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00:37h. Miércoles, 19 de Diciembre de 2018

El final del viaje

Sergio Inestrosa

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

1

Los acontecimientos de aquella azarosa tarde pronto le depararon la muerte que tal vez merecía.

Sus actos, él lo sabía muy bien, lo hermanaban directamente con lo peor de la humanidad, con aquellos que poblaban las páginas más oscuras de la historia. Qué importaba que no hubiese tenido conciencia plena de su accionar, de nada le servía esa atenuante frente a la brutalidad de sus actos y frente a aquel deambular errático en que se encontraba. Él era peor que Caín, pues aquél había matado a su hermano Abel para protestar contra el injustificado favoritismo de Dios. Y si bien él, en estricto sentido, no había matado a ningún hermano suyo, su acto era aún más terrible ya que había privado de la vida a un alma inocente, a una criatura que apenas despuntaba a la vida.

Mientras sus pasos caminaban en un fatídico círculo, su conciencia se empeñaba en justificar lo sucedido, tratando de convencerse a sí mismo y sobre todo tratando de convencer a San Juanita que él no era culpable de nada ni siquiera de haber venido al mundo. Tú bien lo sabes, Virgencita santa; tú sabes que yo soy inocente, tú me conoces y sabes que siempre fui un hombre sumiso; un simple peón; un pobre diablo, con el debido perdón sea dicho. Todavía no sé qué me pasó, virgencita. Sería el chamuco que se me metió y me perdió obligándome a hacerle daño a la señorita Mariana. Esta cantaleta la repetía con voz cada vez más angustiada, una y otra vez, mientras daba vueltas y vueltas en el laberinto de pasos.

Federico traía y llevaba ese pensamiento recurrente y circular (como un inútil ejercicio de auto convencimiento, como una letanía expiatoria del peso acumulado en su torpe conciencia) desde que salió del rancho, sin saber si hacía bien al intentar escapar del implacable brazo justiciero de don Nicolás, el padre de la señorita Mariana, quien después del sepelio envió a cuatro de sus mejores hombres para darle caza y vengar la muerte de su pequeña hija.

Cada vez que Federico se levantaba después de breves descansos sus pies volvían a extraviar el rumbo, y se encontraba enredado en aquella madeja de pensamientos y de su caminar sin sentido, volvía a imaginar (entre imágenes muy vívidas como las de una pesadilla) a la señorita Mariana: su virginal belleza, los vellitos rubios que cubrían todo su cuerpo; sus piernas largas y firmes atrevidamente separadas y cómo a través de ese compás abierto él podía adivinar unas pantaletitas de seda rosa que escondían el fruto prohibido y temido del amor.

Pensó en aquella fuerza de gravedad que lo arrastró sin remedio, que lo atrajo como una manzana que cae del árbol. Mientras caminaba, volvió a sentir la caricia inocente de sus cabellos mientras la mecía en el trapecio, revivió el despuntar del vello que se confundía con el rocío de su sexo virgen, sintió la frágil consistencia de aquellos pechitos nerviosos pegados a su piel, sus pezones tímidos y todo su cuerpo resistiendo y aferrándose a la violencia de la experiencia primera.

Tendido en el pasto y con los ojos apretados Federico recordó su cabello del color mismo del sol, su cuello largo y delgado, como el de la señora Catalina, la madre, que decían había actuado en el cine al lado de la mismísima María Félix. Él había notado que todas las hijas habían heredado aquel detalle de la señora Catalina, que les daba una elegancia muy especial. Y aquel bozo que tenía Mariana, un rasgo un poco masculino, pero de una enorme sensualidad. Recordó lo que los demás peones de la hacienda decían que las mujeres que tenían aquella propiedad eran especiales para el amor: mujer de bozo culo sabroso, decían de un modo vulgar.

Ese bozo también lo había heredado de la madre, por algo el patrón don Nicolás, aunque tuviera otras queridas, varias de ellas mujeres de la hacienda, hijas de los peones, siempre había mostrado una especial predilección por su esposa, pensó Federico mientras advertía que sus pasos lo habían devuelto al punto de partida, aquel gancho de camino donde se separa el camino real a Colima y el que lleva a Comala.

