Es Lo Cotidiano

Cien películas para una vida [II]

Rafael Cisneros

Cien películas para una vida [II]

90. SICARIO (2015) de Denis Villeneuve

Es gratificante cuando cada cierto tiempo aparece en mi vida un nuevo cineasta al cuál seguir, a quién consultar cada que el mundo continúa ofreciéndome tanto novedades extrañas, magníficas y terribles, como un poco más de lo mismo (aunque el cine es realmente un arte interminable). Entonces encuentras a un nuevo amigo cuya filmografía se vuelve un hogar para ti. Denis Villeneuve se ha vuelto mi obsesión en este último año y medio. Cintas como Enemy (la primera que vi de él, por allá de 2015), Prisoners, Incendies, Polytechnique, Sicario y Arrival me pasmaron a tales grados que por momentos creí haber descubierto algo que ya no ocurre con frecuencia: nuevas formas de misterio y drama, la fundación de una nueva escuela. Pues bien, Sicario es una de mis predilectas.

Emily Blunt (impecable como siempre), interpreta a la agente Kate Macer, idealista en un mundo de policías corruptos, migrantes y cárteles de armas, drogas y gente que se movilizan tanto a plena luz del día como en los subterráneos más inimaginables del mundo. Macer es enlistada por sus superiores para una misión de excesivo peligro: acabar con Fausto Alarcón, el líder de un cártel de drogas que, para el colmo, tiene una deuda personal con Alejandro Gillick (Guillermo del Toro), uno de los agentes del FBI más fríos y, desgraciadamente, necesarios para combatir los peores monstruos de la humanidad. Sin dar vuelco a sus valores, la agente Macer emprende un trayecto de decisiones difíciles, ya sea participar en la operación hacia el fondo del mundo o simplemente ser testigo de la violencia absoluta. Para su desgracia, ella es tan sólo un trámite en un mundo absorto de leyes y valores, haciéndola presa fácil para quienes le rodean.

Tensa, enorme y claustrofóbica, Sicario no solamente es un thriller a la altura de los mejores en las mejores listas, sino un retrato preciso de lo que se vive en la afamada “Guerra contra el narcotráfico”: sin buenos ni héroes, todos propensos al mismo grado de maldad, sea cual sea la causa, y quienes tengan la fortuna de ser “de los buenos”, son tan irrelevantes como una orden escrita y firmada para restaurar... lo que sea.

Como dato curioso, la cinta causó esperada controversia en nuestra país, con Enrique Serrano Escobar, alcalde de Ciudad Juárez (donde se desarrolla parte de la historia), argumentando que daba una imagen falsa de la ciudad, dado que su violencia fue reducida considerablemente desde 2010. Lo único que podemos decir los civiles y cinéfilos (van de la mano) es reírnos primero, entristecernos después, y asentir al hecho de que esta película es, repito, precisa hasta el horror. Chido su cotorreo, alcalde.

89. THE SHINING (1980) de Stanley Kubrick

¡Otro de esos clásicos de los que hablaba en un principio! Innegable e imprescindible, lo siento. Es impresionante lo mucho que esta cinta significa para la cultura internacional. Referenciada y analizada hasta el cansancio (quizás la más sobreanalizada de Kubrick), The Shining forma parte del folklore definitivo del cine, siendo una de las historias más influyentes e icónicas de todos los tiempos. ¡Y ya! ¡Bastaría sólo esto para justificarla en mi listado que, quizás al incluírla, lo vuelve tan estándar como cualquier otro listado pseudocinéfilo! Pero, a pesar de que es prácticamente conocida por cuanto espectador existe en el mundo... ¿me permiten unos cuantos comentarios?

