Martes. 15.10.2019
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Marx y Chéjov: trabajo y burguesía a finales del siglo XIX [I]

Eduardo Celaya Díaz

Foto: Tomada de Facebook
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Marx y Chéjov: trabajo y burguesía a finales del siglo XIX [I]

Ha llegado la hora: una enorme mole avanza hacia nosotros, se está preparando una fuerte y saludable tempestad, ya está en marcha, ya se acerca, y pronto barrerá de nuestra sociedad la pereza, la indiferencia, la repugnancia por el trabajo, el podrido aburrimiento. Yo trabajaré, y dentro de unos veinticinco o treinta años, trabajarán todos los hombres. ¡Todos!
Antón Chéjov, Las tres hermanas[1]

El trabajo enajenado

El concepto de trabajo enajenado es esencial para comprender el pensamiento de Marx, quien inicia su texto Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 con la siguiente reflexión: “Con la misma Economía Política, con sus mismas palabras, hemos demostrado que el trabajador queda rebajado a mercancía, a la más miserable de todas las mercancías, que la miseria del obrero está en razón inversa de la potencia y magnitud de la producción, que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del capital en pocas manos, es decir, la más terrible reconstitución de los monopolios”.[2]

Partiendo de esta reflexión, Marx señala que en el tema del trabajo se pueden distinguir dos grupos sociales, los proletarios y obreros desposeídos, que participan en un sistema laboral regido por la guerra entre los codiciosos, la competencia. Al formar parte de este sistema, el trabajador enfrenta una situación muy clara, que es el objeto del apartado del texto de Marx, que el obrero es más pobre cuanto más riqueza produce.

La desvalorización del hombre parte de la valorización de las cosas, del producto. Este producto, surgido del trabajo, es un ser extraño para el trabajador. El producto parte de la objetivación del trabajo, de tal manera que cuanto más produce el trabajador, tanto menos alcanza a poseer el fruto de su mismo trabajo. De esto se llega a una dominación del trabajador por parte de su producto.

Para llegar a estas afirmaciones, conviene detenerse en los conceptos que utiliza Marx. Sobre estos conceptos dice Marta Harnecker que “la actividad humana desarrollada en el proceso de producción de bienes materiales es llamada, corrientemente, trabajo”.[3] Partiendo de este trabajo, que en los sistemas económicos poco desarrollados, primitivos, correspondían directamente a las necesidades del hombre, en la sociedad industrial se ha vuelto enajenado. “La enajenación del trabajador en su producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en su existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño, que se convierte en un poder independiente frente a él”.[4] Por tanto, a esto se refiere el concepto de trabajo enajenado, el que se convierte en algo ajeno al mismo trabajador, que no lo realiza para ver por sus propias necesidades, sino que se hace por las necesidades de algo o alguien más.

Por otro lado, Marx recuerda que nada se crea sin la naturaleza, y que esta misma ofrece medios para la subsistencia de los trabajadores. Sin embargo, cuanto más se apropia el hombre de la naturaleza, menos víveres están disponibles para sostenerse a sí mismo. Por esto se dice que el trabajo produce maravillas para los ricos, pero carencias para el trabajador. De esta reflexión se parte para indicar que el extrañamiento del trabajo se da en el resultado y en el proceso mismo de producción. El mismo proceso de trabajo para alguien más es un extrañamiento del trabajo durante y después de ser realizado por el trabajador. De esto se concluye que en su trabajo, el trabajador se niega a sí mismo, por negar a la naturaleza, que es parte de sí mismo, al realizar un trabajo forzado, que no es voluntario, sino un mero medio para satisfacer otras necesidades.

“La actividad del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de él mismo”,[5] dice Marx sobre el trabajo enajenado, que además, convierte a la naturaleza en algo ajeno al hombre, ajeno a sí mismo por lo tanto. Antón Chéjov, en su obra Las tres hermanas, ha dejado un testimonio de la mentalidad de su época, en la que se encuentra un enfrentamiento de una vieja familia burguesa venida a menos, encontrada con la necesidad de trabajar para subsistir. Irina, la menor de las tres hermanas, prometida con un noble, se queja amargamente de la pérdida de humanidad que el trabajar le ha provocado:

