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Mitchell Leisen (I)

Javier Morales i García

Mitchell Leisen (I)


Los cinéfilos y mitómanos de La Vieja Ola pensamos que Mitchell Leisen es un rey sin corona de la comedia americana de los años 40. Es un más que digno compañero de los reyes coronados Frank Capra, George Cukor, Gregory La Cava y Leo McCarey.

Esta es una opinión que va más allá y que es arriesgada. Leisen es uno de esos maestros del séptimo arte menos reconocidos y reivindicados.

Cahiers du Cinema lo consideraba poco menos que un couturier; el crítico Andrew Sarris decía de Leisen que era "likeable but elusive"; los ingleses guardaban absoluto silencio.

Pero el tiempo, la maldita televisión, las cinematecas y los festivales de cine lo han puesto en el sitio que se merece. Así, escritores especializados como John Baxter no vacilan en calificar películas como Medianoche como “comedia sublime” en The MacMillan Dictionary of Films, una de esas biblias cinéfilas a las que acudir. También personajes como Guillermo Cabrera Infante la eligió como una de sus tres películas favoritas en una carte blanche del viejo festival de Barcelona. Y estos solo son algunos ejemplos nada más.

Sin Mitchell Leisen, Preston Sturges o Billy Wilder nunca se hubieran convertido en directores de cine, entre otras cosas porque pensaban que estropeaba sus guiones (otros opinamos de otra manera cada cual con su visión, pero la envidia y la homofobia también tenían que ver). Otra batalla de la eterna guerra entre escritores y directores. Ahora que con los años somos menos radicales y más abiertos, sabemos que Mitchell Leisen no solo era un artesano: era un autor de estilo propio y que tiene en su haber tres clásicos indiscutibles de la comedia, cada una mejor que la anterior y las tres aviesas versiones modernas del cuento de La Cenicienta: Candidata a millonaria (1935) con Carole Lombard y Fred McMurray, Una chica afortunada (1937) con Jean Arthur y Ray Milland y, claro, Medianoche (1939) con Claudette Colbert y Don Ameche.

Pero... ¿y sus inicios? ¿Y el resto de su filmografía? Leisen era un todoterreno cuya reputación está fuera de toda duda, ejemplo de elegancia y sofisticación. Es un maestro clásico, como John Ford, Raoul Walsh o Alfred Hitchcock.

James Mitchell Leisen nació un 6 de octubre de 1898 en Menominee, Michigan. En 1919 ya era un jovencito que deslumbraba a Cecil B. De Mille. Actor, diseñador de vestuarios, decorador y ayudante de dirección, productor, director, Leisen abarcó todas esas facetas y más. La suya fue una de esas carreras de obstáculos que hacen ir de salto en salto, mejorando siempre la situación anterior.

Hijo del dueño de una fábrica de cerveza, se diplomó en Arquitectura muy joven y trabajó en el departamento artístico del Chicago Tribune. Fue entonces que conoció a De Mille, haciendo un pequeño papel en una de sus películas; se hicieron buenos amigos. De Mille le encargó el vestuario de la película que iba a rodar, Male and Female (1919), y poco después le nombró responsable del vestuario de todas sus producciones. El signo de la cruz, esa extravagancia romana, o Madame Satán, son los ejemplos más claros de sus colaboraciones, pero más conocida fue su versión de Cleopatra, con todos esos trajes que llevaba una exuberante Claudette Colbert en Rey de Reyes.

En 1925 pasa a ser director del departamento de decoración de Paramount Pictures y también diseña el vestuario de títulos como Robin Hood de Allan Dwan, The Thief of Bagdad de Raoul Walsh con Douglas Fairbanks o Rosita de Ernst Lubitsch.

Leisen heredó de todos estos maestros el gusto por el gran espectáculo y el savoir faire imprescindible para las comedias que estaban por llegar, así como todos los recursos para el melodrama, género del que también sería maestro. "Todo lo que sé lo he aprendido de Cecil B. De Mille", dijo Mitchell Leisen.

Los directivos de la Paramount le asignan, con la prudencia característica de sus personalidades, un director adjunto que lo acompaña en sus primeros pasos en la dirección, pero Leisen –iniciado en toda la técnica del viejo cineasta– destaca pronto en su refinamiento, con su agudo sentido del humor y su psicología en el trato con las actrices. Así fue como se convirtió en dominador, con la misma brillantez, de la alta comedia y de la sequedad del drama. Puso imágenes a los guiones escritos por estupendos escritores que más tarde se harían cineastas de renombre. Leisen, como todo maestro clásico, había aprendido desde abajo en el oficio. Había empezado en el cine mudo, cuna de los mejores cineastas de la historia.

Su debut en solitario se produce con una versión de la obra del escritor español Gregorio Martínez Sierra, Canción de cuna, que en la versión inglesa llevó el nombre de Craddle Song.

