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01:22h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Tachas no es Bielorrusia

José Luis Justes Amador

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Leopoldo me escribe para pedirme que escriba algo para los doscientos números de Tachas. Acepto y no me atrevo a decirle que desde hace unos días no puedo pensar en nada que no sea Bielorrusia.

Hay ochenta y tres
restaurantes chinos en Minsk
y en todos son
las galletas de la fortuna semejantes.
Todas las escribe una muchacha que no sabe chino
en una ciudad donde la policía no habla inglés.

Doscientos números de un suplemento cultural son una labor de masoquismo y admiración. La labor de Leopoldo Navarro es ejemplar y constante. Pienso en Leopoldo y en su trabajo de todos los domingos (domingo para el lector, de toda la semana para él) y no encuentro otros adjetivos que los que he escrito. Admirable masoquista de una ejemplar constancia. Pienso que debería escribirle un poema que se titulara así. Aunque fuera malo, el título y la dedicatoria lo salvarían.

Supongo que Leopoldo no sabe que en la capital de Bielorrusia (me niego a escribir el horrible Belarus que suena a nombre de pescado abisal o de submarino ruso en la Guerra Fría) vivió durante unos años antes de regresar a  Estados Unidos Lee Harvey Oswald, el presunto asesino de Kennedy. El departamento que ocupó en el número 4 de Vulica Kamunistyčnaja todavía se puede visitar.

Conocí a Leopoldo en la presentación de un libro de Benjamín Valdivia. Coincidimos en la mesa. Él era el editor; yo el presentador. Algo, sus pocas pero exactas palabras, su manera de mirar como sabiendo leer el adentro de alguien, algo desde que nos presentaron unos minutos apenas antes de subir a la mesa, me decía que era un hombre legal. Y eso, en este negocio es difícil de encontrar.

Recorro o recorreré
(tal en vez en sueños ya lo haya hecho)
la calle Praspiekt.
Miraré los escaparates de las tiendas de lujo
a las que no he de entrar. Hay un café
frente al único rascacielos de la cárcel.
Compraré El Guardian en edición rusa,
rechazaré el te en Vasilki (te encantaría
el sitio), pediré a cambio Krambambulia
y miraré por los cristales de la mañana
la mole impresionante del edificio que fue
la sede de la KGB. Recuerdo entonces
Grand Central Station y me contengo.

Recuerdo las palabras exactas que le dije cuando, como por accidente, como si no fuera nada, en el vino post presentación, comentó que era el director editorial de Tachas. Los libros, los más modernos, ya no sorprenden porque esperamos encontrar una fotografía del autor en alguna de las cuartas o en la pestaña. Antes quedaba a la imaginación del lector ponerle rostro a lo leído. Ponerle el rostro de Leopoldo a una página que ya leía fue el primer acto de colaboración y amistad. O viceversa.

Minsk durante la Segunda Guerra Mundial fue destruida en gran parte, en un ochenta por ciento, por los bombardeos alemanes. Terminado el conflicto, se reconstruyó y se edificó una nueva ciudad al estilo estalinista. Minsk por ahora no es una ciudad muy recomendable para el turismo. Sólo quien realmente tenga que hacer allí debería visitarla. O perderse en ella.

Tachas es un suplemento que cada domingo sorprende con una novela por entregas o la biografía de un grupo oscuro de los sesenta, con nuevas maneras de ver una película o las siempre edificantes listas, con un cuento con la dosis justa de poesía y alcohol o unos cuantos poemas alt lit, con biografías que no fueron pero pudieron ser o reflexiones que de tan personales se convierten en compartidas. Tachas, por decirlo en menos palabras, es una obligación dominical como la misa o la lectura de poesía. Por decirlo en dos palabras, una obligación.

Visitaremos juntos el castillo de Mir, nos bañaremos
en el lago Narač, montaremos en el tren nocturno
que nos lleve a la frontera de Brest
y antes de cruzar de vuelta a Polonia
(“Varsovia no existe”, escribí hace tiempo)
te propondré algo para lo que no existe idioma.

Sólo Leopoldo y Tachas me dejarían hablar de Minsk y Bielorrusia en su número de aniversario. Gracias por todo.

[Ir a la portada de Tachas 200]