2

Mariana era la más pequeña de las tres hijas de don Nicolás, el dueño de la hacienda Mis Tres Primores, que como todos los años, llegaban de Guadalajara a pasar sus vacaciones de semana Santa, ”al rancho”, como las muchachas llamaban a aquella inmensidad de tierra parejita parejita, a pocos kilómetros de Zapotlán el Grande y donde la caña de azúcar crecía que era una bendición de Dios, mientras al otro lado de la carretera la tierra sólo daba huizaches.

Federico había visto crecer a todas las hijas del patrón, las había servido con esmero (como se lo merecían por ser las hijas de don Nicolás) sin otro interés que el de ser considerado un buen mozo; por ello nadie en el rancho y sus alrededores se explicaba qué demonios le había pasado, y todos decían lo mismo: se le metió el diablo al cuerpo y eso lo perdió.

De todos modos, todos lo sabían hombre muerto.

El mismo Federico, en su circular peregrinaje no lograba explicarse qué le había pasado y lo único cierto eran las sensaciones que conservaba vivas en la memoria y en la piel. Ese día un fuego creciente le arremetió desde lo más profundo de su naturaleza. Una explosión interna, una fuerza volcánica lo arrastró hacía el vacío y lo extravió en la madeja del pecado, un pecado sin perdón posible, y ni él mismo sabía si la muerte lograría darle paz a su alma. Conocedor del carácter fiero del patrón, Federico estaba consciente que lo único que ganaba al escapar de la hacienda era prolongar brevemente la vida, pues se sabía perdido sin remedio, y quizá por ello mismo sus pasos giraban y giraban en círculo.

Su suerte estaba echada y él lo aceptaba sin renegar, puesto que sabía que todo pecado, y el suyo era uno bien grande, se paga aquí mismo en la tierra, en vida. Este huir sin sentido era la forma de ganar unos minutos más para que su alma encontrara acomodo para cuando le llegara su hora. Federico asumía que su deambular sin sentido no era más que el primer grado de su castigo.

Además Federico entendía que don Nicolás tenía derecho sobre su vida, ya que él lo había injuriado al ultrajar y dar muerte a su pequeña hija. La ancestral ley del Talión del ojo por ojo y diente por diente le daba pleno derecho para vengar la afrenta cometida en contra de su pequeña. Por ello mismo, Federico no se entregó a la justicia, pues eso habría sido un acto de cobardía; irse a guarnecer bajo las enaguas de la ley era evitar el castigo que él se merecía. La vida con la vida se paga, pensó mientras volvía ponerse en camino, después de otro breve descanso.

Entregarse a las autoridades habría sido como tirar la piedra y esconder la mano. Habría sido salvar la vida (una vida manchada de sangre inocente, o casi) y frente a esa posibilidad prefería ser cazado por los hombres de don Nicolás, que ya debían de andar tras sus pasos, sorprendidos de que su presa estuviera dando vueltas en círculos cada vez más evidentes. Si eran inteligentes, sólo tendrían que esperarlo en una de aquellas vueltas que da el camino, para cobrar la afrenta y de paso llevarse una buena recompensa.

3

La tarde en que Federico perdió la razón o en que se le metió el chamuco (como decían las beatas del pueblo) la señorita Mariana jugaba a columpiarse bajo la jacaranda en flor; bajo sus pies, las flores moradas chillaban al ser destripadas. A cada mecida que la señorita se daba en el columpio el viento le levantaba la falda azul, exponiendo su intimidad a la mirada (distraída primero y ávida después) de Federico, quien sufría en su interior la fuerza del deseo que amenazaba con desbocarse a cada instante. La pasión fue creciendo y poco a poco la voluntad y las diferencias de clase, a la que estaba tan acostumbrado el peón, se fueron borrando hasta que se rompió el dique del respeto y la natural distancia entre amos y sirvientes.

Inclusive uno de los cuatro matones que iban tras él lo justificó al afirmar que: cuando la de abajo se para, la de arriba no razona; y estoy seguro que el mismo don Nicolás, como hombre que era, también lo entendía así, nomás que él era el padre de la víctima y como tal tenía que obrar en consecuencia sin dejarse llevar por razonamientos obscenos propios de la naturaleza masculina, además Mariana era apenas una criatura. Ante todo estaba su deber de padre y su posición como cabeza de la hacienda, y por ello se debía imponer un castigo ejemplar a aquel desdichado que manchó el nombre de la familia y cortó de tajo la vida de la más pequeña de sus hijas.

