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Yonke y putero [VI]

Javier Fernández

Yonke y putero [VI]


Neto Arévalo cepilló infinidad de entablados, aliñó cientos de tamboretes, trapeó decenas de escotillas por más de una década. En puerto y en alta mar. ¿Qué hacía distinto asear esta caseta, sin obligación alguna, a tales horas? La ocasión. En breve lo treparían a una patrulla, esposado. Lo podía jurar. Estaba aturdido, lo suficiente como para no huir, pese a que no era capaz de dilucidar los motivos concretos para atribuírsele un delito. Aun así, la imagen de su detención era tajante; era un hombre intuitivo, estaba liviana y estoicamente seguro. ¿Cómo actuar? ¿Le interesaba fingir sorpresa, o resistirse, alegar, pedir auxilio? Una sirena chilló por el malecón: ¿era la suya? No logró identificar su rumbo. ¿Iba, o venía? Abrió uno de los cajones del escritorio, ya vacío, y limpió reiteradamente el interior con el trapo que utilizó para sobar cada superficie, dejarlo impecable. Sabía que, por razones eternas, era lo correcto en un momento así. Limpiar, acicalar su puesto de trabajo, dignificar la escena. Con la manga de la camisa desempañó el cristal de la ventana. Desde ahí divisaba el andén de madera, los buques durmiendo, la cúpula incandescente de las farolas en el muelle. Enfureció con los colores primarios. Enfureció con Helsinki. Enfureció con los clarividentes que por angas o mangas leen un centelleo en la arboleda de la mano o interpretan un brillo en el lagrimal o desovillan los rizos del incauto que se les ofrece y por veinte dólares tiran sus anhelos al barranco.

El ulular metálico de la sirena policiaca, aunque más lejos.

Entonces no era la suya. No venía. Iba.

¿Cuándo iba a chillar otra: vecinal, definitiva?

La intuición le decía que toda captura llega con ruido, nunca es sigilosa, llantas en el asfalto, algún altavoz, tenientes a voz en cuello. Se preguntó si en Ensenada hallaría un abogado con especialidad fiscal en el ámbito portuario, fuera del bufete Lara. Recordó estas palabras y se entumeció: “Junta las manitas, mijo, que te llevan”, dijo su media hermana minutos antes de las diez, cuando salió de allí. Se lo explicó aludiendo a incisos, apartados de la ley sanitaria y un pliego asombroso de acuerdos internacionales que Sea Mist, Inc. violó al recibir y descargar el contenedor marcado con el garabato Yju. Los caracteres no le decían absolutamente nada. Fueron acaso una particularidad que Neto, apenas dos días antes, cuando autorizó su desembarco, tuvo la calma de anotar en la adenda, añadiendo su nombre, apellido y firma. Ella escupió sus argumentos, dio la espalda y salió como arrojada a la noche. Su aparición después de añísimos de no saber de ella, fue rabanera, vertiginosa y lapidaria; su salida, vulgar y aparatosa, chanclazos tamborileando en el andén. Por el tiempo de respuesta que acostumbraba la policía local, y la distancia a la comandancia, Neto estimó treinta minutos, a lo mucho. Quedó en silencio. Tomó un lápiz, el sacapuntas. Después los otros lápices, algunos colores, los dejó filosos, como nuevos. Ojo –se decía ahora Neto, sacudiendo las persianas–, que el cargo vendría contra él sin importar a quién hallaran esa noche en la caseta. Vincularían de un tajo las entrañas inasequibles de Sea Mist, Inc., corporativo al que Neto dedicó los últimos dieciocho años, con las transacciones del día y, por supuesto, con la caja Yju. De nada servía destruir la adenda, ya escaneada y transmitida al buzón de la empresa en Long Beach. Intentó subordinar la imagen de la pesquisa en su cabeza, y sobreponer la de su escape. Por dónde, qué hacer, un refugio. “Imbécil, a mí nadie me dice mijo”, pensó. Y enfureció de nuevo. Enfureció con el mar. Con Ensenada. Con ella. Enfureció con la discografía de The Third Eye Foundation y con todos los estudiantes Bauhaus. Enfureció con las tortugas del desierto. Enfureció con el centinela que al entregar su relevo en el alba se dispone a soltar un secreto. Enfureció… Un claxon.

Otro claxon y voces.

Es que venían por Neto.

Cerca, tres cuadras a lo mucho.