Hace poco ha venido una dama para telegrafiar a su hermano –que vive en Sarátov- que se le ha muerto un hijo, y no podría recordar de ningún modo la dirección. Lo ha mandado sin dirección, sencillamente a Sarátov. Lloraba. Y yo, sin más ni más, he sido grosera con ella. “No tengo tiempo que perder”, le he dicho.[6]

 

“[El trabajo enajenado] hace extraños al hombre su propio cuerpo, la naturaleza fuera de él, su esencia espiritual, su esencia humana”.[7] El hombre, pues, al enajenar su propia naturaleza, al negarse a sí mismo, lo hace con sus iguales. Se enfrenta a sí mismo y al otro. Se enfrenta a una situación en la que se le quita al trabajo su carácter autónomo, pierde todo encanto para el obrero, que se convierte en un simple resorte de la máquina que opera. Hombres y mujeres de todas las edades son meros instrumentos de trabajo, cuya única diferencia es el coste. Dice una de las tres hermanas de la dramaturgia de Chéjov: “Fui telegrafista, ahora estoy empleada en la administración municipal y siento odio y desprecio por todo lo que me dan a hacer…”.[8] Dice otro personaje del mismo drama: “El mío es un trabajo sin poesía, sin alma…”.[9]

La labor realizada no pertenece al trabajador, se convierte en un servicio para el otro. “La relación explotador/explotado se da cuando los propietarios de los medios de producción viven del trabajo de los productores directos”.[10] Este receptor es el capitalista, el burgués, el dueño de los medios de producción, como señala Harnecker. Esta entrega del trabajo propio a otra persona y la apropiación del esfuerzo ajeno provoca un desprecio por el mismo trabajo, que no se convierte más que en un medio para la satisfacción de las necesidades más básicas del hombre.

Olga, la hermana mayor del drama de Chéjov, ha trabajado durante años, pues casó con un joven maestro. Al inicio del drama, es notoria su tristeza y desgano por la vida, cuando señala: “Como voy todos los días al gimnasio y luego doy lecciones hasta la noche, siempre me duele la cabeza y tengo unos pensamientos como si ya me hubiera vuelto vieja”.[11]

Esta relación entre el trabajador y el burgués provoca reacciones en la vida cotidiana, que hacen del trabajo un sacrificio, dando por consecuencia que el trabajador sólo se halle en su esencia al estar alejado de su trabajo. La perspectiva de entregar el fruto del trabajo propio a otra persona causa resentimiento. Chéjov muestra a sus personajes en un constante ambiente de contradicción, de evasión, al no poder soportar su pérdida de estatus. Uno de ellos, al filosofar sobre su propio tiempo, dice amargamente: “Nosotros sólo debemos trabajar y trabajar, mientras que la felicidad está reservada a nuestros lejanos descendientes”,[12] aunque en realidad sabe quién es el receptor de su trabajo. Dice Marx al respecto, que “al enajenarse de su propia actividad posesiona al extraño de la actividad que no le es propia”.[13] Finalmente, la táctica evasiva de los personajes de Chéjov es una forma de soportar los cambios que la sociedad estaba viviendo. Claramente señala Harnecker, basada en las aseveraciones de Marx, que “al trabajador no le queda, en este caso, sino una alternativa: morir de hambre u ofrecer su fuerza de trabajo al capitalista”.[14]

La burguesía

Es importante remontarse a la definición que de este concepto que se hace en el Manifiesto del Partido Comunista. Los autores, Marx y Engels, señalan que “desde el principio de la historia, nos encontramos siempre la sociedad dividida en estamentos, dentro de cada uno de los cuales hay a su vez, una nueva jerarquía social con grados y posiciones”.[15] Uno de estos estamentos, al que nos referiremos en este apartado, es el de la burguesía, que no representa un grupo homogéneo en el período analizado, más bien existen diversos grupos dentro del mismo estamento.

En la sociedad industrializada que Marx analizó existen dos grupos antagónicos, los burgueses y los proletarios. El paso de la manufactura a la gran industria moderna dio por resultado el paso de la clase media industrial a los grandes magnates de la industria, los burgueses actuales, y por consecuencia, al proletariado como clase social. Esta nueva dinámica social, fundamentada en el sistema económico capitalista, “no dejó en pie más relación entre las personas, que el simple interés económico, el del dinero contante y sonante”.[16]

