sábado. 21.05.2022
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Yo también tengo a mi Santana

Roberto Castillo Udiarte

Yo también tengo a mi Santana

(Aquí les va mi versión)

al danny, mi primo, in memoriam

Mi primo hermano Danny y yo nacimos en la frontera; él del  lado sur de California y yo en el norte de Baja California. El creció en inglés y yo en español; su madre le enseñó español y a mí me enseñó inglés mi madre; durante las vacaciones de verano él venía a mi pueblo y comía tacos y tortas, y yo iba al suyo y comía hot dogs y hamburguesas. De pronto, cuando él estaba en high school y yo en secundaria, llegó la invasión inglesa del rock a los radios de a.m., con los Beatles y Rolling Stones, los Animals y Dave Clark Five, los Hollies y los Yardbirds, los Who y los Kinks. Y poco después apareció el radio f.m. y llegaron sonidos extraordinarios: Velvet Underground y Frank Zappa, Fever Tree y Spirit, Deep Purple y Love, Fleetwood Mac (época de Peter Green) y Jethro Tull (época de Mick Abraham). Nos dejamos crecer la greña un poquito, tipo Beach Boys y compramos camisas rayadas de playa y livais, discos y tocadiscos portátiles y comenzamos a ir a conciertos de rock: el concierto que mejor recuerdo fue el de Spirit. Todo parecía ir bien pero, algo faltaba, no sabíamos qué, pero algo faltaba…

Al terminar la prepa me fui a estudiar a la UNAM y él a estudiar a UCSD. De pronto, por razones políticas, sociales y económicas, surge el movimiento estudiantil en México y en el sur de Estados Unidos el movimiento chicano. Ese primer verano nos juntamos otra vez en San Diego, California, y fuimos a un concierto que cambiaría radicalmente nuestra precepción de la música: Santana. Si en México el rock y la trova eran conducto artístico del movimiento social juvenil, en el sur de California lo era Santana. Los chicanos, junto con las lecturas políticas, los discursos de Reies Tijerina y Cesar Chavez, el muralismo de Siqueiros y las imágenes míticas de los calendarios de Helguera, adoptaron a Santana como el shaman de la música chicana. En esa época se inicia la fundación del Third World College en la Universidad de la Jolla, en San Diego, comandada por míster Herbert Marcuse y otros ideólogos de izquierda. Las reuniones y discusiones en el campus de La Jolla eran todo un espectáculo. Por los pasillos encontrabas estudiantes y futuros estudiantes de artes liberales y humanidades de raíces afros, de indios nativos norteamericanos, latinos y algunos europeos; las reuniones, aparte de lenguas babélicas, la gran variedad de comidas, bebidas, grandes fumarolas de sage y mota importada, los hongos y el peyotito sagrados cruzaban la frontera sin documentos y, desde luego, la música como incienso espiritual. Los sajones con Moody Blues; de los nativos no recuerdo los nombres de sus artistas, pero todos ponían su música pow wow, cantos tribales con voces y tambores y flautas; los afros con James Brown, Marvin Gaye, Temptations, Curtis Mayfield, Edwin Starr y, desde luego, The Last Poets; por el lado latino a Santana, quien  unía blancos, mulatos y negros con la música de rock, tropical, blues, caribeña y jazz que mezclaba además el inglés con el español, fórmula eficaz en un mundo bilingüe donde el inglés político y económico se enfrentaba con el español laboral. En aquel entonces no se permitía hablar español en público y todas las relaciones formales debían de ser en inglés. Santana de pronto era la puerta bilingüe que irrumpía al mundo de la cultura roquera sajona con excelentes rolitas como No one to depend on/No tengo a nadie, Evil Ways, Oye Como Va, Guajira, Savor, Se A cabó (como verán, los errores ortográficos de los latinos en gringoland son comunes), y Black Magic Woman, ésta última escrita, curiosamente, por Peter Green, el requintista de Fleetwood Mac. El movimiento chicano de San Diego y Los Angeles tenía de pronto la posibilidad de asistir a los conciertos de latinos: aparecen  Malo (de Jorge Santana, hermano de Carlos), Azteca (de Pete y Coke Escobedo), El Chicano, Tierra y el acelerado Tower of Power, comandado por Emilio Castillo, grupo funk de Oakland, California. De pronto chicanos, latinos, japoneses, mulatos, afroamericanos, cubanos, portorriqueños, nicaragüenses y niuyorricans compartían escenarios y las banderas latinas y santos y vírgenes inmaculadas aparecían en escena, junto con las comidas regionales, blusas y camisas de manta bordadas con motivos florales y plumas y animales casi mitológicos. Los grupos se prestaban e intercambiaban  músicos, entre otros: Chepito Areas, Coke Escobedo, Chester Thompson, Carlos y Jorge Santana, Victor Pantoja y Luis Gasca. (Luis Gasca, trompetista, había tocado y tocaría después para Mongo Santamaría, Woody Herman, Van Morrison, Janis Joplin, Malo y otros. Casualmente y, por temporadas, Luis Gasca aparece en Tijuana y toca en los congales de la Zona Norte y aparece para echarse unos palomazos de salsa en la antigua Bodega de Papel, con la banda del Gume.)

