sábado. 11.07.2020
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Díptico sobre un tal James (amigo de George, John y Ringo)

Edgar Josué García López

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook
Díptico sobre un tal James (amigo de George, John y Ringo)

I
Aquella vieja canción

Cuando fui a ver a mi abuela para que me diera su consejo sobre si debía viajar a estudiar en el extranjero o quedarme aquí, ella fue enfática al pedirme que me fuera; técnicamente me estaba echando. Recuerdo bien que me dijo que nunca se sabe lo que puede pasar cuando se está lejos de casa, algo me podría estar esperando allá y el miedo a lo desconocido podría estármelo arrebatando.

Me contó que su padre, un general retirado del ejército, se había comprometido con la idea de darle una educación en otro país porque suponía que era mucho mejor que lo que podría obtener aquí, lo que le había llevado a tomar la decisión de mandarla a estudiar a Inglaterra a mediados de los años 50. Era casi una niña entonces.

Una tarde de invierno antes de regresar a México, durante un paseo cerca de Calderstones Park, en el viejo suburbio de Allerton, conoció a un chico del que siempre me dijo que se llamaba James. Como ella estaba por regresar al país hicieron todo lo posible por verse a diario durante ese par de semanas siguientes.

Me dijo que, si bien efímero, ese fue su primer amor, del que sólo guardaba una vieja servilleta en la que habían escrito algunos votos de compromiso. Nunca entró en detalles de aquellos días, pero siempre me llamó la atención la repetida historia que me contaba de como en una cafetería cerca del parque donde se conocieron, borroneaban, como en un juego de niños, el mismo texto, escrito por los dos, donde cada quien guardaría una copia prometiendo no olvidarse.

Aunque siempre escuché sus historias con respeto nunca creí que ese papel existiera, hasta el día de su muerte en que me dejó un sobre con algunos documentos importantes y ahí se encontraba el viejo manuscrito en inglés y en español en el que se podía leer sobre las iniciales de ella: “Cierra los ojos y te besaré, mañana te extrañaré, recuerda que siempre te seré fiel y cuando esté lejos escribiré todos los días mandándote todo mi amor”. Y bajo las iniciales JPM, que intuí de él, el párrafo terminaba: “yo pretenderé que beso tus labios mientras te echo de menos esperando que ese sueño se convierta en realidad”.

Entonces comprendí porque mi abuela sonreía siempre al escuchar ese disco rayado.

 

 

II
Palomazo


Renée fue la que me convenció de ir a aquella reunión a principios de diciembre del ‘63, todo saben que nunca me han gustado las reuniones, pero también es sabido mi gusto por la música, así que cuando me argumentó que Max traía discos de su último viaje no pude resistirme.

Esa fue la primera vez que escuché The Freewheelin, Dave Brubeck at Carnegie Hall y The Black Saint And The Sinner Lady. Mi vida no volvió a ser la misma. Al regreso de anteriores viajes ya había podido conocer otras joyas por su viejo tocadiscos, como Giant Steps o Pot Luck. Era asombroso tener la primicia en este país.

Pasada la medianoche empezamos a cantar desafinadamente por un par de horas hasta que cuatro amigos que habían viajado con Max, para buscar a alguien en México, se animaron y empezaron a acomodarse en los instrumentos que él tenía permanentemente en un rincón de la sala para cuando ensayaba con su banda. Recuerdo que empezaron a cantar tres o cuatro canciones. No se escuchaba mal, nada mal de hecho, aunque sólo logré distinguir una canción que le había oído un par de años antes a la sensacional Shirley Jones cuando fui a ver The Music Man. Posteriormente supe que buscaban a una vieja amiga del bajista, una joven mexicana a la que conoció años atrás en Allerton cuando eran chicos y de quien nunca más supo nada. Por cierto, jamás la encontró. 

Meses después Renée y yo fuimos a ver a su madre a San Benito, en Texas. Nunca olvidaré ese 9 de febrero. Mientras buscaba una cerveza en la cocina, un grito emocionado me hizo salir corriendo hacia la sala donde frente al televisor ella gritaba: “¡Son ellos, son ellos!” Inmediatamente los reconocimos con Ed Sullivan. Era increíble que los tuvimos tan cerca, cantamos con ellos, y no supimos quiénes eran entonces.

Para cualquiera, los Beatles nunca vinieron a México. McCartney lo hizo por primera vez en los noventa en el Autódromo de los Hermanos Rodríguez y Ringo vino varios años después; para nosotros, esa única visita del cuarteto quedará en el recuerdo de los que estuvimos esa noche en la casa de mi amigo Max, aunque cada vez quedemos menos. No hubo fotos ni evidencias de aquella noche, como tampoco las hay del ‘67 cuando los invitamos a Oaxaca a conocer a María Sabina…

Pero esa ya es otra historia.

***
Edgar Josué García López. Coleccionista de géneros variados como Jazz, Rock, Ópera y la buena ejecución de un saxofón, entre otros. Con audífonos todo el día, escucha música en todo lugar. Es candidato a Doctor en Ciencias y Humanidades para el Desarrollo Interdisciplinario UNAM-UADEC. Pertenece al Grupo Hacia una Ingeniería en Comunicación Social (GICOM), al Centro Intradisciplinar para la Investigación del Ocio (CIIO), al Grupo de Estudios Culturales de los Beatles y a la Red  de Investigación del Deporte, Cultura Física, Ocio y Recreación, donde desarrolla proyectos de investigación sobre la relación entre Ingeniería en Comunicación Social, Cultura de participación y música.

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