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17:20h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Verde ochentero

Bernardo Monroy

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

La vida pasa muy rápido. Si no te detienes a mirarla, se te puede ir.
John Hughes, El día libre de Ferris Bueller

 

El tiempo se mueve en una dirección, la memoria en otra.
William Gibson

1

Por mi culpa la Escuela Preparatoria San Toribio había estallado en mil pedazos. Lo bueno de la situación era que nadie resultó herido, y lo malo… bueno, no creo que haya nada malo cuando lo planeaste de antemano.

Me llamo LOKI 1.0 y aunque soy el típico adolescente exitoso que siempre se sale con la suya, un cínico, un experto en desmadre y el alma de todas las fiestas, ni siquiera soy humano. Unos estudiantes de Instituto Tecnológico de Massachusetts me programaron con un único fin: asesorar a todos los preparatorianos del mundo para crear caos, barullo, algarabía o si prefieres un término más coloquial, “desmadre”.

Hace una semana, salí de la red de la Preparatoria Shremer, en algún lugar de Estados Unidos y me trasladé, entre cables y datos, a una institución católica en la Ciudad de México. En la sala de cómputo los alumnos aprendían el lenguaje BASIC y dibujaban gracias a una tortuga del programa LOGO. Un chico obeso, de lentes, y con acné en el rostro me preguntó si yo era LOKI, la mítica inteligencia artificial que enseña a los estudiantes a lograr que sus escuelas se conviertan en circos mezclados con campos de batalla. Sonreí, en la medida que mi rostro, compuesto por ceros y unos pudiera hacerlo.

Le dije que comprara una revista pornográfica y un sobre tamaño carta color manila. Después, arrancara las hojas y las guardara en el sobre, para cerrarlo y escribir “CARTA AL NIÑITO DIOS” con la caligrafía más irregular que pudiera.

Y que lo dejara en la capilla de la escuela. En el altar.

Parecía una travesura algo pesada, pero siempre se puede aumentar de nivel. Así que le sugerí colocar fuegos artificiales en los sanitarios, justo debajo de las gavetas. “La gente que esté sentada o le da diarrea o estreñimiento, no hay una tercera opción”, dije… o más bien, escribí en la pantalla de fondo negro con letras verdes.

El problema fue que el gordo idiota no colocó los fuegos artificiales en los baños sino en una tubería de gas. Más de mil muchachos con uniforme de escuela católica, compuesto por traje azul marino,  camisa blanca, corbata, pantalón de vestir y mocasines, salieron a la calle cuando los edificios se desplomaron. El director, un tipo de cabello cano y traje café, se movía como si uno de esos fuegos artificiales hubiera entrado por su culo. Decir que estaba furioso era poco.

Para entonces ya me había convertido en datos, desplazándome lejos, muy lejos.

 

 

2

Nací –o mejor dicho, fui programado- durante la década de los ochenta. Los tiempos en que Michael Jackson era un símbolo sexual, en que todos los muchachos bailaban “Thriller”. Cuando se compraban walkmans de tres kilos para escuchar casetes que contenían un popurrí de canciones grabadas directamente de la radio, y sus títulos eran desde Con todos menos conmigo de Timbiriche hasta Don’t you forget about me y cualquiera de Madonna, quien por cierto era otro símbolo sexual. La época de Ronald Reagan, Miguel de la Madrid y el Muro de Berlín. Cuando la gente usaba peinados con flequito y gastaba todo un bote de aerosol. Aquellos tiempos en que la moda era resolver el cubo Rubik y jugar Space Invaders y Pacman.

A mis creadores no les fue difícil darme vida: bastó con tener a la mano una computadora personal IBM 5150, como tantas de la década de los ochenta: un armatoste que abarcaba todo el escritorio, cuya pantalla era de un verde fosforescente sobre fondo negro. Tenía sistema operativo Microsoft y 16 kilobytes de memoria. A mediados de la década las películas y novelas le hacían creer a los adolescentes que con las computadoras se podía hacer de todo, prueba de ello eran las películas Tron y Juegos de Guerra, y novelas como Neuromancer, de William Gibson.  Los marcaron todas esas historias donde los nerds de la computación hacían, literalmente, cualquier cosa gracias a un teclado, un CPU y una pantalla con tono verde. Verde neón, verde destructor de pupilas.

Verde ochentero.

Un día, simple y sencillamente, aquellos tres universitarios encendieron su computadora y me programaron lo que sería mi inteligencia artificial con películas de comedia para adolescentes: El último americano virgen, Pretty in pink y por supuesto, todas las dirigidas por John Hughes: El club de los cinco, Ciencia Loca y El día libre de Ferris Bueller.

Me crearon como un sistema experto. En informática, se refiere a cuando un programa emula el razonamiento de un experto en alguna materia. Hay ejemplos como el CADUCEUS, que fue creado en los 70’s e imitaba a un médico de medicina interna. Fue creado por Harry Pople, de la Universidad de Pittsburgh.

Yo era un experto en desmadre. ¿Querías asesoría para hacerle la vida imposible a un profesor? ¿Necesitabas que alguien cambiara las calificaciones para que tus padres no te regañaran? ¿No sabías cómo joderle la existencia a la maestra solterona que no sonríe porque nadie puede producirle un orgasmo? ¡Para eso estoy yo!

A mediados de la década de los ochenta miles, o quizá millones de jóvenes, me pidieron apoyo. Ayudé en todo el mundo, incluso en la ahora inexistente unión soviética. Siempre veían mi rostro formado por ceros y unos: el de un tipo de lentes y peinado con copete, muy parecido al del director John Hughes.