En ese entonces en Tijuana había algunos buenos lugares para escuchar música en vivo: el Mike’s, Blue Note, Convoy, etc. El grupo musical que quisiera hacerla debía tocar las rolitas ya clásicas de Santana: Evil Ways, Black Magic Woman, Oye Como Va. Era la época en la cual la Avenida Revolución o la Revu, era la calle de los lugares para escuchar música en vivo, tomar cervezas, cotorriar con los compas, admirar a las bellas morritas gringas y tijuaneras en sus livais, su cabello largo largo, sus grandes arracadas de oro, sus blusitas strapless de colores brillantes, sus cejas depiladas, sus labios rojamente sabrosos, sus tenis converse o sandalias, sus chapitas enrojecidas y mascando chicles de “la flecha” y, desde luego, en los momentos de bailar con alguna de ellas, la cachondez de Samba Pa Ti. Esta era la rolita obligada en toda tardeada, sudcaliforniana y nordbajacaliforniana, para danzoniar con la morrita más bonita; era como la llave para entrar al paraíso amoroso, olvidar al mundo aunque fuera por sólo unas horas. (“Hormona mata neurona”, decía mi compadre.). Después esta canción, al igual que Europa, se convertiría en un himno en todas las tardeadas de la frontera, incluyendo bautismos, quinceañeras, bodas o cualesquier party finsemanero, reunión o pretexto para la carne asada y las cervecitas. Después agregamos a nuestras fiestas, nomás por parentesco y por cachonda, la rolita de Malo, Suavecito mi linda…!

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De pronto Santana cambia de rumbo y se vuelve al jazz y a la filosofía orientalista con su compa John McLaughlin, y graba también con la viuda de John Coltrane, doña Alice Coltrane. Muchos admiradores, entre ellos Danny yo, nos desilusionamos y no entendimos el cambio, pero él no estaba nomás para complacernos, él tenía otros mundos que atender y lo orillaban a cambiar de brújula: Love, Devotion and Surrender, Welcome, Illuminations, etc., dan  pruebas de esa búsqueda. Los tiempos estaban cambiando; el mundo sigue girando de izquierda a derecha. La música comercial se posesiona de los radios: es el “disco inferno”. Santana se vuelve pop; popito, pues. Como un tiburón que si se detiene se muere, Carlos aparece en decenas y decenas de albums de pop, jazz, rock, soul; este bato no se detiene a descansar.