Desempolvó el clic de la lámpara, concertó la torre de facturas.

Al fondo del muelle despertó un grupo de lobos marinos: tosían, ladraban, mugían.

Nada prosiguió a esos claxon; así que no. Sus compañeros estarían por llegar al Hotel Coral Marina, atiborrados de fiesta, trajeados. Después de todo, y de tanto, Neto Arévalo se lo perdería. Era de esperarse que más de uno se quedaría en casa, el hartazgo, el mareo de la jornada, un sueño de plomo al tumbarse en el sofá. Nadie se ausentaría por sus razones: toparse con ella, enterarse del lío que embotellaba el penúltimo contenedor finlandés que descargaron, la mezquina valía que, según ella, se atribuía a la caja en la que alguien, un tipo rubio o un petiso de ojo rasgado más allá del océano escribió con plumón o con brocha delgada, Yju. Daba igual a Neto si Yju era la onomatopeya de machacar caucho, o el vocablo lapón para el acto de caer por un tobogán en pleno invierno. Brindarían por Neto y por otros ausentes, sin culparlos. Bah, estuvieron juntos días y noches, sudorosos, abrumados. El brindis de Fin de Año era lo de menos, si les inundaba el éxito: cumplieron la cuota, ganarían bono, tenían contrato para dos cuatrimestres, uf, esos días, qué trajín. Prominentes de alcohol, relajados en un balconcillo o en la pista de baile los miembros de la cuadrilla rescatarían pormenores de la última semana, lanzándose y clavándose en el cabello las banderillas de Sea Mist, Inc. que Neto mandó imprimir y luego se ocupó de instalar en el lobby, el barandal de la terraza y las cenefas del salón. El nombre de Neto Arévalo volaría entre las mesas del Hotel Coral Marina. ¡Salud, cabrones!, al coño los cargueros que se anunciaron para el amanecer, reír a pulmón abierto. ¡Un año más, recabrones!, venga otro igual, uf, botar el estrés, abrazarse. Neto enfureció con el efecto mediador de todo reembolso. Enfureció con la bandera nacional. Enfureció con la carga voltaica de los congeladores. Enfureció con el horrible cuadro de flores y pájaros que colgaba encima del checador. Al enfurecer, advirtió en la temperatura corporal una sensación de rebose y basura, de cascajo orgánico en la piel. 

La forma en que ella irrumpió en la caseta lo disminuyó, lo sofocó.

El cabello oscuro, suelto y pesado. Esa caída mongólica en los ojos.

Diminuta, bullanguera, se adueñó de la noche con banal despilfarro.  

Golpe de fusta, una peste. Con las furibundas maneras de un ciclón.

Neto limpió la visera de la computadora con una servilleta y algo de saliva. Le acribillaba el por qué, antes que cualquier otra duda. Antes del con quién y el dónde, estaba el por qué. Los porqués. Aquello parecía alineado de forma inverosímil. Neto recapituló, y antes del fastidio se dio un gusto: saber que ese treinta y uno de diciembre iba a recordarse en los registros de Sea Mist, Inc. por varias razones. El orgullo de un día espléndido. Para la cuadrilla, para la empresa, para él. Justo el último día hábil del año, y ella vino a estropearlo. No solo ella: la noticia de los contenedores finlandeses que arribaron el día 29, a media mañana, sin bitácora previa, con los que, por un lado, Neto se metía en un lío pues no tenía asegurado el staff para brindar al buque escandinavo el mantenimiento usual que marca la normativa. Por otro, recibirlos era colmar la meta #1 (recepción de navíos) y #4 (inventario procesado). Esta segunda razón valía el riesgo de aceptar once contenedores y una caja Yju. Neto toleraba la espera cavilando el por qué. De la docena de contenedores, y al margen de la seña indescifrable, era el único que carecía del sello fiscal. Bah, el año termina, se cubre la cuota, ¿y uno de los doce no trae sello? ¿Es para tanto? Sucedía en entregas de alto volumen, ya por desliz en el procedimiento, ya por dolo de los importadores; establecerlo no era fácil. Qué eran dos toneladas –se dijo Neto, sentado en la única silla de la caseta, sudando– entre las centenares de miles que se procesan cada temporada. Con la inminencia del cierre y el agobio acumulado Neto Arévalo o cualquier uniformado iba a darle entrada. Se enfureció con la presencia de su hermana o media hermana –fue incapaz de trabar o desatar parentescos–. Jamás fueron especialmente expresivos, pero su indiferencia era flagrante: ¿lo reconoció? Enfureció a Neto no saberlo, así como ignorar a qué demonios obedece el orden de los caracteres en un teclado Qwerty. Enfureció con la disyuntiva que presiona a las belugas a alejarse sistemáticamente del círculo ártico, trepadas a corrientes tibias, traicioneras, para acabar varadas en la desembocadura de los ríos. Se enfureció con cada moño. Con cada tacón alto.  