Se trata de una de las cintas que más adoro en la vida pero por razones más prácticas, ni siquiera por sus excesos simbolismos que podría tener; razones que el propio Kubrick, hasta donde sé, desarrolló como el principal objetivo de la cinta. Al toparnos con otro de esos locuaces papeles de Nicholson y con un entramado aterrador repleto de apariciones simbolistas, un niño psíquico y una madre que ha sido colocada entre los personas más insoportables del cine, en realidad yo siempre he topado con sus contrarios. Se trata de una historia donde los personajes, desde la expresión en sus rostros, ya se encuentran desarrollados (no creo que el casting haya sido gratuito). El trío familiar comunican en una expresión el suficiente argumento como para dar por hecho quiénes son, de tal manera que podemos centrarnos en la prioridad de la historia: la manifestación del miedo en estado puro. El personaje principal es el hotel, su atmósfera que permite la ruptura definitiva de esta familia, sus fantasmas atrapados que se muestran en el momento clave de su vulnerabilidad. Y aunque es verdad que estos fantasmas son el reflejo de nuestros protagonistas, también es verdad que el horror en estado puro cobra vida sin necesidades sobrenaturales, a veces sólo se halla en la brutal simetría de un pasillo que no parece unido al resto del hotel, sino al afamado subconsciente de quienes lo recorren. En defensa de Wendy, creo que es de las madres ejemplares de la historia del cine. Punto. Es un personaje que, contrario a hallarla insoportable, me parece la unidad anímica que el hotel y Jack buscan romper: cuidadosa y cariñosa con Danny (si notan bien, el niño siempre quiere estar a su lado y duda constantemente del padre), nerviosa con justificación, Wendy hace esfuerzos constantes por mantener al hotel con sus debidas refacciones mientras Jack se permite culparla de todo el mal de su vida. Ella es quien realmente desea mantener una unión, y eso, para el básico instinto humano, nos resulta insoportable. Wendy es la esperanza, y debe morir. A todos los malagradecidos con Wendy, la triste gran mayoría, vean en ella la figura materna que, dada nuestra crueldad y egoísmo, culpamos como una madre inentando sonreír en nuestra etapa pubescente de todo el drama que nos ocurre. Dicho todo esto, podría expandirme como todos lo hacen, hay demasiado por escarbar; podríamos llenar enciclopedias del infinito contenido de esta cinta, pues significa para mí tanto como al resto del mundo que la ha acogido como una de las grandes historias de todos los tiempos. Para mí, sólo un tipo más en el montón, es la mejor película de horror que jamás se haya realizado. Punto.

88. SANSHO DAYU (1954) de Kenji Mizoguchi

El cruel y brutal intendente Sansho que da nombre a esta historia, aparece contadas pero definitivas veces. Y no hace falta más. Su sola presencia representa el problema nuclear de una familia que se desmorona a causa de la esclavitud, la pobreza y el maltrato a la mujer en el Japón del período Heian, donde muchos de los feudos denigraban a los virtuosos y los condenaban a la imposibilidad de aspirar más allá del conseguir qué comer.

Brutal hasta las lágrimas, bellísima en sus visuales y tremenda en actuaciones, Sansho Dayu narra la historia de una familia desmoronada entre la prostitución, la esclavitud y la tortura a los otros con tal de sobrevivir un día más, mientras se deciden entre el escape y la resignación, ambas pudiendo llevar a una muerte segura. A pesar de que alguno que otro destino pueda tener la suficiente suerte de escapar a mejores cosas, incluso de pasar de esclavo a gobernador, siempre habrá una pérdida irreparable. Aún así, la cinta brinda la suficiente justicia que, más que divina, se le debe a la fe humana, dando hincapié a algunas de las más conmovedoras escenas que verán en su vida.

¿Fe en dioses y destinos? No, sino fe en las decisiones, en la voluntad de luchar contra los peores males del mundo, sea cual sea la posición en la que uno se encuentre. Cada vez que retomo esta cinta, lloro con ambas manos tapando mi boca, con ojos bien abiertos y entregados al asombro, y con el corazón a ritmo de los agitados momentos que componen este inmortal relato.

87. RELATOS SALVAJES (2014) de Damián Szifron

La más reciente adquisición en mis predilectas, estamos ante una cinta que es considerada una comedia negra hilarante. Y lo es, definitivamente. Pero a la par de esto, no podía dejar de temblar durante las seis historias que la componen. Sudé de horror, trepidaba de ansiedad, me entumía de impotencia y de pavor absolutos, casi caigo de cara al suelo por resbalar continuamente en el borde del asiento. ¡Mentado viajezote! Mi favorita de cuantas películas argentinas he visto no le pide nada a ninguna otra de su género; cualquiera que éste sea. Como dije, son seis historias que (¡Gracias al cielo, chingada madre!) NO se relacionan unas con otras; al menos indirectamente. Nada de historias cruzándose a-la-Arriaga forzándose a sí mismas, ni siquiera brindando reminiscencias a algo de Taratino. Nada en absoluto, este es material completamente original: causas y consecuencias en su estado más drástico, aún con detalles que podrían resultar “excesivos” (que, siendo francos, qué violencia no los tiene), la sutileza y credibilidad de los acontecimientos vuelven loco al espectador. Relacionadas por distintos grados de volubilidad, a quienes tenemos un carácter desgraciadamente difícil nos viene como anillo al dedo, sirviéndose como llamada de atención, amenaza, y hasta de punzante sugerencia. Atrevimientos sin nada o todo por perder, corazones rotos que nos marean en trances demenciales, asesinatos y atentados por un bien necesario o por estrategia de superviviencia, Relatos Salvajes es todo un hallazgo de la narrativa contemporánea. Un amigo que es profesor, Renato, la utiliza en sus clases. Mi mujer, también profesora de literatura, la utiliza en sus clases. Yo por mi parte, la utilizaré como arma de doble filo: para cuando quiera entretener a alguien a los grados de brindarle una sensación parecida a la del juego Caída Libre, o si quiero matarlos de un infarto.