Partiendo de lo ya dicho sobre el trabajo enajenado, Harnecker señala la relación existente entre burgueses y proletarios, la relación fundamental de la sociedad capitalista: “los que han logrado acaparar y mantener en sus manos estos medios [de producción] pueden obligar a quienes no los poseen a someterse a las condiciones de trabajo que ellos fijen”.[17] Esto da por resultado un régimen de explotación abierto y descarado, no disimulado y oculto como los anteriores, en el esclavismo o el feudalismo. “Los que son dueños de los medios de producción explotan a los que no tienen esos medios”.[18]

Característica de esta burguesía es la revolución de los instrumentos y medios de producción con miras a mejorar los mecanismos de productividad y obtener una mayor ganancia y acumulación de capital. Respecto a este tema, conviene retomar otra obra de Antón Chéjov, El jardín de los cerezos, que relata los hechos que una terrateniente debe enfrentar al perder su riqueza en un viaje realizado a París, y los esfuerzos de un comerciante por ayudarle a recuperar su riqueza estableciendo nuevos medios de producción. Al tratar el tema, el comerciante es muy directo sobre la necesidad de obtener ganancias, por lo que propone a la terrateniente: “Si usted divide en parcelas el jardín de cerezos y la tierra a lo largo del río para construir casitas de veraneo y luego las da en arriendo, obtendrá por lo menos veinticinco mil rublos de rédito al año”.[19]

Esta revolución de instrumentos de producción lleva también a la búsqueda permanente de nuevos mercados, que tiene como consecuencia la creación de una red de comercio universal, fundamentada en la interdependencia de las naciones. El régimen capitalista de la burguesía “obliga a todas las naciones, a abrazar el régimen de producción de la burguesía, o a perecer”,[20] señalan Marx y Engels.

Sin embargo, la misma dinámica del sistema impulsado por la burguesía conlleva serias contradicciones. Estas son señaladas también por los pensadores: “Las condiciones sociales burguesas, resultan ya demasiado angostas, para abarcar las riquezas que ellas mismas engendran”.[21] Muestra de esta situación la tenemos en ambas obras de Chéjov, en las que los personajes deben enfrentar tanto la pérdida de ingresos, como las consecuencias de esto.

Finalmente, Marx y Engels señalan una de las características más importantes de la clase burguesa a finales del siglo XIX, característica que va a marcar el rumbo del sistema capitalista en las décadas siguientes, y tendrá importantes consecuencias para la vida social de ambas clases sociales, la burguesía y el proletariado:

La existencia y el predominio de la clase burguesa, tiene como principal objetivo, la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital, y éste a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asalariado, origina inevitablemente, la competencia de los obreros entre sí.[22]

C O N T I N U A R Á

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Eduardo Celaya Díaz
(Ciudad de México, 1984) es actor teatral, dramaturgo e historiador. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos históricos.

[Ir a la portada de Tachas 188]

 

[1] Todas las citas de Chéjov son tomadas de Antón Chéjov, Teatro. La Gaviota, Tío Vania, Las tres hermanas, El jardín de los cerezos, 8va. Edición, México, Editorial Porrúa, 2012 (Sepan cuántos…, 454).

[2] Carlos Marx, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, edición preparada por Juan R. Fajardo, Biblioteca Virtual “Espartaco”, 2001, s/p.

[3] Marta Harnecker, Los conceptos elementales del Materialismo Histórico, México, Siglo XXI, 1985, p. 37.

[4] Op. Cit., Marx, s/p. Las cursivas son propias de la edición.

[5] Ibid.

[6] Op. Cit., Chéjov, p. 85.

[7] Op. Cit., Marx, s/p.

[8] Op. Cit., Chéjov, p. 98.

[9] Ibid., p. 85.

[10] Op. Cit., Harnecker, p. 48.

[11] Op. Cit.., Chéjov, p. 71.

[12] Ibid., p. 86.

[13] Op. Cit., Marx, s/p.

[14] Op. Cit., p. 57.

[15] Carlos Marx y Federico Engels, El Manifiesto Comunista. Prologado, explicado, anotado y glosado, consultado el día 18 de diciembre de 2014 en http://dspace.universia.net/bitstream/2024/1507/1/marxengels_manifiestocomunista.pdf, p. 9

[16] Ibid., p. 13.

[17] Op. Cit., Harnecker, p. 46.

[18] Ibid., p. 46-47.

[19] Op. Cit., Chéjov, p. 118.

[20] Op. Cit., Marx, Engels, p. 17.

[21] Ibid., p. 21.

[22] Ibid., p. 32.

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