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El testigo de latón

María Elisa Aranda Blackaller

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook
El testigo de latón

Se quedó viéndola fijamente, pensando en lo mucho que debía estar callando. Era de latón, como se usaban antes, con colchón individual. Éste seguramente no era tan viejo como la cama y lucía ciertamente más fresco e ingenuo. Pero la cama se veía rígida, inamovible, con un aire de sobriedad que parecía robar todos los ruidos y guardárselos adentro, en una profundidad casi cósmica entre barrote y barrote.

La casa entera parecía absorber la realidad y proponer otra alternativa, sumida en un tiempo reticente de evolucionar. Hasta los relojes se habían detenido y su tictac había sido consumido por las paredes. Todo ahí guardaba silencio, menos la puerta.  Ella chirriaba con una incomodidad angustiante. Parecía que había sido forzada a dejar entrar y salir gente contra su voluntad, y entonces lloraba ahora cada que lo recordaba.

En ese lugar había sido escondida, hasta que ya no quedaba vida alguna, toda la familia Ramírez. Para cuando encontraron los cuerpos, era ya tal el grado de descomposición que fue necesario hacer estudios forenses para descubrir la identidad de los difuntos.  Era una de tantas familias enteras que la dictadura había ordenado desaparecer, pero ellos consiguieron esconderse muy bien, con la ayuda de Don Teófilo. Él era benefactor de muy diversas causas y casi nunca se metía en problemas. Pero Ernesto Ramírez había sido tan cercano a él que hizo una excepción para proteger a su familia.

Teófilo era un hombre mayor, había sido boticario y conocía tantos secretos que estaba acostumbrado a la discreción. Era muy respetado por todo el pueblo y casi nunca participaba en discusiones. Cuando supo que había sospechas de que él había sido cómplice en la desaparición de los Ramírez, decidió fugarse a Estados Unidos con un sobrino suyo que trabajaba en un banco. Olvidó dejar a alguien a cargo y, ya en el norte, envió un telegrama a su hombre de confianza, Mariano Azpeitia, para pedirle hacerse cargo de todos sus asuntos pendientes. Lo hizo durante unos cuantos meses, pero una deuda lo llevó a desaparecerse también, dejando en el pueblo otra ausencia silenciosa, deambulando por las calles. Él no se atrevió a dejar a cargo a nadie más y no avisó a Don Teófilo que dejaría sus labores. Esperaba conseguir el dinero y volver pero sus acreedores lo encontraron y lo eliminaron. Su familia, ignorando la situación, siguió recibiendo el dinero de Don Teófilo sin entender que se trataba de la manutención de sus huéspedes escondidos. Los familiares, agradecidos, creyeron que era un gesto de solidaridad del patrón.

Los Ramírez quedaron solos, escondidos, sin alimento, sin posibilidad de salir, y con mucha desesperación. No se sabe si fue falta de luz, falta de alimento, de agua, de libertad o de esperanza lo que los aniquiló finalmente. Seguramente todas las anteriores y el tiempo avasallador que no permite estancamientos y nos obliga a nacer o morir para ocupar y desocupar espacios en la historia.

Después de varias décadas en el olvido, la nueva casa de Angelina Ortega estaba a punto de renacer, después de una larga agonía y una muerte que pasó desapercibida por tan común que resultaba morir en esa comunidad. Junto con Angelina llegaba un bebé que nacería en un mes más, la promesa de un padre de volver de un largo viaje de trabajo, y las ganas de Angelina de aprender a bordar. Sus obras, al contrario de esa cama de latón, eran cantos a todo pulmón, repletos de colores, entrando y saliendo de la tela con sus respiraciones agitadas, llenas de euforia.

A cualquiera le habría dado temor compartir el espacio con una historia así de trágica, pero para Angelina el dolor era sólo un síntoma del parto. Había que arrancar, abrir, hacer espacio y cambiar las formas para poder dar espacio a una nueva historia. Su romanticismo bastante realista le hacía pensar que estaba a punto de adoptar una casa para cambiarle la vida.

Angelina eligió comprar la casona de la calle Versalles porque le recordaba mucho a esas casas enormes de las películas del cine mexicano de oro.  Se imaginaba que vivir ahí sería como recuperar sus raíces después de algunos años viviendo en Carolina del Norte. Arregló el patio con plantas tropicales y decoró todo con artesanías mexicanas. A la puerta que rechinaba le dio de beber un aceite tranquilizador, y a las paredes les colgó cuadros que les abrían ventanas hacia paisajes campiranos hermosísimos del Popocatépetl, el Cañón del Sumidero y Xilitla.

Después de varios intentos por hallarle un lugar a la cama de latón, decidió que sería mejor deshacerse de ella. La envolvió con plástico de burbujas, tratándola como nunca había sido tratada, como si una cama así pudiera ser frágil, sufrir algún rasguño y quedar dañada. La donó a las madres carmelitas y pidió a un señor que conoció en el Mercado de San Juan, que la llevara por ciento cincuenta pesos. En el asilo la recibieron con una emoción inmensa. La colocaron en la habitación de las chicas mayores y permitían dormir en ella a quienes estuvieran cerca de hacer sus votos. Después de los votos, esas mujeres volverían a dormir en camitas sencillas en señal de humildad, cediéndole el privilegio a alguien más.

Así, la historia de los Ramírez quedó desperdigada entre volcanes pintados, conventos y nuevas familias. De Don Teófilo no se supo mucho más. Corrieron rumores: unos decían que había sufrido un cáncer muy agresivo que terminó con él, y otros, que había muerto de tristeza por extrañar tanto a su México querido. Pero así como las hojas se vuelven polvo y se desperdigan con el viento sin que nadie siga su trayectoria, las historias de Don Teófilo y los Ramírez se disolvieron y pasaron a formar parte de las leyendas urbanas de la ciudad, que cada vez se contaban menos y perdían importancia frente a las nuevas leyendas. La casona se convirtió en el conocido recinto donde Fausto Collado y Angelina Ortega recibían invitados extranjeros y hacían fiestas alegrísimas, llenas de música y aguas frescas de todos colores. Los vecinos eran siempre bienvenidos y sus anécdotas recopiladas e inmortalizadas por los periódicos de la ciudad, que tapizaron poco a poco toda huella del pasado.

26 de marzo y 4 de abril de 2017

 

 

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María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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