Es Lo Cotidiano

ESTUVE AHÍ [NOVELA POR ENTREGAS, IV]

Chocar de frente

Giselle Ruiz

Chocar de frente

Para Jesús Ramón Ibarra,
por enseñarme la teoría de las pérdidas.

-Decir “no puedo” no es un argumento, no debería ponerse la libertad y la plenitud en terrenos movedizos, ningún edificio tiene bases sólidas si se construye sobre una falla geológica. En el terreno del amor, es probable que él nunca haya sido para ti, tal vez todo este tiempo los parámetros de felicidad de ambos estuvieron basados en cosas visibles, en complicidades palpables, gustos comunes, etc., pero las zonas ajenas a los ojos que uno guarda bajo la piel y el pensamiento son las que debemos conocer si realmente queremos conservarnos de frente, juntos y sin chocar.

Detrás de mí se encontraba el hombre al que le escuché estas palabras, era alto, llevaba sombrero y un bellísimo saco a cuadros, nunca lo había visto en mi vida pero cada vez que abría la boca para tratar de consolar a la chica que le acompañaba, sentía que me hablaba a mí.

Mi primer terremoto ocurrió en la central de autobuses de la ciudad el 14 de febrero, sólo habían pasado tres meses y ya había hecho hasta lo imposible por mantener las placas juntas para no causar más daño a la superficie. No había vuelto a verle hasta aquel día. Templado, lento, inquebrantable.

Ni todo el alcohol o el humo de la Tierra me bastaban para olvidar la sacudida, el desprendimiento, los escombros de lo que fuimos.

Me sumergí en un trance digno de un monje. Pedí la botella para que me fuera más barato salir de mi cabeza. La amiga con la que había quedado de verme fue demasiado condescendiente al llegar al café central y dejar pasar la oportunidad de pasarlo en el lugar más chic de la calle J. Correa.

Llegó agitada, como siempre. Su largo cabello negro moviéndose de derecha a izquierda respondiendo a la cadencia de sus caderas. Era delgada, me llevaba unos años de más y algunos dolores menos.

Pedí otra copa y bebimos, no por conveniencia, sino porque era nuestro favorito, compartíamos los cigarros, un gusto peculiar que nos dábamos con más frecuencia de la que nuestros pulmones podían aceptar.

-Lo vi pasar,-Sentí como se me apagaba el rostro mientras decía eso.

-¿A…?- Abrió mucho los ojos mirándome por encima de los lentes.

-Sí. Hubo un silencio.

-Oye, yo vi algo curioso cuando te esperaba en el bar.- Cambió de tema de forma abrupta, con esa maestría que sólo puede tener tu mejor amiga.

-¿Qué cosa?

-Al director del centro de literatura abrazando a una chica, estaban sentados a dos mesas de donde yo te esperaba.

-Justo acaba de irse, estaba sentado donde estás ahora.

Prendí un cigarro, nunca me había concentrado tanto en la flama.

-Sabes lo que pienso de él y no me parece que sea una compañía adecuada para ti, sé que vas a considerar mis palabras.

Cruzó la pierna y apuró el vino.

-Lo haré.

-No quiero verte pasar por otra decepción, no quiero que te hagan daño, particularmente él, si te hace algo, lo mato.

Apartó la vela que se encontraba en medio de la mesa, esta frase parecía acompañada de viento.

-Gracias, bonita.

Sonreí ¿que más podía hacer?

La cuarta fase de formación sísmica es el propio terremoto.

Debido a que las rocas ya no pueden resistir la deformación elástica, se produce un error de ruptura repentina. La energía almacenada en la roca está ahora forzado a salir en forma de calor libre y de ondas de movimiento vibratorio. Las ondas sísmicas son grandes olas de energía que fluyen hacia el exterior a través de la corteza terrestre, provocando causan una inesperada sacudida, a menudo violenta.

Esa noche regresé a casa con el cuerpo adolorido, pensaba en la posibilidad de que aquel hombre me estuviera mintiendo. De no ser soltero, no sólo era promiscuo sino también exhibicionista, tenía la sensación de ser su novedad y eso me llenaba de rabia ¿Hasta qué punto puede usarse a una persona? ¿Con qué objetivo? ¿Cómo le era posible pasearse con dos o más chicas en una noche?

El alcohol hacía lo propio, la oscuridad me tragó.

Desperté con la ropa del día anterior puesta, estaba sudando. Había soñado con el día del terremoto. Su cara, su voz, su espalda alejándose por deseo mío.

Yo había provocado aquel desastre, la suma de factores y yo: el agua sin pagar que recorría las tuberías de nuestra casa, el torrente de deudas acumuladas en la tarjeta de crédito, el aire caliente que escapaba del coche a medio camino de nuestro destino.

Decidí llamar al primer número en la lista, contestó él con su típica voz de fumador, era domingo, domingo por la mañana. Y esa canción sonaba de fondo al otro lado del teléfono:

     Sunday morning
     And I'm falling
     I've got a feeling
     I don't want to know

-A sus órdenes.- Siempre la misma forma de atender al teléfono.

-¿Recuerdas que me dijiste que Nico había muerto de insolación?- No supe que más decir y continué con mi aclaración improvisada.

-Verás, Nico salió a dar un paseo en bicicleta con su hijo Ari, en el trayecto se dio un fuerte golpe en la cabeza (desconozco la razón) y fue trasladada por un taxista a Can Misses, donde fue mal diagnosticada y confundieron un derrame cerebral con una insolación. La magnesia con la gimnasia, querido. Así que…

Quise continuar pero no pude, tras la atención que él me prestaba pude escuchar la voz de una mujer, no era tan joven, probablemente tenían la misma edad.

-Cariño ¿De quién es la multa que está en tu escritorio? Hubo un titubeo al otro lado de la línea.

Colgué automáticamente.

Tres meses después del terremoto, llegaba la primera réplica.

La multa no estaba pagada, al parecer no era soltero, Nico no murió abrasada por el sol. Esto era apenas una pequeña muestra de lo que se escondía bajo la superficie.

El inicio de una larga serie de mentiras por develar, capa a capa.

 

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