A quienes gusten de las antologías, ya sean colaboraciones como Lumiére & Company o Three Extremes, o por una sola visión como Paisà de Rossellini, este es la perfecta colección de relatos que, en vez de haberse manifestado en libro y de la mano de autores como Bernard Quiriny o Chuck Palahniuk o A. M. Homes, lo hizo en película. Te dejará atónito, boquiabierto hasta la sequedad, impotente, carcajeándote, paranoico, sudando frío, asqueado y fascinado por la humanidad... con ganas de matar a pinches alguien.

86. QUI ETES-VOUS, POLLY MAGGOO? (1966) de William Klein

Mi relación con esta película es de especial cariño, debido a que la rodea una verdad incómoda. Crecí en un ambiente donde el ser cool, conocer gente cool y vestirse de forma cool era una alternativa a las toscas y estúpidas ambientaciones leonesas, y aún así ser cool me resultaba fastidioso. Mi ciudad tenía que acoplarse al nuevo milenio, y para esto, el consumismo y la superficialidad que define a León nos atragantaba a muchos de nosotros. Así pues, entre los mods y los rockers, habría que ir por parte de los mods. Esto constituía, como en toda onda, odiar ciertas cosas y amar otras (las modas y contraculturales son también, en veces, regímenes dictatoriales). Con todas mis fuerzas, traté de ser mod, de imitarlos, de intentar entenderlos, aún si ellos me rechazaban o criticaban mis gustos. Mi persona se convirtió en un gusto culpable a los ojos de los mods que conocía. Pasado el tiempo, decidí que lo mejor era permanecer en los personajes terciarios de la ciudad, ni en la superficie ni en el fondo, sino en la cómoda contemplación del tiempo pasar, ser nadie, ser parte de la multitud, no resaltar de ninguna forma, no buscando nada más que el hecho de ser y estar. Mi ventaja (única ventaja, creo yo) era que, al no estar en ningún bando, podía apreciar ambas caras de la moneda y olvidarme de gustos culpables, y yo tengo el (quizás) defecto de admirar todo lo que me presentan los demás. Podía decirle a los rockers con orgullo que detestaba a esos fantoches de Pearl Jam o a los tediosísimos Pink Floyd (¡iag!), y podía decir a los mods que no había ningún problema en R.E.M. y que podía disfrutar de cosas como Lord of The Rings y olvidarme tranquilamente de Star Wars. En medio estaba mi camino, el apreciar lo que me ha formado y lo que me hace sentir perteneciente al mundo. A todo esto, ¿cómo entra Polly Maggoo? Pues bien, se trata de las cintas que me hicieron entender los gustos mod (que, les confieso, en mi fracaso por aspirar a ser mod me quedé con las ganas). Aún sin formar parte de esa subcultura que me parece sensacional, logré llegar a su música (su fuerte) y a su cine. Amo Quadrophenia, amo 1, 2, 3 Al Escondite Inglés, amo la nouvelle vague, amo a los zombies, animales y a la creación, amo A Hard Day’s Night, amo el soul y el ska, amo las parcas y quiero una Scooter, amo el R&B y adoro el Lambrettwist... pero sobre todas estas cosas, amo Who Are You, Polly Maggoo?, uno de los espectáculos más impresionantes de la historia del cine.