Mientras tanto mi primo Danny va a México a visitarme y yo vengo ocasionalmente de la Ciudad de México a San Diego, y asisto con regularidad a los conciertos con él en el Sports Aroma para escuchar a Malo, Ballin’ Jack, El Chicano, Azteca, Tower of Power y, desde luego, a las tantas reencarnaciones de Santana. Mi primo se vuelve  verlo novio con una chicanita que baila danzas folclóricas; muchos gringos se mexicanizan y hacen la lucha por hablar español y comen pozole y tacos con ardoroso chile; los batos de apellidos latinos recobran su orgullo y practican en voz alta su español mocho; los pintores latinos llenan y tapizan paredes con murales escandalosamente coloridos con cuauhtémocs emplumados y pirámides tridimensionales; a sus carros lowride les pintan las imágenes de los amoríos de Iztacíhuatl y Popocatépetl de Helguera; a Santana lo sigues escuchando en eight tracks, cassettes y acetatos como los soundtracks de la vida cotidiana. Y surge el Barrio Logan… Era 1975, año de la expropiación del espacio destinado a la construcción de una estación de patrullas del condado de San Diego y retomado por los trabajadores y constructores latinos de barcos en la bahía de San Diego. Después este espacio bautizado con el nombre de Chicano Park, en el mismo Barrio Logan donde se encuentra el Puente Coronado, hoy miramos aún sobre los soportes del puente los murales chicanos, cabezas olmecas, plumajes aztecas, pirámides mayas, soles zapotecas e imágenes de la raza, ¡Viva la raza! y de fondo la música norteña y sambera del Chunky y los Alacranes Mojados. Santana ni sabía lo que había provocado; él era una pieza del rompecabezas social sin tener plena conciencia, tal vez, de su importancia. Y los Hermanos Valdez, presentándose aquí y allá por el sur de California con su Teatro Campesino, bien morros ellos todavía, y que les daría experiencia para después realizar la pionera y excelente obra Suit Zoot, en 1981 (película que sirvió de catapulta al actor y activista chicano Edward James Olmos), pionera porque era a la vez teatro, video, cine, video musical, y que después se pondría de moda como alternativa cultural cuando en realidad los hermanos Valdez lo habían realizado por falta de recursos pero con harta creatividad; obra prohibida y enlatada en Estados Unidos por desenmascarar el asesinato de latinos y el agandalle de los gringos. (Algo similar haría en el 2005 Ry Cooder con su cidí de luxe Chavez Ravine. “El arte desenmascara finalmente a los discursos y retóricas institucionales y oficiales, como siempre”, insiste mi compadre.).

Por esos mismos años, mediados de los setentas, tuve que ir a visitar a mi abuelo Eliseo, por primera y última vez, a Manzanillo, Colima, y de allí nos fuimos con la fámili a la tierra nativa de la abuela de Danny y mía, doña Luz, a El Grullo, Jalisco. Antes pasamos por Autlán y, al bajar por una soda, se me acerca un nativo y me dice: “¿Conoces a Santana? El es de aquí, es pariente mío”. Es el orgullo del pavorreal en tierra arcillosa y ardiente corazón. Yo le sonreí mientras pensaba que Santana era de Tijuana, mientras Santana, de seguro, se consideraba nativo del universo entero.

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La  enorme expectación por el concierto de Santana por vez primera en Tijuana, el 21 de Marzo del 93, se ve amenazada por una fuerte lluvia mañanera. Santana no había tocado formalmente en Tijuana, aunque en muchas ocasiones tocó en San Diego y, entre el público, siempre brotaban los gritos de ¡Viva Tijuana! Muchos decían que después de  sus conciertos sandieguinos, Santana venía por las noches a los lugares de la Revu y se aventaba palomazos con los grupos roqueros locales. Nunca lo ví en Tijuana. No sé si era cierto. Lo cierto era que esa tarde, en la Plaza Monumental, esta enorme construcción de concreto, “la única plaza de toros en el mundo frente al mar”, y que está localizada frente al océano Pacífico, pegadito a la frontera con Estados Unidos, sería el escenario de iniciación de la Primavera.

Comienzan a llegar los cuarentones con barriguita y calvicie recesiva, con sus hijos e hijas jóvenes y adolescentes, orgullosos de que miren y escuchen por primera vez al shamán de los tijuaneros. Todos hacemos la señal de la paz y sonreímos de alegría inocente a pesar de la vida y las nubes cargadas de agua. ¡Todo va a salir bien!, nos dice un bato con la seguridad de un pronostiquero del clima. Como telonero sale Don José Santana y su mariachi; todos cantamos las clásicas rancheras, pos todos somos, como dice Monsiváis, mexicanos de clóset, y aunque no sepamos las letras completas, al menos gritamos ¡ajúa! Los ánimos se cervecean y se prenden los primeros toques vespertinos. Desde tu lugar podías ver calvicie incipiente y canas nuevas, los que estaban atrás de mí, igual me percibían.