Hija de su madre, con su primera pareja.

Mayorcita que él, cristiana, los años en Pomona.

“Cualquier día viene y nos da un susto”, decía su madre.

Neto siempre supo que podía topársela. Acá era la Güera, allá le decían Holly.

Holly laboraba en una firma gringa de Sausalito, de logo inconfundible: un águila, una herradura y la letra F. Neto descubría de vez en cuando el logo en embarques provenientes del norte. A veces su madre lo señalaba con un batir de mano abierta si pasaban cerca de la zona de carga. Cada buque o caja o bitácora náutica que presentara el águila con la herradura, significaban la chance de verla. Neto afinó el oído: nada. Le resultaba tóxica una ratonil aparición de su media hermana. Enfureció con la presencia ramplona y alebrestada de la chica. Enfureció con los charales luminosos de un estanque prohibido. Enfureció con la correlación entre las escamas ventrales y escamas subcaudales en el cuerpo color zafiro de una cobra de la India. Aquel rostro, sin el cariz salvaje de la adolescencia que lucía en las fotos que andaban por ahí, tomadas por Julito, el del mimeógrafo, guardadas en un álbum de su madre; la piel clara, acrisolada por la vena materna, una tez muy tapatía, dulcificada por la edad. El encuentro parecía fortuito: ¿lo era? Es que para Neto Arévalo nada era casual. Enfureció con las hormigas. Enfureció con el acceso a la madriguera de los topos. Enfureció con tres botellas de agua fabricadas con resinas sintetizadas en base a policloruro de vinilideno. Enfureció con los minutos de silencio que anteceden a una tragedia, y por tragedia Neto Arévalo concibe el hecho de que un tutor académico va caminando rumbo al cubículo del administrador porque no entiende las deducciones que presenta su recibo de nómina y de la nada explota un laboratorio: lo alcanzan algunos cristales, un trozo de tubería y un baño de ácidos que primero lo desfigura y en seguida lo asfixia, y no la concibe en situaciones predecibles, cuando las circunstancias cosechan la obviedad, lo van incubando, digamos la muerte de un domador de fieras en una sesión de práctica cuando una de ellas, tigresa, portentosa hembra joven, encendida y fuera de sí, lo tumba, y el resto de ejemplares confinados baja de su balancín, abandona su plataforma de cal, movidos por un estupor fogoso que se parece al azote del hambre y también al de la brama, rodean al fulanete, le tiran golpes con sus zarpas de punta roma, mordidas con sus bocas desdentadas, hasta que el mono de espejuelas que simboliza el encierro y el sometimiento yace en un charco de lodo enrojecido, qué pena, entidad jadeante y fangosa.

Neto Arévalo siguió limpiando el cristal de las ventanas.

Eran nueve cristales cuadriculados por cada ventana.

Hablamos de tres ventanas en total, más la puerta.

Eran ya las once. Faltaba nada para las once.

Abril 22, 2017

 

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Javier Fernández.
Comunicólogo y narrador, Javier nació en la ciudad de México en 1971. Ha residido en Guadalajara, Tijuana, Mexicali y el poblado tarahumara de Chinatú. Colaborador intermitente en medios impresos y electrónicos, a veces con el seudónimo Mr Phuy, se ha ocupado en la docencia, el comercio, la producción de radio-video, los servicios financieros, la función pública y el desempleo. En el fuero de sus influencias están Camilo José Cela, Julio Cortázar, Fernando Del Paso, Allen Ginsberg, Francis Bacon y los hermanos Coen. Su primer libro Si tarda mucho mi ausencia (ICBC, 1993) obtuvo el Premio Estatal de Literatura en Baja California. En 2010 publicó El estadio que naufragó (CreateSpace, 2010) y Señora Krupps (Static Libros, 2010 / CONACULTA, 2013). Seguir a los gansos es su tercer volumen de cuentos. Su cuenta de correo: mrphuy@gmail.com

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