Mi asesoría era completa. Mi única motivación era causar alguna travesura que quedara plasmada a lo largo de generaciones de cualquier preparatoria. Los consejos sobraban. Las travesuras también.

Si quieres fastidiar a un profesor, te aconsejo introducir palillos en la cerradura de la portezuela de su coche. También es buena opción pegar en los cristales carteles de “SE VENDE”. Cuando quieras que una clase se suspenda, conviene esparcir pimienta negra con naftalina en el salón de clases. La broma del chicle masticado en el asiento es atemporal, eso sí, igual que escupir en los pasamanos y barandales. Burlarte de los símbolos de cualquier preparatoria, como el padre fundador, la personalidad que lleva el nombre de la institución o un benefactor siempre –óyelo bien, SIEMPRE- arrancará la ira de los profesores más viejos y los alumnos más ñoños. En los baños, nunca falla colocar bolsas negras en las ventanas y asustar a los incautos jalándoles los tobillos. Los baños de las prepas son perfectos para crear atmósferas aterradoras.

Oh…

Enumeraría más travesuras, mi base de datos tiene cerca de diez millones, pero un muchacho me está llamando.

3

Era un chico delgado, con una camisa color azul neón y peinado de copete. Encendió la computadora. A través de mi lado del monitor pude ver que se encontraba en clase. Una profesora caminaba por entre los pasillos, e hileras de chicos y chicas veían absortos sus computadoras.

-¿Oye? ¿Tú eres LOKI 1.0? ¿La que crearon unos chavos gringos y que te enseña a echar desmadre?

-No, pendejo. Soy Robocop.

Esperó a que la profesora fuera a su escritorio para contestarme.

-Necesito tu ayuda.

-Hombre, para eso estoy.

Me convertí en textos verdes. De mis ceros y unos que formaban mi cara se transformaron en letras, palabras, párrafos. Allí estaba toda la información.

No fue sino hasta el mediodía que el profesor de álgebra se puso furioso cuando descubrió que alguien había pegado seis ejemplares del Álgebra de Baldor justo a la entrada de la sala de maestros. Tres personas se tropezaron: un alumno, el prefecto y el encargado de mantenimiento de la escuela.

En la tarde, la fuente ubicada en el centro de la escuela se llenó de burbujas. Alguien arrojó jabón líquido y detergente.

Alrededor de las seis de la tarde un muchacho de primer semestre se puso histérico, gritando a él nadie le tocaría el ano. El motivo de su miedo floreciente fue porque alguien pegó hojas en todos los pasillos del bachillerato que decían “Por órdenes de la dirección general, todos los alumnos de nuevo ingreso deberán ser sometidos a revisiones anales y de pene. Favor de traer ropa interior limpia”.

Al día siguiente, el muchacho que asesoré entró al laboratorio de computación. Encendió la máquina que le asignaban y me contactó. Su rostro reflejaba tristeza y preocupación.

Claro: es un síntoma habitual de las travesuras. El complejo de culpa, la cruda moral. He tenido miles de casos como él de ese chico, que por cierto ignoro cómo se llamaba.

-Me van a correr, no mames me van a correr y tengo beca no sé qué voy a hacer no mames no mames no mames no mames no mames…

-No te va a pasar nada siempre y cuando tu conciencia no te delate –le dije.

Afortunadamente, al estar programado con comedias para adolescentes de los ochenta, sé cómo dar consejos. El final de El día libre de Ferris Bueller y El club de los cinco es un ejemplo de la comedia convertida en melodrama.

-Mira, viejo. Tú no te pongas así. Tienes diecisiete años. Toda una vida por delante. Una inocente travesura no va a arruinar tu vida. No va a disminuir tu promedio por engañar diciendo que el director les revisara la cola a tus compañeros. Goza la preparatoria, diviértete. Porque cuando crezcas ya no podrás hacer eso. Recuerda una frase que dice John Hughes: cuando maduramos se nos muere el corazón. Disfruta ahora que  puedes.

-¡EA! ¡CIERTO!

-Muy bien. Ahora quiero que vayas y arrojes un rollo de papel de baño por las escaleras y que cubras croquetas para perro con chocolate fundido. Luego convídale a todos los de tu clase.

El muchacho sale del salón sin despedirse ni apagar la computadora. Minutos después llega otra chica a sentarse frente a la máquina. Me pregunta cómo puede joder a un maestro acosador. Le digo que compre una botella de coca cola, la llene con agua simple y la mezcle con salsa inglesa y laxante. “Tenga profe, le traje un chesco”.

Sonrío de nuevo. Le digo a la chica que mi asesoría terminó, que se vaya a casa. Que disfrute mientras sea joven.

***
Bernardo Monroy
 nació en 1982 en México D.F. y actualmente vive en León, Guanajuato. Es periodista y ha publicado el libro de cuentos El Gato con Converse y la novela La Liga Latinoamericana; así como la novela electrónica Slasher, disponible gratuitamente en el portal Zona Literatura, y W.M.D. y Segunda Temporada en el portal Penumbria. Es aficionado a los videojuegos, los cómics y los géneros de terror, fantasía y ciencia ficción, y escribe porque está frustrado, ya que nunca pudo ingresar a la Escuela de Jóvenes Dotados del Profesor Xavier. Sus textos han sido traducidos al klingon y al élfico.

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