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16:37h. Viernes, 19 de julio de 2019

Yonke y putero (III)

Javier Fernández

Un alcahuete se las presentó, un teniente la tentó, San Timoteo hizo lo que Dios le dio a entender para desenmascarar falsos maestros en las islas griegas, un chalán la trajo hasta la mesa, un jefe de plaza desembolsó los diegoriveras y las sorjuanas que dilataron la estancia del jefe hasta bien alta la madrugada para que el culito siguiera batiéndose y aceptando manazos y tufos de aliento cerril y ríos de baba, el culito se hartó, déjenme en paz pinches hambreados, Santa Catalina se aferró a la castidad hasta su muerte quizás espoleada por el hambre cimarrona de los mohawk o bien por la persuasión animista de los algonquinos: su sangre era nativa por vía doble según el expediente hagiográfico que la iglesia canadiense acopió en los remotos archivos del vicariato apostólico de Nueva Francia, hoy Québec, el jefe se hartó de sus grititos y sin decir agua va salió del Mermaids para largarse en la Expedition, lo verían hasta el lunes, ustedes se quedan, les dejó dicho tú esto y tú lo otro, San Pedro Luis María Chanel ganó el estatus de mártir al morir de un hachazo que le propinó un paciente ya que entre sus funciones como misionero estaba la de administrar un dispensario y esto implica en ocasiones aventurarse a despachar recetas, un camello alquiló el cuarto de motel, un capo la trajo de las greñas y se la echó de bruces y de espaldazo, chamaca imbécil sácate de aquí, hambreados de mierda los odio, el capo comentó a la cuadrilla que pese a la fama de performance fugaz que injustamente le achacaban se la echó asimismo en la posición aspas de molino por lo que no fueron dos sino tres veces, no no no cabrón así no cuenta, en la última ella se negó a cooperar e incluso a forcejear así que no, cómo de que no pendejos, para el patrón no pero para mí sí, o digánselo al chorro lechoso que vertí en las entrañas de aquel flácido molino, cuenta porque cuenta, San Hilarión salvó centenares de almas en la Meseta de Valdai y en los suburbios de Kiev lo que bajo cualquier perspectiva debe entenderse con tamaño mérito dado que en esas tierras los infieles no se ocupan más que en cortar leña y amaestrar renos y procrear chiquillos rubios que llámense como se llamen podemos tipificar como Ninotchkas e Ivanes, un soplón dijo a un allegado del jefe lo que le pareció escuchar de lo que alguien aproximadamente creyó ver, tráiganmelos, no: quemen al baboso, tráiganmela a ella, San Gregorio cumplió tareas diplomáticas en Constantinopla, el jefe de plaza que dicho sea de paso ya tenía una fresca multitud de diegoriveras fue quien prendió el barril de combustible donde se embutió a batazos al capo cogelón que en minutos murió carbonizado, un halcón la sorprendió el domingo con su niña afuerita del Solo Un Precio y a plena luz del día la cacheteó, otro la inmovilizó con el antebrazo, un tercero la esposó, un chofer tatuado la redobló de un chingadazo trepándola al Citation, dejaron a la niña en el recibidor de una residencia enorme y fortificada con una nieve de pistache y un oso de peluche y un cartulina con la leyenda Necesito una mamá, San Guntier de Bretaña de algún modo se entendía con los insectos, un cacique ordenó llevarla a tal lugar por equis brecha a fulana hora, un compinche de gorrita 49ers supo en qué momento torcerle un tobillo para que llegara chillando y toda rabiosa a ver al jefe, Santa Eustoquia era tan piadosa como hábil lingüista y uno juraría que la combinación facilitó que la mujer fuera capaz de hilar intrincados argumentos de hermenéutica, un sicario vio que en la lomita se avivaba la estela polvorienta del Citation, una doña se limpió las manos del molcajete donde acrisolaba tomatillo con chile güero con cebolla y a guiños lo notificó a la doña, la doña caminó el pasillo con cautela, pausa, se atrevió a tocar tibiamente el portón.

Hubo gritos, tráiganme la caja, déjeme explicarle, ¿ésta?, a mí no me explicas nada, ésta mera, cerradura On, llanto sincero, un látigo, ftsss-ftsss, tráiganme el ácido, hazlo por tu hijo, voltea perra, que voltees, quietud, cerradura Off, sáquenla de aquí.

Alguien cambiaba el aceite a un vehículo de doble tracción.

