Es lo Cotidiano

Judith, número 5

Rebekah Gumpert Hyneman

Judith, número 5

¡Medianoche en el campo asirio! El silencio
se mezcla con el leve céfiro, cuyo tenue aliento
abanica el pálido carrillo del durmiente, y alza las trenzas
de cabello de cuervo en tantas frentes quemadas por el sol
o revela la ligera alegría alrededor
del espléndido dosel de Holofernes.

Es todo silencio. Un riachuelo murmurante
cuyos escasos rizos turban a los oídos vigilantes
del fatigado centinela, va susurrando
y en susurros le replica la rama
de palma y cedro en la ladera de la montaña.

La luna ha menguado, y en su lugar las pálidas
y melancólicas estrellas se muestran sobre
el cielo de medianoche en Judea.

Levantemos luego
el velo de aquella tienda: ¿qué vemos allí?
¡Calla! Pues cualquier sonido podría despertar al durmiente
que pronto debe conocer un sueño más profundo, más oscuro.

Ahí, en su diván, destellante de oro, y vivo
de rutilantes joyas, yace el soberbio conquistador.

Duerme el sueño profundo. ¡Detente y contempla
el temido azote de una nación! La túnica entorchada
se adhiere a su silueta de fuerza y majestad,
y la ancha, masiva frente, y los ojos hundidos,
y la compresión de los labios cerrados
dan pistas de su firme resolución.

Está solo: ¡no! Por el parpadeante haz
de raído oro vemos
otra forma.

¡Una mujer! Una flor bella, encantadora
con ojo de fuego y labios orgullosos.
¿Por qué está parada al lado del héroe
así, a la medianoche?

Los lustrosos zarcillos de su pelo
con costosas gemas envueltos
como si fuese la diadema de un monarca –
flotan sobre su rubio seno
y el velo honra su adorable forma
que tiembla como una paloma tímida;
se estremece, pero no con pensamientos de amor.

¡O, no! Ese brazo desnudo y blanco
que arranca la espada de su lugar,
y la blande resplandeciente sobre su cabeza,
atestigua que no es por amor
que sus pasos la trajeron aquí.

¡Escucha! ¿No oíste un súbito ruido?
El atontado centinela se detuvo a oír,
pero el dulce arroyuelo que murmura cerca
es con lo que se encuentra su asustado oído
en el sombrío silencio en derredor.

Y llega la alborada sorda y gris
que rompe desde los aposentos del este,
la matrona hebrea toma su camino
entre las colinas de su tierra para rezar;
y es petición de su Señor
que ella, sin replicar, pase a donde
sus sentimientos se vierten en oración.

Ella deja esa escena de sangre detrás
se apresura por entre las solitarias hondonadas
pero los terribles mecanismos de su mente…
¡O! ¿Se atreverá alguien a decirlo?
Deja la escena, pero no va sola –
una horrible, sangrienta cabeza cortada
cuyas miradas se encuentran ya con la suya
que testifica por los muertos,
su alma de mujer
se ha burlado del suave control de la naturaleza –
¡con qué presteza cumplió su misión!

¡O! No por gentil mano de mujer
debe ser la sangre derramada
o la victoria obtenida;
mas, por su Dios, su amor, su tierra,
¿qué no hace la mujer?

***
Rebekah Gumpert Hyneman (1812-1875) fue una poeta norteamericana. Fue estudiosa de los libros tradicionales del judaísmo y del rol de la mujer en la historia y la cultura hebrea. Escribió numerosos cuentos y colecciones de poemas.

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