La crítica especializada destaca tres películas como sus cumbres artísticas:

1. No hay tiempo para amar (1943), donde se produce un divertido intercambio de los papeles tradicionales. La chica, Claudette Colbert, es una sofisticada mujer fotógrafo, y el chico, Fred McMurray, es un inculto cabeza de chorlito... Ah, ¿pero no es así siempre?

2. La vida íntima de Julia Norris (1946). Oscar a Olivia de Havilland.

3. Si no amaneciera (1941), escrita por Billy Wilder y protagonizada por Charles Boyer y Paulette Goddard y una de las cimas del cine romántico de todas las épocas.

Pero hasta que llegaron los 40, Leisen hizo varias obras maestras, varios musicales espectaculares y títulos que pasaron sin pena ni gloria... como a todo buen maestro le suele pasar. Después ya llegaría el momento en que su prestigio se consolidara y la fama y el reconocimiento mundial tocara a su puerta. Eran títulos deslumbrantes como: El pirata y la dama, La bribona, La máscara de los Borgia o En las rayas de la mano.

No se trata de, empero, parodiar el famoso grito apache del crítico de cine Roger Leenhardt: "¡Abajo John Ford, viva William Wyler!" por un simple "¡Abajo Wilder, viva Leisen!" Pero los hechos están ahí, las películas están ahí, simplemente somos muy pocos los que las hemos visto y al viejo zorro alemán de Wilder ya le conoce todo el mundo. No hay año que no pongan alguna de sus películas o que algún cineasta de tres al cuarto le quiera dar las gracias. Leisen era un gran director de actores y, que se sepa, nunca machacó a ninguna de sus estrellas. Su timing en las escenas era perfecto e incluso envidiado por Lubitsch. Todo esto, sin olvidar sus singulares ideas para las puestas en escena. ¿Quién aprendió de quién?

En los años 50, Leisen solo rodó cinco títulos y se metió de lleno en el nuevo medio: la televisión. En 1967 reapareció sorprendentemente con un título, Spree, plagado de figuras acabadas fuera de onda: Jayne Mansfield, Vic Damone y Juliet Prowse. También había vuelto a una de sus viejas pasiones: la escultura. En el fondo, era una vuelta a sus orígenes en el cine. Leisen acabó sus días como más le gustaba, entre el diseño y la decoración de mansiones de lujo para sus amigos de toda la vida, y también creando locales de súper lujo en Beverly Hills.

Un final elegante

Recuerdo que hace unos años, antes incluso de la retrospectiva que se hizo de Leisen en el Festival de cine de San Sebastián, se reestrenó en las salas comerciales una de sus películas de los años 40, Easy Living. El viejo maestro volvió a demostrar que el suyo era un cine que estaba vivo y fresco. Las salas se llenaron y el público se reía. Más de un crítico se tuvo que comer sus palabras. Y sin sal.

Mitchell Leisen y la actriz Carole Lombard fueron grandes amigos dentro y fuera de los platós. La genial rubia platino lo llamaba su mejor "amiga". Sí, Mitchett Leisen era gay.

Sirva este artículo como homenaje a todos los artistas que son ninguneados por su condición sexual.

Medianoche

Mi amor por el talento de Leisen viene de un montón de medianoches viendo la televisión. Aquellas madrugadas históricas de la segunda cadena de televisión española, antes de la televisión digital y otras zarandajas. Pasaron todo un ciclo de Leisen, más de 20 películas en versión original, que eran todo un descubrimiento para mí. No solo por las comedias geniales, o los tremendos musicales sofisticados, tampoco por los melodramas que han quedado como hitos populares, o por las aventuras en lugares lejanos... El cine de Leisen destila elegancia sublimada y a mí me da la añoranza de otros tiempos en que todos vestíamos mejor, éramos más guapos y aún existía el glamour como signo de vida.

Mitchell Leisen nos dejaba, y mi mundo se derrumbaba, un 28 de octubre de 1972, en Woodland Hills, California. Recuerdo ver una foto de este cineasta delante de un autorretrato que estaba colgado en su mansión. Leisen sonreía y fumaba un cigarro con boquilla, elegantemente vestido y con una pose que denotaba su clase.

Desde entonces, y mucho antes, Leisen se ha convertido en uno de los pobladores de este microcosmos llamado La Vieja Ola. Gracias, Rey.

Morales, Javier - Mitchell Leisen I

Agradecimientos y elegancia:
EMILIO PEREZ DE SOTO, por ser el primer Leiseniano.
JOSE LUIS GUARNER, por sus estupendos artículos y críticas de este director.
JAVIER OCAÑA, por la información.
CARLOS PUMARES.
FANZINE TREMOLINA, por creer en Leisen.

PERO…
¡ C O N T I N U A R Á !

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Javier Morales i García
(Tenerife, España) es editor del fanzine Ecos de Sociedad, la publicación mod más longeva en Europa. Desde inicios de los 80, escribe, reseña y edita; hoy, Ecos puede leerse en ecos-de-sociedad.blogspot.com.es. Es obseso de la música y el cine.

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