Ya en el Semefo, dos semanitas después, el cadáver de la chica cuya foto sonriente con trompa de asterisco con el banner Ella es Jazmín: Ayúdanos a encontrarla se viralizó por el runrún de los blogs militantes y el copy&paste de los ociosos en redes sociales, era una muesca de cascajo reseco y carne chamuscada. El comandante, sin soltar su Andatti de 16 oz, estudiaba aquello con tedio, digamos que también con una pizca de extrañeza. La transcripción a cargo del médico de guardia que condujo la autopsia exprés tras la llamada del alcalde, develó una seña particular que nunca figuró en el perfil de la pesquisa: nadie les dijo –pensó el comandante– que Jazmín tenía una cicatriz por quemadura. La omisión daba a entender que, bueno, realmente no la tenía: se la hicieron. Era un borrón longitudinal, una cordillera rosácea bien intensa que nacía en el muñón de la rótula y se extendía, amorfa, dilatada, muslo adentro. Nomás por no dejar, y sólo porque sabía que el secretario particular del alcalde llamaría para exigir detalles, el comandante encendió la capuchina que llevaba en la frente: bañada de luz blanca, la ampolla púrpura adquirió un matiz lánguido, marchito. El comandante tomó la ficha y debajo de las notas del forense añadió: Marca albuminoide por posible salpicadura, ácido nítrico o base cáustica, afectación severa en dermis y tejido del músculo aductor. Más tarde, conforme daba vueltas al cadáver y sorbía su café, adornó el reporte con terminología que pescó en el cuadro de Misión-Visión del Semefo, entretenido con las charras que llegaban desde el pasillo donde sin recato cotorreaban sus oficiales, carcajeándose en varias. Cuando logró un cúmulo aceptable de notas, el comandante apagó el foco, se quitó el batín, salió de la sala refrigerada, había un andén que flanqueaban cactáceas en un trazo de grava, ahí escupió.

El cadáver quedó a expensas de la bucólica habitación.

Enerve en la perplejidad de las sombras, la cicatriz parecía emprender un vuelo diamantino rumbo a la entrepierna, batiendo sus membranas de aguamala como para conquistar la espalda, mudarse de pierna, embutirse más allá, anidar en el mismísimo.

Un alcahuete de zapatos bombachos comentó al plebe que se los boleaba que Todo sin pendiente, el plebe notó que el comandante escupía saliendo del Semefo y una vez que cobró la boleada y entregó el cambio que luego recibió como propina se marchó a casa, no sin antes detenerse en la vulcanizadora a dejar el recado al panzón con bigote que iba saliendo a casa de su suegra a ver el fut, San Antonio de Padua denunció de forma por demás acertada en función de la terminología de la época y la fe que permanentemente alumbraba y a veces inflamaba su corazón que la popularidad del pecado por usura tiene mucho que ver con que resulta tan condenable como redituable, el carnoso bigotón con jersey de los Dorados repitió tres veces Todo sin pendiente: al padrastro de su esposa, al compa de la licorería y al despachador de la gasolinera para cerciorarse que el reporte alcanzara a tiempo al piloto de la avioneta que tenía órdenes de informar de viva voz a sus superiores montaña adentro, y a tiempo escuchó el piloto lo que debía decir al Cañero en cuanto lograra desmontar el Lycoming de la avioneta que hace semanas goteaba y cascabeleaba a cambio de un O-200 reconstruido, el Cañero comprendió la primicia y a su vez la transmitió por Whatsapp, San Bonifacio de Lausana ejerció de capellán en una comunidad de religiosas cistercienses a quienes continuamente hacía reír y acompañaba a Laudes entonando salmos a pulmón de barítono y por las tardes oficiaba y daba el Pan, el usuario receptor de Whatsapp amén de enterarse del costo derivado de la forzada sustitución de motor y el inminente pago de placas que debía cubrirse el lunes sí o sí para no arriesgar el certificado de aeronavegabilidad de la CESSNA 206 del patrón supo que Todo sin pendiente, un manco y tartamudo que no obstante era certero en comunicar noticias delicadas y por ello gozaba de toda la confianza de los Valencia se encargó de transcribir el parte en un escueto, certero email dirigido al caballerango que entrena y cepilla al alazán del patrón en las afueras de Bamopa, San Toribio de Mogrovejo en su quehacer pastoral socavó las costumbres de la provincia peruana y esto a la fecha se califica de instrumental en el afán de cincelar la expansión evangélica en un páramo que por siglos resultó impenetrable a los predicadores dado que es una tierra hosca en la que abunda la gente calamitosa y bella y bruta, el caballerango en cuanto vio el remitente en su bandeja de entrada con un gesto apresurado y tembleque lo reenvió a la señorita que checa el buzón del hijo menor del patrón, quien de súbito leyó el mensaje y lo imprimió, tenga, fue el hijo menor del patrón quien informó a su apá: “Usté sin apuro, Apá, ya estuvo con la vieja.”

Javier Fernández

 Febrero 25, 2017

mrphuy@gmail.com

 

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Javier Fernández.
Comunicólogo y narrador, Javier nació en la ciudad de México en 1971. Ha residido en Guadalajara, Tijuana, Mexicali y el poblado tarahumara de Chinatú. Colaborador intermitente en medios impresos y electrónicos, a veces con el seudónimo Mr Phuy, se ha ocupado en la docencia, el comercio, la producción de radio-video, los servicios financieros, la función pública y el desempleo. En el fuero de sus influencias están Camilo José Cela, Julio Cortázar, Fernando Del Paso, Allen Ginsberg, Francis Bacon y los hermanos Coen. Su primer libro Si tarda mucho mi ausencia (ICBC, 1993) obtuvo el Premio Estatal de Literatura en Baja California. En 2010 publicó El estadio que naufragó (CreateSpace, 2010) y Señora Krupps (Static Libros, 2010 / CONACULTA, 2013). Seguir a los gansos es su tercer volumen de cuentos.

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