Para cuando Federico advirtió el vértigo del peligro, estaba ya atrás de la señorita Mariana ayudándola a volar con más fuerza; y fue demasiado tarde para arrepentirse de su cachondez, de su osadía, de su maldad, de su bajeza y quizá también para intentar escapar a la fuerza implacable del destino. Sus manos llenas de mugre y de callosidades; las manos curtidas del campesino trabajador se posan en la delgada cintura de la chiquilla sin que ella muestre disgusto alguno. Ahora Federico la empuja con fuerza y su falda vuela sobre el columpio, dejando al descubierto la piel bañada por el oro del sol.

A la siguiente vuelta, Federico la atrapa y la retiene apenas un instante.

Ella suelta una risita de complicidad casi infantil. ¿Se divierte? ¿Advierte el peligro mientras éste la suspende por un instante demasiado largo para ser un juego? ¿Le agrada la sensación que le produce la agitada respiración? ¿Dejó, la señorita Mariana, escapar aquel gritito de júbilo cuando él deslizó firmemente sus manos ásperas por sus juveniles caderas y apretó levemente sus nalgas o era la imaginación calenturienta de Federico que una vez más lo confundía? ¿Fue ella, en verdad, la que lo retuvo para que siguieran jugando cuando él intentó escapar a su destino, o era una trampa de su imaginación para acallar su culpabilidad? Después del columpio siguieron jugando al avión, luego a los encantados y por último a las escondidillas. ¿Era esto verdad o una treta de su mente asesina para exculpar su canallada? ¿Estaba Mariana jugando con fuego, coqueteando con él, o sólo trataba de pasar alegremente sus vacaciones mientras llegaba la hora de regresar a la ciudad? Todas estas interrogantes bullían en la mente de Federico mientras seguía inventando caminos, salidas que nunca llegaría a tomar, pues estaba cada vez más atrapado en la maraña de aquel círculo de locura y muerte. Este proceder errático hacía que Federico diera, lo entendiera o no, cumplimiento cabal al trazo de su destino.

4

Los mecanismos de la memoria se reactivaron y Federico volvió a sentir crecer dentro de su cuerpo esa fuerza brutal que se le manifestaba entre las piernas y le sofocaba el alma hasta desembocar en una eyaculación tibia y viscosa, una cascada blanca le mojó el calzón de manta sucia y le dejó una sensación de placidez y debilidad, de gozo y angustia, a la vez. Sus recuerdos, sus sueños, su desvarío; su conformidad para entregarse a la muerte estaban tamizados por el olor de ella, por su recuerdo. El rostro de Mariana se le hizo presente, ella lo llamaba desde el más allá, lo invitaba a unírsele, a ser dichosos en aquel lugar donde no habían diferencias de clase ni edad para amarse.

Fue al comenzar a jugar a las escondidillas cuando Federico supo que estaba atrapado y que no tendría más remedio que hacerse uno con aquella carne tierna. Supo que su destino era penetrar aquella intimidad, a pesar de todo, aunque ello le costara la vida. Mariana era la víctima propiciatoria, y él el sumo sacerdote encargado de celebrar el más viejo de los rituales humanos: el de la iniciación sexual.

Mariana hizo el conteo. De tin marín de dos pingüé, cúcara, mácara, títere fue, yo no fui, fue Teté, pégale, pégale, que ella fue. Te toca a ti buscar primero, dijo. Y él se fue hasta la jacaranda a contar hasta quince para ponerse a buscar. No tardó en encontrarla acuclillada detrás de los árboles que estaban al lado del portón que lleva al río. Después fue ella la que siguió con el juego. ¿Se daría cuenta del peligro que corría? ¿Estaba poseída por el mismo vértigo que él?

En la siguiente ronda, Federico se internó un poco más adentro de la finca y cuando ella lo encontró se atrevió a tomarla de la mano y la señorita se dejó llevar. ¿Sería, todavía, parte del juego? ¡Tal vez si, tal vez no! Federico la fue llevando cada vez más lejos y mientras se internaban en el campo, él le iba contando historias de amor, historias de princesas blancas y de cabellos bañados por el sol (así merito como el suyo, señorita) que habían sido encantadas por brujas malvadas y que dormían a la espera de la llegada de un príncipe azul, que tarde o temprano debía de hacer su aparición, para que con un beso verdadero las devolviera a la vida y a la felicidad. ¿Buscaba engatusarla? Ella se dejó llevar mientras él le susurraba una cascada de palabras al oído: Vamos a seguir jugando mi niña; vamos a inventar un mundo lleno de fantasías hermosas; y Mariana parecía contenta con aquella aventura. ¿No se daba cuenta del peligro que corría?

