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01:20h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Parking Lot / Museum

Andrés Baldíos

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Se adentró al zaguán cautelosamente. Le dijeron que debía de estar ahí a las exactas diez de la noche. El lugar ya había cerrado pero entró por una vieja ventana cuyas persianas ya no daban para mucha protección. Era un salón vaciado de esplendores, porque todo lo que habitaba aquel sitio en aquella noche inespecífica del mundo no eran más que exposiciones demacradas por su inepta intención: una aglomeración de farsas realizadas bajo las incipientes reflexiones de jóvenes-patraña, esos insectos cuyos artilugios apenas daban para cagarse sobre ellos y asquearse más por sus fisuras que por las defecaciones. Las estructuras más patéticas de la banalidad atestadas en rinconcitos con la pobre iluminación de reflectores de segunda mano; luces anaranjadas que trastabillaban con el objeto y le derrochaban el juego de sombras. Figuras tan planas como qué… como las aspiraciones de los fieles seguidores de Peter Kubelka.

Traspasaba el salón como quien traspasa los locales de un aeropuerto, indiferente, sin más interés que el de saber por qué diantres habían quedado de verse en aquel lugar. Pero finalmente, luego de agotadores minutos de no sentir nada por tantas nadas expuestas, llegó la persona con quien había quedado de verse.

Ambos se encontraron en un rincón del salón donde no había más que un pedestal desocupado. Vaya que había mucho por verle a tan solitario espacio.

Ahora eran dos amigos contemplando un área en la que podían colocar cualquier cosa. Para eso vinimos esta noche, explicó uno de ellos. Veremos qué tantas de nuestras manifestaciones pueden caber en este pequeño rincón. Yo digo que todas las que podamos contener en nuestra mente y trasero, ¿sabes por qué? No hace falta que repitas mi pregunta, te lo diré inmediatamente: porque somos tan cualquiera como todos esos cualquiera que han decidido dar permiso para que otros demasiado cualquiera muestren sus estúpidos materiales en los espacios de este pequeño museo.

Ahora parece un repugnante estacionamiento para marejadas idiotas con la inepta coartada de la abstracción manifestada. Sólo te traje a este lugar para demostrarte qué tan mal se encuentra la integridad artística en estos tiempos: a donde sea que vayas hallarás las más imbéciles justificaciones para gravitarte entre personalidades “raras” cuyos circuitos te mantendrán en un superficial puesto de “alternativo”. De ahí en más, no nos queda otra cosa que satisfacer pobremente nuestras contemplaciones con este tipo de exhibiciones, como ésta en la que nos encontramos.

Ambos amigos no dijeron nada más en toda la noche. Esperaron el amanecer en una banca cercana al museo. Cuando llegaron los guardias y vieron, atónitos, que las puertas estaban abiertas, revisaron apresuradamente los interiores antes de llamar a la policía. No faltaba nada, todas las piezas en su lugar, ninguna exhibición removida, todas minuciosas en su estancamiento. Los dos amigos se les presentaron a los guardias con extensa gravedad en las miradas: no hubo robos, dijo uno de ellos. ¿Qué creen que se podría robar? ¿Las obras artísticas? Decidimos abrir por ustedes. Esperemos que no tarde la policía, deben buscar a todos y cada uno de los que hicieron semejantes cosas y enviarlos a la más pútrida de sus celdas, o algo peor; no sé… usen la imaginación.

Naturalmente, ninguno de los guardias se rió de tan pésimo chiste.

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Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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