las cosas realmente pueden cambiar’ («esperanzas» y «negaciones» son igualmente rebuscadas). Pero los libros de historia aún dictaminan las mismas celebridades políticamente correctas; por tanto, se debe respetar la tradición. Las cosas podrían cambiar, pero no sólo los adultos influyen con flojedad. Los jóvenes también saben banalizar sus atributos. A veces todo lo que tienen son pancartas y posts en redes sociales que sólo denotan gritaderas sin una acción fija. Tradiciones. De repente eso de las marchas y manifestaciones sociales se han tornado en una materia para escolapios ardidos con la mensualidad y la insatisfacción. De repente las rebeliones son meros formatos de ida y vuelta por plazas y calles que abogan por detener el tráfico. Somos tan bienintencionados con nuestros posts y pancartas que la propia historia interpretará sus fluidos e irán emergiendo las debidas correcciones. La historia hará lo que nos da una reverenda hueva hacer. Porque es eso, sólo hacen falta pancartas para la posteridad y entonces la quejumbre se transforma en nuestra mejor tradición, en aquello que autentifica nuestra cultura. He ahí la cosa: todo esto es una tradición, las llamadas «chaquetas mentales» sólo sirven para desarrollar una capacidad de ensueño que se mantiene en la modorra y en el dormitar de inquietudes, de esta forma podremos practicar las mejores ficciones que puedan producir nuestras vidas constantemente ocupadas como para actuar («actuación social», es la nueva forma de hacer teatro; el país siempre ha atendido las cuestiones dramáticas). La realidad nos ha forjado a partir de estatutos y lugares qué respetar: los civiles tienen el derecho y la obligación («la obligación del derecho») de elegir a quien creamos digno de nosotros.

¿Y si nadie es digno? Quiero decir, ¿qué pasa si ningún político y ninguna promesa logran llenar nuestras expectativas y tenemos que conformarnos con lo que tenemos? Después de todo somos lo que hay, ¿qué no? Después de todo, tenemos que respetar la institución que ha procurado dar todo por el bien común. El detalle aquí, el trecho de todo este supuesto hecho, es la renombrada e incansable quejumbre como forma de vida.

Finalmente dan la orden de alinearse según las zonas, los códigos postales, los apellidos, etc. La mera hora está a nada de distancia; el tiempo es más veloz cuando uno se divierte, y las ansias se triplican en la impaciencia de las votaciones.

Mientras tanto la inmersión en las «chaquetas mentales» continúa, como siempre, activa y fructífera en un ir y venir de nada en absoluto. Continúa con la vieja historia. La historia es repetitiva. Posee más terquedades a las expuestas en los debates presidenciales. Nuestros antecesores votan y eligen a expensas de una conveniencia más que por cualquier otra cosa. Quizás así deba ser, yo soy apenas un ciudadano ignorante de su propia historia que vino con su familia a cumplir un deber social.

De repente la política no es más que política, algo completamente alejado de la inteligencia ciudadana. De repente, los jóvenes se afirman y confirman como «apolíticos» al tratar de subrayar el desinterés hacia éstos temas. De repente todos nos sobrestimamos y los ciudadanos somos más inteligentes que nuestros políticos.

¿Será? ¡No por nada somos nosotros quienes se encargan de elegirlos! Quizás los ciudadanos seamos demasiado buenos para ser verdad, ¿no? ¿O qué? No sé. Ninguna basura política llenará nuestras expectativas porque somos demasiado exigentes… demasiado para ellos. ¿No? Eso, o somos tan desproporcionadamente torpes y escandalosamente fáciles de complacer, que todos al final se salen con la suya y, de nuevo, cada quién a su cantón, a la rebuscada quejumbre de siempre, a pasar las trabas de generación en generación. Laboramos más en repartición de culpas que en el reforzamiento de inteligencias colectivas

¡Nah, no lo creo! Creo que vamos bien. Creo que vamos por un buen camino. Creo que nos merecemos sólo lo mejor y es por eso que exigimos lo mejor. ¿No es así? ¿No?

¿O qué?

Tiempo nublado y la fila ha comenzado a moverse. Mi familia y las demás personas discuten de pretéritos derrocados y futuros inciertos, ensimismándose en afirmaciones que los hace enorgullecerse de convicciones inamovibles.

Y así, ensimismado en mi «chaqueta mental», sin mayor solución que una reflexión al aire, me dispongo a votar con la debida responsabilidad. Como sea, ya están por abrir las casillas, ya pidieron números y fuentes y cosas, nuestras credenciales de elector —que, insisto, nos hacen lucir más como una bandada de drogadictos retratados en su “mejor momento”—se acurrucaban en la sudoración de nuestras manos impacientes.

Parece que va llover, dice alguien en la fila. El cielo se está nublando.

Apechuguemos en son de paz con nuestras obligaciones. En fin, si las quejas y flojedades son nuestra forma de vida, ¿por qué abandonar semejante comodidad? Tarde o temprano el pueblo se levantará en armas para avivar una revolución del corazón, y los políticos se encargarán de acabar con la corrupción del país como fieles sirvientes que van a la tienda por el mandado de la semana. ¿No? ¿O qué?

Las fantasías y las preguntas se crean solas.

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Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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