De pronto se abren las nubes en el cielo y el sol, grandote, cachetón y cervecero, epifanía nortense, aluza a Carlos con su amorosa guitarra. Toca clásicas viejitas y las nuevas de los discos Spirits dancing in the flesh (dedicado al “champion of champions”, Julio César Chávez, otro avecindado tijuanero) y Milagro (dedicado a Miles Davis y Bill Graham)  y Jorge, el carnalito que fundó Malo y tocó con Fania All Stars, sale como sombra silenciosa y hace cantar sus cuerdas salseras, acompañando a su hermano. Después el Bátiz, orgulloso porque su medio carnal le hace un paro a sus largas y egóticas aventuras, lo acompaña también. Y aistán los tres, jugueteando con sus cuerdas cantoras mientras una imagen de la Virgen de Guadalupe los mira desde una repisita a la izquierda y los miles de oyentes gordos y flacos, mujeres y hombres, calvos o greña larga, jóvenes o viejos, cantamos y bailamos, entre los taquicárdicos timbales, tamborazos, congas y tumbadoras, en el ritual de inicio de la Primavera.

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Al día siguiente hubo otro concierto a petición de quienes no alcanzaron boleto y se dijo que las entradas serían para beneficencia y que, los organizadores, poco después, habían tranzado la feria completa de las entradas pues Santana no había cobrado ni un penny. Se dijo también que Santana, molesto por la fechoría pseudoaltruista, no regresaría más a Tijuana para dar un concierto, algo que, hasta la fecha, ha cumplido y no ha regresado a dar ningún concierto, después de tantos años. Realmente una pena que, por unos cuantos gandallas, no podamos disfrutar de la presencia y la música de Santana mientras infinidad de países en Africa, Europa, Oriente, tengan la dicha de ir a sus conciertos. ¿Qué sentirá Santana al respecto? Hubo incluso, años después, por parte del gobierno panista, en una desesperada búsqueda de legitimación de sus actitudes reaccionarias, una serie de actividades dizque redentoras ante los tijuanenses, entre ellas, la propuesta de poner el nombre de Santana a una avenida pero, muchos de los propios blanquiazules, lanzaron su contraargumento de que cómo se iba a bautizar a una avenida de Tijuana con el nombre de “un músico mariguano”, sin siquiera atisbar que los tijuanenses ya llevábamos en el corazón una gran avenida emocional llamada Santana.

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Y así, pues, termino esta historia mientras vamos en el carro de la nostalgia por la Revu con sus locales clausurados, o en venta, o abandonados, en renta o convertidos en tables, en shows travestidos, en boticas, imaginando cuántos tijuanenses tendrán en sus casas un casét, un acetato, un eight track, un cidí, al menos, de Santana, mientras dulcemente el Danny, mi hermano primo y yo, escuchamos Samba Pa Ti como si fuera la primera vez. (“Lo mejor de Santana no es hablar de él, es mejor escucharlo”, dice mi compadre.)

 el róber castillo

Playas de Tijuana

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Roberto Castillo Udiarte (Tecate, 1951) es un poeta y narrador bajacaliforniano. Dos de sus temas recurrentes son los cuervos y el rock’n’roll. Ha sido llamado el Padrino de la contracultura tijuanense. Entre sus libros de poesía se cuentan Blues cola de lagarto (ganador del Premio Nacional de Poesía en 1984), Cartografía del alma (1987), Nuestras vidas son otras (1994), La pasión de Angélica según el Johnny Tecate (1996) y Elamoroso Guaguagá (2002); ha escrito ficción también, como Pequeño bestiario y otras miniaturas (1982) y Arrimitos o los pequeños mundos en tu piel (1992). Entre sus textos más importantes sobre rock’n’roll se cuenta la antología Banquete de pordioseros: menú rockero para compas y compitas (1999). Es también traductor, especialmente de la obra de Charles Bukowski.

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