Lunes. 23.09.2019
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Abstinencia [V]

José Luis Justes Amador

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Enero, 29

Domingo de buen tiempo. Me quedo en la cama mientras el sol entra por la ventana. Hoy será el primer día que fume en el dormitorio. El calor combinado de las cobijas y la mañana de invierno lo ameritan.

Fumar en la cama es uno de los placeres más insólitos. Al calor del lecho se une un calor interno. Hoy será un día de poca abstinencia. No es el mejor principio.

Como en un restaurante brasileño que no para de ofrecer carne y más carne. No hay zona de fumadores. Entre descarga y descarga de carbohidratos salgo a la calle a reponer fuerzas y fumo. En total fueron cuatro vueltas.

Regreso a casa y anoto el día en la agenda. Ni una sola ocasión en la que pudiendo haber dejado de fumar lo hiciera.

Enero, 30

Hacía años que no podía levantarme a la hora que quisiera. Hacía años que no tenía toda la mañana para poder dormir, leer. Y fumar. Hago la prueba contra mí mismo. El cenicero está en la sala. No bajo a por él hasta las doce del día. He resistido, pero en el momento en que lo coloco en la mesita de noche empiezo a fumar uno tras otro.

Veo a JM. Fumamos con el café de mediodía.

En la tarde no fumo nada mientras reviso en Internet inexistentes ofertas de trabajo. Fumaría si hubiera alguna interesante, si hubiera alguna a la que pudiera entrarle, si hubiera alguna que me llamara tanto la atención como para ponerme nervioso por si la conseguiría o no.

Enero, 31

Sin nada más que hacer, paseo. Prendo un cigarro tras otro. Los apuro hasta el filtro pero no logro encontrar ningún placer. Tal vez cuando lo vaya perdiendo, cuando ya no le encuentre gusto al hecho de aspirar nicotina, logre dejarlo. El efecto calmante de los cigarrillos se va apoderando de mí durante el paseo. Logro concentrarme en no lograr pensar en nada. Tiro el cigarro al llegar a la dependencia a la que voy.

Mientras resuelvo los trámites administrativos, y aburridos, de mi anterior puesto de trabajo, encuentro un momento para fugarme al patio de mi anterior ocupación, el mismo patio al que salía a relajarme en horas de trabajo. Ya no siento ganas de fumar.

Paso la tarde, en parte por desgana en parte por castigo, sin encender ni uno solo.

Febrero, 1

Paso la mañana sin fumar. Sigo cargando conmigo la cajetilla. No logro deshacer el hábito de salir de casa y revisar mentalmente que lleve todo lo que necesito: Moleskine, llaves, dinero, encendedor, tabaco. La fuerza de la costumbre es siempre superior a la voluntad. Aunque no debería serlo.

Febrero, 2

Hay días, como ayer, como hoy, en que logro fumar bastante menos. Leo más. Cuando leo no tengo tantas ganas de fumar como cuando hago cualquier otra actividad. ¿Será tan absorbente la lectura que apenas nos deja tiempo para pensar ni siquiera en las necesidades carnales más imponentes?

Febrero, 3

He pasado otro día sin fumar. El problema es que no me siento ni mejor ni peor. Veo un video en Youtube que explica, demasiado gráficamente para mi gusto, cómo se va modificando el cuerpo del exfumador. Siento unos deseos terribles de verlo mientras fumo uno, pero en este Internet público está prohibido fumar.

Febrero, 4

Salgo en la noche. Probaré a no fumar mientras bebo.

No lo logré. Es como si la noche, la conversación con los amigos y el alcohol necesitaran algo más. Pero no la sobriedad.

Febrero, 5

No recuerdo quién fue el que escribió que con los placeres sólo hay dos posibilidades: la abstinencia o la entrega total. Tenía razón. La vía de en medio, el in medio virtus aristotélico, no sirve de nada. Es un constante ir de un extremo a otro sin disfrutar ninguno de los dos. De los mediocres es el reino de la contención.

Hoy sólo fumé tres.

Febrero, 6

Resulta extraño, si no es que irónico, que mientras transcribo estos apuntes esté fumando.

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