Federico le besó el cabello (que olía a almendras), los ojos, la boca, sus nacientes pechos, el vientre, y se perdió en aquella bahía que empezaba a oscurecer, y todo el cuerpo de Mariana resultó ser demasiado tierno para sobrevivir a los embates violentos de una virilidad contenida durante tantos años.

¿Desde cuándo no echaba un palo Federico? ¿Cuándo fue la última vez que estuvo con una mujer? ¿En qué puterío se tiró a la última hembrita?

Y mientras todo pasaba recordó, por un instante muy breve, a aquella putita escuálida que lo ayudó con paciencia de santa a enfrentar el horror de la primera vez.

5

El sol se había ocultado ya y Federico se sentía cada vez más cansado. No sabía cuándo había salido del rancho, ni cuánto tiempo llevaba sin dormir, sin lavarse, sin comer otra cosa que no fueran hierbajos arrancados con la mano para aplacar la terca resequedad que traía pegada a la garganta. ¿Cuántos días había caminado sin parar y sin que saliera de su laberinto?

Al acostarse a descansar en un recodo del camino volvió a recordar el suave olor a almendras que despedía el cabello alborotado de Mariana; seguramente éste fue el rastro que los llevó a dar con ella, pensó tratando de dormir un poco. Las demás huellas olfativas dejadas por aquel cuerpo se le agolparon en el cerebro, y por más que quiso espantarlas, no pudo. Federico deseaba dormir para enfrentar su muerte descansado y sereno, pero no pudo conciliar el sueño sino hasta bien entrado el día.

Durante el poco tiempo que logró dormir soñó con una luz muy fuerte que se le presentaba en forma de caracola. En el centro de esa luz había un punto de oscuridad que creía conforme aumentaban sus recuerdos y en ellos se dibujaban los últimos gestos, a la vez obscenos y agónicos, de Mariana. La luz del sol del medio día lo despertó de golpe, le hería los párpados, le quemaba el cuerpo.

Había aumentado la temperatura y estaba sudando. Su cabeza le daba vueltas, todo era un desvarío en él, tal vez tenía fiebre. Se levantó con dificultad, se frotó los ojos para atenuar la claridad del día. En ese momento le habría gustado estar cerca del río para darse un baño en la poza, para purificarse a través del bautismo por inmersión, tal vez dejarse arrastrar por las aguas diáfanas y despertar, mucho tiempo después, en parajes distantes en donde pudiera recuperar a Mariana y con ella la única porción del paraíso que había poseído en su mísera existencia.

Tuvo un instante de lucidez y supo por fin el rumbo que debía tomar. Su espíritu estaba ahora reconfortado; el viento le acercaba el creciente ladrar de los perros que andaban ya tras sus huellas. En ese instante se dispuso a dar cabal cumplimiento a su destino y buscar así reunir sus huesos con los de Mariana.

El círculo por él abierto estaba punto de cerrarse y con ello le devolvería la paz a la familia de don Nicolás. Morir, por un lado, era un acto de justicia que él debía enfrentar con honradez y valentía y, por otro, era un acto de amor, ya que sólo muriendo él podría recuperar a la niña que tuvo entre sus brazos hasta que se le fue en aquella agonía entre dolorosa y feliz.

El viento volvió a arrimarle aquellos ladridos cada vez más cercanos y tuvo la certeza de que su destino estaba a punto de cumplirse, y sólo deseó encontrarse con aquellos que debían cerrar el círculo para siempre. Juan fue el primero que escuchó sus pasos y alertó a Marcos, a Lucas y a Mateo para estar prevenidos, no fuera a ser una celada del criminal. Los cuatro jinetes del Apocalipsis (como se les conocía en toda la región por su certera puntería) se aprestaron a actuar; ninguno quería demeritar en nada su bien ganada fama. La mira de sus armas les mostró la imagen de un hombre perdido, desencajado, abrumado por el hambre y el cansancio, pero sobre todo, por el creciente deseo de cumplir con su destino.

Cuando lo tuvieron a la distancia justa para no fallar un solo tiro, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del patrón, los cuatro gatilleros vaciaron el contenido entero de sus armas. El cuerpo de Federico cayó de bruces, besando la resequedad de la tierra, y el brillo afiebrado de sus ojos se apagó en un instante.

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