Es Lo Cotidiano

Abstinencia [III]

José Luis Justes Amador

Abstinencia [III]

Enero, 10

Paseo por el centro de la ciudad. Hace, al mismo tiempo, sol y frío. Conforme avanzo en las zonas de sombra siento escalofríos; en las de sol, deseos de quitarme la chamarra. He salido a caminar para descubrir, intentar descubrir, cada cuánto tiempo surge el deseo de prender un cigarrillo. Va ganando la sombra, la de prenderlo y la que causan los edificios más altos en una calle de apenas dos pisos de altura. Gana también la claridad, el deseo de ser una lagartija, de no hacer nada, de disfrutar el momento con unas buenas caladas. Con el frío, nace el instinto de calentarse; con el calor, el de relajarse.

Me paro frente a una iglesia y prendo el primer cigarro del día, que apuro hasta el final. Nunca antes me había fijado en la portada del templo, aunque fue en el que me casé. Recuerdo que tampoco fumé aquella noche. O si lo hice no lo recuerdo.

Veo a S. en la noche para unas cervezas rápidas. Fumamos hasta la saciedad mientras me pregunta cómo voy.

Sigo sin fumar en el dormitorio. Aunque cargo la cajetilla de tabaco que se me olvida (¿se me olvida?) dejar en el cajón del escritorio. El segundo cajón del lado izquierdo. Igual que lo cargo en el lado izquierdo del pantalón.

Enero, 11

Me despierto todas las noches a eso de las cuatro de la mañana. Sin tos, esa aguarda para las ocho de la mañana, pero sí con sed y ganas de fumar un cigarro. Salgo del dormitorio y camino por la casa. Descalzo. Fumo tumbado en el sofá. Se calman mis nervios y puedo volver a dormir. Aprovecho esos momentos para salvar la galaxia. En mi mente.  Hacía tiempo que no cantaba para mí mismo “Que nos sea Kang”.

Si por casualidad alguien oyera esto
y dentro de mil años existiera algún invento
que le permita desplazarse por el tiempo,
que venga a salvarnos mientras pueda hacerlo.

Pero mis palabras se las habrá llevado el viento
y no habrá servido de nada todo el esfuerzo.

Y se acaba la película
y los malos van venciendo.
Y si alguien del futuro
casualmente oyera esto,
que venga a salvarnos,
que me salve a mí primero,
que me salve a mí primero.

Ya casi había logrado descender en el número de cigarrillos, cuando empiezo a fumar el primero mucho antes de lo que lo hacía cuando era un adicto.

Propósito de mañana: contabilizar los únicos que realmente fumo hasta el filtro.

Enero, 12

Salgo de casa en la mañana. Busco la acera del sol. Para celebrar no haber fumado durante la madrugada, prendo uno. La cajetilla sigue en mi bolsillo. No sé si olvido dejarla en la oficina o me estoy abandonando el intento.

La pregunta que más he escuchado en esta docena de días es “cuántos llevas hoy”.

Enero, 13

"Si son tan buenos como yo, que hagan lo que quieran". Alguien me recuerda en el correo una frase de uno de los mejores futbolistas del mundo, Johann Cruyff, que tuvo que dejar el tabaco, esos tan característicos de él, Camel sin filtro que fumaba incluso en los descansos de un partido. No como entrenador sino como jugador.

Tantas y tantas frases suyas son aplicables a esta situación, cambiando las palabras juego o campo o pelota o jugar por el tabaco. Tranbscribo algunas. “Juega como si nunca pudieses cometer un error, pero no te sorprendas cuando lo hagas”. “Nunca cometo errores porque me cuesta mucho equivocarme.”

“Si tienes la pelota, no es preciso que defiendas, porque sólo hay una pelota.”

Si no tengo el paquete no hay posibilidad de que fume. Aunque haya un Oxxo justo enfrente de la oficina.

Enero, 14

Ocho cigarrillos. Los ocho apurados hasta el filtro. Los ocho en situaciones necesarias. Todos con una gran plática al lado. O, mejor dicho, durante.

Enero, 15

Nueve.

Enero, 16

He vuelto, hoy por primera vez, a fumarme una cajetilla y media. La culpa es mía. He vuelto a cargar la cajetilla. Sólo I. me pregunta que tal lo llevo. Tal vez los demás, acostumbrados a verme siempre con un cigarrillo en la mano, miran con conmiseración mi patético intento.

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