85. THE PIANIST (2002) de Roman Polanski

Mi apreciación a esta maravilla no viene directamente del innegable sufrimiento de los judíos polacos. Ahí están los cuerpos balaceados, los familiares asesinados, las injusticias y humillaciones nazis y las más indescriptibles tristezas, todo el impactante repertorio que uno espera hallar en el cine de la Segunda Guerra Mundial. Pero aunque todos estos elementos se manifiestan con maestría, humanidad, y auténtica intimidación, lo que muchos amamos de la cinta es el trayecto del protagonista, Wladysław Szpilman, develando la perfecta construcción de un personaje que, lejos de ser un héroe, intenta todos los medios para salir con vida, sin perder la dignidad o evocar rastro alguno de cobardía. Más bien es superviviencia por adaptación, hallando los trozos de un camino que debe improvisarse acorde a las desgracias, y es a partir de estas pericias que contamos con los testigos de la Historia. La vida le es dada constantemente al Sr. Szpilman, ya sea por contactos convenientes o arriesgados favores de conocidos y amigos, incluso por la vía del sacrificio de todo cuanto conoce, sacrificios que no elige, viviendo una imposición constante de circunstancias que salen de sus manos; y es ahí cuando debe dejar el piano para intentar, por ejemplo, abrir una latita de pepinillos, único alimento en tiempos de hambruna. Sin la impensable intención de minimizar el gran acontecimiento que le rodea, lo que más duele del trayecto es el arrebato de su instrumento, de cómo debe fingir tocarlo en habitaciones cerradas o destruidas, y de cómo se transforma en su mejor vía de salida; no de escape, sino salida a la realidad final: la supervivencia. Difícil elegir una favorita entre la filmografía del grandísimo Polanski, pero The Pianist es, sin duda, la más personal de su carrera, siendo él mismo sobreviviente de las persecusiones nazis, haciéndola fácil de amar y apreciar.

84. PERFECT BLUE (1997) de Satoshi Kon

Por ahí comentaron de esta cinta: ‘es como si David Lynch hiciera una caricatura’. ¡Buena esa! Porque es verdad. Esta película desconcierta en grados tan satisfactorios que es inevitable pensar en el surrealista predilecto del cine. Del director de Paprika y Tokyo Godfathers, Satoshi Kon, narra la historia de Mima Kirigoe, una cantante de J-Pop que tiene la oportunidad de agrandar su carrera hacia las películas, con las duras consecuencias de toda estrella joven... en Japón.  Fanáticos que llegan a los extremos de su obsesión, blogs donde se exponen (a modo de diario) cada movimiento de la protagonista, managers chupasangre, frías juntas directivas, decisiones atrevidas como hacer una escena de violación para desligarse de una imagen pop inocente, dobles personalidades, crímenes horrendos, pesadillas, pececitos muertos, ojos extraídos, alucinaciones... la película es una locura, un suspenso cimentándose en la paranoia de los pasos que, todo performer en busca de su trascendencia pública y personal, debe tomar a expensas de los demandantes fans. Esta película sirve tanto de contexto social de un mundo consumista entrando a la modernidad de la Internet, como de un ejemplar thriller psicológico a la altura de los creadores del género.

Les confieso que en la presente lista traté de decidirme entre ésta cinta y la groundbreaking Akira, de Katsuhiro Otomo. La decisión final se basó en que Akira es, en todos sus sentidos, básica, imprescindible, perfecta, pero Perfect Blue abarcaba varios de mis temas predilectos en un estilo práctico de la animación y un ritmo punzocortante del mejor suspenso.

83. ORFEU NEGRO (1959) de Marcel Camus

¿Podrías tocar la guitarra para mí, Orfeo, y hacer salir al sol?

Más que flirteos de sangre caliente y exotismo sudamericano, estamos frente a una cinta con una particularidad bastante extraña y difícilmente lograda en el cine: la ternura de un amor que, aún a primera vista, se siente tan auténtico como nada antes visto. La ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera en 1961 ha sido aclamada y amada desde su aparición, directores como Guillermo del Toro le sonríen como una personal preferida y su innegable samba hace feliz a quienes la descubren. Orfeo toca la guitarra, el sol sale, y uno sonríe de amor. Y aunque es verdad que la vitalidad de esta cinta es contagiosa, teatral sin fingir musculaturas, musical sin presumir acrobacias, tan natural como un baile a la puesta del sol, desarrolla una historia donde la decepciones, traiciones y correspondencias (ya sea al amor o a la muerte) se presentan con tal honestidad que es inevitable sentirnos identificados con sus protagonistas, así como con los personajes que los rodean (cada uno de ellos tan esenciales como vocales en un canto). La teatralidad se combina con la intimidad en las escenas silentes, y contrario a las caricias entre sábanas hablando de cuánto se aman, la química entre los amantes protagónicos trasciende para brindar una situación de vulnerabilidad ante la inminente angustia de no poder corresponder su amor, y no por parte de ellos, no necesariamente por conflictos románticos, sino por impedimentos que salen de sus manos. La muerte ronda el carnval, ese es el auténtico desamor. Con el carismático Breno Mello como Orfeo y la bellísima Marpessa Dawn como Eurídice, esta historia de las favelas en Rio de Janeiro es una memorable obra teatral, con el debido color de los exotismos sin una sola miga estereotípica (a mi parecer), y con la franca amargura de los grandes clásicos. Aunque su romanticismo la condena a terminar en tragedia, tengan algo por seguro: ¡Esta película es pura felicidad para el alma y la vista!

