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Parejas interraciales

Fernando Cuevas de la Garza

Parejas interraciales

Un par de películas emparentadas por la temática general, las conflictivas relaciones entre los afroamericanos y los blancos en Estados Unidos, y distinguidas por el tono: mientras que una apuesta por una sensible sobriedad romántica retomando un caso real, la otra entremezcla con fortuna el horror y la comedia a partir de una alegoría que simboliza la etapa de la esclavitud. A pesar de estar distanciadas en la época en la que transcurren, una a finales de los 50’s y principios de los 60´s y la otra hoy mismo, ambas refieren a un contexto de tensión racial que permanece, ahora de manera más explícita contra los latinos, desde hace muchos años en el país del norte.

Amor matrimonial

Escrita y dirigida por Jeff Nichols (Shotgun Stories, 2007), quien vuelve a presentar personajes marginados socialmente como en sus notables Atormentado (2011), El niño y el fugitivo (2012) y El elegido (2016), El matrimonio Loving (EU-RU, 2016) recupera el caso emblemático de esta pareja interracial que padeció la segregación simplemente por casarse, dadas las absurdas leyes imperantes en Virginia, su estado natal, muy preocupadas porque los hijos fueran mestizos, condición que estas mentes estrechas relacionaban con el hecho de ser bastardos. La falsa idea de la pureza, que no termina por desaparecer y que se confunde con rasgos genéticos en lugar de valores sociales.

Mildred es una mujer afroamericana que trabaja en el campo y Richard un sencillo hombre caucásico dedicado a la construcción; esperan un hijo y deciden contraer nupcias en D. C., dado que en Virginia están prohibidas las bodas interraciales. Al ser descubiertos, tienen que dejar su estado natal y tras vivir entre escondidos y acosados, ya con tres encantadores pequeños, reciben el apoyo de una organización que ve en su caso la oportunidad de hacer historia con resonancia nacional, que recibe publicidad con las fotos aparecidas en la revista Life (con Michael Shannon como el fotógrafo, cómplice del director).

Una secuencia ejemplifica la peligrosa inconsciencia sobre la propia ignorancia: el rudo y convencido policía del pueblo, responsable de aplicar esta ley absurda secundada por el juez local, le espeta al protagonista que está totalmente confundido por ser un hombre racialmente mezclado, y que no pasa de ser un campesino tonto. Así, junto con el argumento de que Dios puso a las personas en continentes diferentes según su color para que no hubiera combinaciones raras, se estableció una normatividad contraria al elemental derecho humano de casarse con la persona que cada quien elija sin importar el color de su piel (ahora sin considerar el sexo).

La etíope Ruth Negga y el australiano Joel Edgerton entregan unas actuaciones de absoluta contención; de escasas palabras pronunciadas con claro acento sureño, transitan a una interpretación plagada de gestos: ella se comunica con la mirada, oteando soluciones, diluyendo la nostalgia por la vida en el campo y expresando afectos; él se manifiesta con movimientos de hombros, ojos evasivos y una hosquedad casi infantil, nunca agresiva. Alrededor de ellos, la solidaria familia afroamericana, la severa madre de él, abogados rescatadores y un entorno en el que priva un deber ser que parece inmutable, hasta que se empiezan a visualizar otras perspectivas.

A la edición precisa y cortante se le integra un score discreto que apunta hacia esclarecer los momentos de duda, angustia y temor de los personajes, mientras que la fotografía, además de capturar todos los detalles propios de la época, se detiene en los pequeños detalles del campo para iniciar algún episodio (flores, insectos, horizontes) y se da vuelo con esos paisajes aspiracionales en los que parece estar prohibido vivir, como una especie de paraíso del cual la familia ha sido expulsada por las causas equivocadas. Pero entre todas las peripecias y sinsabores la constante es el amor conyugal, edificado poco a poco tal como el hogar prometido y largamente anhelado.

Noviazgo a prueba

Un afroamericano camina con cierto temor por un suburbio clasemediero. De pronto es asaltado y encajuelado sin mediar palabra alguna. El asedio está representado de entrada. Nos vamos a una pareja interracial (Daniel Kaluuya y Allison Williams) preparando el viaje a la casa de los papás de ella para que conozcan al galán. Sin preguntarse ¿Sabes quién viene a cenar? (Kramer, 1967) se dirigen a la casa de campo de los liberales caucásicos que hasta votarían por Obama para un tercer periodo, sólo interrumpidos en el camino por la llamada del amigo, un agente de la TSA, un venado moribundo y un policía que desconfía del novio, simplemente por su color de piel.

Al llegar a la impoluta mansión en medio del bosque, el invitado observa que hay dos sirvientes afroamericanos de extraño comportamiento que contrastan con la naturalidad de los anfitriones, a quienes se suma el inestable hijo, interrogando al novio de su hermana. La mamá es siquiatra (Katherine Keener, apacible) y el papá cirujano (Bradley Whitford) y pronto le proponen al galán si quisiera someterse a hipnosis para vencer la adicción al cigarro: el juego de simulaciones ha quedado abierto en su cabeza y los sucesos en la frontera de la normalidad bien podrían estar desarrollándose en la realidad o en sus pensamientos, entre apariciones inesperadas, recuerdos de su propia madre y un score elucubrador.

Pronto la pareja recién llegada se entera que habrá una reunión, a la cual asisten puros blancos excepto un invitado, también de raza negra y con actitudes indescifrables. Ahí se alaba la negritud: desde sus potencialidades físicas hasta sus habilidades para los deportes, incluyendo el blanquísimo golf, en el que Tiger Woods reinó antes de sus problemas personales. El desarrollo de la fiesta está tensamente filmada, transmitiendo la desazón del joven en esa reunión y de cómo sentirse un extraño en medio de tanta amabilidad, de ésa que se da la mano con la perversidad, porque no hay evidencia clara que indique la necesidad de escapar de ahí.

Dirigida con ingenio mordaz por el comediante Jordan Peele, ¡Huye! (Get Out, EU, 2017) es una crítica inteligente y divertida a las simulaciones progresistas con respecto a la igualdad racial en tiempos difíciles para las minorías. Si bien los tiempos de las plantaciones de esclavos quedó atrás y aunque ser negro esté de moda, a decir de un personaje, los prejuicios permanecen y las formas de discriminación se expresan con una mayor sutileza, como en los tipos de empleo, los niveles y de drogadicción y la facilidad para conseguir sustancias tóxicas en los barrios negros y ciertas políticas públicas diferenciadas según la región, entre otras.

La muy interesante premisa y el contexto generado se ven ligeramente afectados por algunas salidas fáciles en la ejecución. El argumento cae en el típico error de que un maloso le explica su plan maquiavélico al héroe solo para que nos enteremos nosotros, porque en el marco de la historia no tendría mucho sentido andar soltando la sopa; la facilidad con la que encuentra la caja de fotos y que con un flash se reaccione así no tiene mucha lógica, como tampoco que se empiece una intervención quirúrgica sin tener todo preparado. No obstante, se trata de una de las grandes cintas de terror reciente, que sabe alimentarse de los tiempos que nos toca vivir.

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