jueves. 19.05.2022
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Cuando hay voluntad, hay voluntad

Andrés Baldíos

Cuando hay voluntad, hay voluntad


Lo que más anhela es suicidarse, pero tiene que convencer al novio. ¿Por qué? Porque lo quiere con ella y es la persona que ama –la que más ama en la vida– y en quién más confía.

Le habla del suicidio de tal manera que él escucha atenta y detenidamente sin una sola interrupción o juicio sorpresivo. Después de todo es su novia, tiene que estar para ella, con ella, por ella. Tiene que vérselas con cualesquiera que sean sus convicciones,caprichos y comunicados…

Le habla de que ambos abandonarán el mundo donde los planes fallan y los amores siempre corresponden a la tragedia, un mundo donde uno no hace más que esperar por la oportunidad correcta para poder amar y padecer consecuencias que, en suma, no valen la pena del todo…

Le habla de conseguir dos armas y volarse los sesos al mismo tiempo; las reflexiones y conclusiones de ella le invaden sobremanera y son precisamente estas reflexiones y conclusiones las que no mencionaremos para evitarnos juicios o… un extenso y exhausto planteamiento del problema…

Ella insiste con suma felicidad, como si hubiese encontrado más de unos cuantos sentidos a la disposición de su vida, como si hubiese hallado la última solución al problema del romance mucho antes que el jovenzuelo escrito alguna vez por Goethe…

Se pone insistente en dejarse ir a merced de lo que jamás conocerá cualquier persona con vida: la muerte y sus variantes…

La muerte es un punto neutral entre la ausencia y la vida, tiene la capacidad de describirse y contarse a sí misma en lo que se refiere a su acto de presencia que nos lleva a algún extremo inexplicable de la existencia; por ende, es la perfecta historia: no hay nada más allá que el hecho de entregarse al afamado misterio de lo desconocido…

A pesar de su existencialismo pubescente, él también está dispuesto a hacerlo…

Él también se dispone a renunciar a la vida por elegir el misterio del otro lado, tomando el asunto con un espectral sentido de la aventura. Algo que, por cierto, prende a la novia…

Se aman tanto que se convencen luego de varias horas pensando en porvenires que pudieron haber vivido, porvenires condicionados por el simple y sencillo hecho de que hay más personas con sueños y escapes con quienes compartir la vida de la tierra, personas y circunstancias que ya no están dispuestos a conocer porque se tienen el uno para el otro…

El sitio que eligen es una brumosa habitación en un edificio abandonado. Ya tienen las armas. Su obtención es lo de menos ahora…

Se introducen los instrumentos a la boca; un tiro directo basta para que pierdan el conocimiento y el dolor se extinga en cuestión de nada, antes de desplomarse en la eternidad…

Ella le murmura entre vocales («porque sólo así se puede hablar cuando tienes un arma en la boca», según dijo por ahí un narrador insomne) que lo amaba con toda su alma y que el morir a su lado es lo más preciado que le pudo haber pasado y en fin…

Él, abrillantado por el ritual, le dice lo mismo… y disparan al exacto mismo tiempo.

Los sesos de la chica quedan alineados en línea casi recta (¡si hasta eso!), como apuntando un camino hacia una esquina predilecta…

Pero… ¿y los sesos del novio? ¿El cómplice? ¿Qué pasó? ¿Qué chi---?

Ni uno solo, todo en orden; le duele la boca como la puta madre, pero no pasa de ahí. Su pistola era tan físicamente real que pudo haber engañado a un agente del gobierno, piensa él.

O quizás no un agente de gobierno… sino a una novia especialmente imbécil.

Eran fulminantes… no pensaba matarse por nadie, pero ya había estado pensando en matarla; ni siquiera dejarla, ya que se trataba de esas psicópatas insistentes hasta la muerte, literalmente. Hubiese llegado a peores grados y lo mejor era seguirle el juego por última vez.

Y se va sin dejar rastro, sólo el cadáver de la chica, postrada en su elección, muy en su pedo.

***
Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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