Para ciertos detalles de controversia y profundización respecto a la cinta y de cierto ex-presidente norteamericano, sugiero este artículo.

82. ONIBABA (1964) de Kaneto Shindo

Algo que siempre agradezco del cine japonés, es que se toman el debido tiempo para trabajar un clímax que, una vez llegado a él, no se vuelve un método de shock, sino la experiencia perturbadora que trasciende a ser el núcleo de la historia, es como una apreciación por la conclusión de un cuento bien contado. En materia de horror, los japoneses son de los mejores en diseccionar la ambientación para brindar, con tiempo y sagrada lentitud, los detalles que nos hacen apreciarla, no sólo “jugando” con la expecativa, sino nutriéndola. Tiempo: precisamente el factor que engrandece los peores horrores. Contadas películas cuentan con esto. Onibaba es uno de esos regalos del horror.  Lo que inició como una parábola budista para convencer a las mujeres de asistir a reuniones religiosas, se transformó en una dinámica de tensiones y sospechas entre los deseos de la hambruna y del apetito sexual. Se trata de un conflicto de carne, que no lo hace necesariamente romántico. Es la historia de dos mujeres (una mujer adulta y su joven nuera) que, a plena guerra civil en el periodo Nanboku-cho, por allá de los 1300’s, deben asesinar soldados que llegan a los altísimos matorrales donde viven, con la intención de vender sus armaduras por comida. Tiempo después, llega un visitante que resulta ser amigo de quien fuera esposo de la joven e hijo de la mujer adulta. Al traer las malas noticias de su muerte, este visitante se convierte en el conflicto central de ambas mujeres, debatiéndose entre su dependiente relación y los deseos sexuales que afligen a ambas. Los altísimos matorrales funcionan como perfecta prisión, donde la oscuridad de agujeros anímicos y terrenales aguardan la caída de los protagonistas. La fotografía es clave para entender esta historia: sus hipnotizantes tomas hacen desaparecer todo rastro de dirección pretenciosa o hasta de presencias detrás de cámaras, haciéndola ver como una visión del folklore japonés que aparece ante nuestros ojos, y no un producto cinematográfico como tal. He ahí el valor de la fotografía: ser tan eficiente en su estética que nos olvidamos del análisis para entregarnos a la vivencia; en este caso, a la pesadilla. Todo un manjar psicológico y cinematográfico.

81. ON THE WATERFRONT (1954) de Elia Kazan

Otro clásico innegable, inevitable. Considerada de las grandes películas norteamericanas, su popularidad no la reduce a canon tedioso, ni siquiera su relevancia académica impide disfrutar de esta arrasadora historia sobre la vida en los puertos de Hoboken, New Jersey.

Entre la corrupción de los jefes que se encargan de repartir los sueldos y el descontento de los obreros, Terry Malloy (el mejor Marlon Brando de su carrera) debe tomar las más difíciles decisiones para serle fiel a su hermano Charley, quien forma parte de los corruptos, y ser digno de los explotados, quienes deben cargar con los embarques del puerto y con la tiranía de los altos mandos. Terry inicia un romance con Edie (Eva Marie Saint), hija de un trabajador que renuncia a ser monja para unirse a la lucha por desmantelar la corrupción, al lado de uno de los mejores sacerdotes en la historia del cine, Father Barry (Karl Malden).

Los atentados morales y asesinatos a sangre fría de esta mafia porteña, liderada por “Johnny Friendly” (Lee J. Cobb), resultan despreciable hasta el dolor estomacal. Este complemento forja la química exacta para empatizar con cada personaje, construyendo grandes esfuerzos y atrevimientos. Con escenas de ritmo silente, atmosféricas, y contundentes al momento de lucha, On The Waterfront brinda esa rebelión civil que no recae en un sólo destino, pero sí en la convicción del individuo que afronta, de una buena vez por todas, la peor escoria en un mundo corroído de pobreza económica y anímica, donde todo principio se basa en conveniencias y donde los héroes cotidianos simplemente no pueden existir; no les es permitio existir. Citable, imitable, adictiva, habrá que volver a ella cada que se pueda.

C O N T I N U A R Á

 

 

***
Rafael Cisneros
(León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

[Ir a la portada de Tachas 194]

Comentarios