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BUTACA URTAZA

En qué se diferencian Joseph Mengele y Javier Duarte

Federico Urtaza​

En qué se diferencian Joseph Mengele y Javier Duarte

Hace muchos años (¡Ufff! Sí que va uno acostumbrándose a la frasecita), pasaron una película de nombre Los niños de Brasil (Franklin J, Schaffner, 1978), basada en una novela de Ira Levin, sí, el autor también de la novela El bebé de Rosemary en la que se basó Roman Polanski para hacer una película memorable.

Iba a decir que no me referiría por la Película de Polanski al diablo; pero resulta que nadie puede negar que ha estado metiendo la cola, las patas y los cuernos en todos lados, de manera descarada, sin tomarse la molestia de ser el tradicional seductor del mal. No, no se trata esta nota de tan siniestro personaje, pero no puedo dejar de percibir al clásico hedor azufroso en mucho de lo que sucede.

El asunto es que en Los niños de Brasil, con las actuaciones de Gregory Peck y Sir Lawrence Oliver, el primero la hace del malvado sin parangón (no hasta ahora) doctor Joseph Mengele, alias “El ángel de la muerte”; y el segundo, un cazador de nazis.

Para quien no lo sepa, que mucho se olvida por estar aturdidos de la abundancia sobrehumana de información en el presente y la banalidad del consumismo para el que el sistema nos entrena y nos frustra, Mengele fue un nazi (por decir lo menos y a manera de etiqueta) que experimentó con humanos (principalmente niños, gemelos, dementes, discapacitados de todo tipo, en fin, lo que los nazis consideraban prescindibles por raro capricho de la naturaleza y, por ende, productos degenerados) recurriendo a métodos muy cabrones (no hay otra manera de calificarlos), bajo el supuesto de avanzar en estudios de genética.

Sus víctimas eran, por supuesto, prisioneros de los campos de concentración que Hitler y sus achichincles instalaron en su casi fugaz Reich.

Al finalizar la guerra, se hizo la desbandada de criminales y en un atroz efecto cucaracha salieron a refugiarse muchos de ellos no en países amigos, propiamente dicho, sino en países con dictaduras o regímenes muuuy amigos (gracias a la simpatía ideológica y, claro, al oro del que bien se dotaron los jerarcas nazis, previsores ellos). De muchos de ellos se sospechaba el paradero, algunos fueron atrapados y juzgados, y otros murieron tranquilamente.

Así, resulta que Los niños de Brasil nos cuenta que el cazador de criminales de guerra nazis da con el paradero del siniestro doctor Mengele, quien se ha refugiado en la selvas sudamericanas; pero eso no es todo, porque el mentado Ángel de la Muerte trabajó en un proyecto ultra secreto destinado, a asegurar la presencia nada menos que de Adolfo Hitler… No, no prolongándole la vida, nada de eso, el que muere, muere, y no hay de otra, sino a través de ¿qué creen?, la clonación, con lo que crea varios sujetillos que son instalados en varios hogares con condiciones similares a las del hogar de Fitín, con el propósito de  producir a su digno sucesor, y adelante con el Reich de Mil Años.

En consecuencia, como quiera que sea, Mengele, por muy hijo de puta que fuera, era un científico (lo que no lo disculpa en modo alguno), y podemos suponer que en su ambición personal también había rastros de filantropía nazi (vamos, como tanto otros, estaban convencido de estar salvando a la humanidad, así fuera exterminando a quienes ¿adivina?, habían sido decretados no humanos).

No dejaré de mencionar otra película que toma como personaje al perverso Mengele: El médico alemán (Lucía Puenzo, 2013), excelente producción argentina que merece un artículo por separado.

Años antes, unos cuatro después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se estrenó una película (una de mis favoritas), de nombre El tercer hombre (Carol Reed, 1949), basada en una novela de mi admirado Graham Greene, cuya acción transcurre en la Viena arruinada de la post guerra, a donde llega de visita propagandística un escritor de novelas vaqueras (Joseph Cotten), quien busca a su antiguo conocido (ni siquiera su amigo) Harry Lime (Orson Welles).

En esas andanzas, el novelista parece estar persiguiendo un fantasma en una Comala centroeuropea, y poco a poco se va enterando de la alimaña que es el famoso Harry, precursor maloso de las tortugas ninja, que prácticamente habita en el sistema de alcantarillado vienés.

Cuando se encuentra con el fantasma Harry Lime, éste es un cínico hijo de puta, cabrón de siete suelas, vamos un criminal de post guerra, que trafica en el mercado negro de todo lo que se pueda conseguir y para lo que hubiera necesidad (en ese tiempo, todo), en particular traficando con penicilina adulterada…

¡Riiiiiing! ¿Le suena familiar?

Traigo a cuento estas dos producciones por el caso Javier Duarte, conocidísimo maleante (que sea político es circunstancial, por sus actos se nota que en esencia es un pillo de la escuela y el nido de Fidel Herrera), que toleró y propició y se benefició de una creciente lista de trapacerías, entre las que destacan –por lo ofensivo que resultan para la dignidad y salud de las personas- las quimioterapias apócrifas para niños, y las no menos falsas pruebas de VIH.

Uno no entiende cómo alguien que se mueve en este mundo al igual que nosotros sea capaz de cometer tales crímenes; sin disminuir la gravedad de los hechos, no está por demás tomar en cuenta que los tiempos en que vivimos son propicios para lanzarse en pos de satisfacer la ambición personal a costa de lo que sea: siempre tendrá el gandalla un amplio catálogo de pretextos, justificaciones y hasta mandamientos, que van desde el “no va a pasar nada” al “no estaba enterado”, “alguien más lo habría hecho”, “me vi forzado”, “de todas maneras se van a morir” y un larguísimo etcétera que, desafortunadamente –aunque con consecuencias acaso menores pero no menos reprochables- aplicamos en la vida cotidiana cuando queremos salirnos con la nuestra.

Los asesinos, los defraudadores, los ladrones, los violadores, no se dan por generación espontánea; donde la proclividad a actuar mal coincide con la tolerancia y las aspiraciones sancionadas y alentadas por la sociedad, ese tipo de gente.

A veces la indignación y el asombro dolorido nos limitan el vocabulario y entonces tendemos a usar símiles. Por eso ahora hago la distinción entre Mengele y Duarte, no porque no sean unos criminales sin disculpa, sino por la naturaleza de los actos de cada uno, pues como he señalado, el primero fue cruel, despiadado con sus sujetos de experimentación, pero aun así se amparaba con una causa que se declaraba salvadora de la humanidad (y, de hecho, aunque sea terrible, muchos de esos experimentos sirvieron de base para avances médicos); así, en realidad Javier Duarte se asemeja más a Harry Lime, actuando por dinero, no hay de otra, no hay siquiera una justificación ideológica.

Que Mengele, Lime y Duarte (y sus achichincles cómplices) sean unos desalmados hijos de puta, nadie lo duda, en eso sí que se parecen.

Ah, pero si todo hubiera sido sólo dinero, quién sabe si no hubiera habido admiradores secretos del criminal Duarte, como los ha habido del Chapo extraditado y de otros delincuentes.

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