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16:56h. Sábado, 23 de Septiembre de 2017

Mil veces Mil Máscaras

Ralf Ortiz

Mis héroes llevaban máscaras. Mis héroes se batían en batallas épicas de dos a tres caídas sin límite de tiempo. Mis héroes hacían películas en las que luchaban contra el mal, tanto terrenal como del ultramundo o del espacio exterior. Nos libraron de mujeres vampiro (con las que soñé mucho, sin que fueran pesadillas), de ejércitos de hombres lobo, de momias de Guanajuato, de zombis, de doctores perversos, de mafiosos marrulleros, brujas y luchadores resentidos. Aparte de salir victoriosos de estos encuentros siempre aparecían con novias voluptuosas de pocas o pequeñas ropas. Así que un sinfín de los momentos mágicos de mi infancia los pasé en una butaca de los cines Avenida e Hidalgo y la Arena Coliseo.

Ortiz, Ralf - Mil veces Mil Máscaras

Al cine me iba solo, ya fuera porque me escapaba de la escuela para ver la matiné de luchadores o porque me llevaban mis padres y luego pasaban por mí. A las funciones de lucha libre siempre me llevaba mi padre junto con mi hermano menor. Cientos de veces nos dijo que él era amigo de Mil Máscaras y sus hermanos, Dos Caras y el Psicodélico. Nos dijo cómo se llamaban cada uno (cosa que no divulgaré aquí, porque conocer la identidad secreta de un héroe es cosa que un caballero no anda platicando… ni escribiendo) y cómo o por qué se habían dedicado cada uno a la lucha libre. Al principio yo dudaba un poco de esas historias.

Un día, rumbo al café Versalles, caminaba con mi padre, un hombre que conocía y saludaba a medio San Luis, y la otra mitad lo saludaba a él. “Buenas tardes, Duende”, le decían unos. “¿Cómo estás, Ramoncito?”, otros. Ese segundo saludo me hacía saber que eran más allegados a él.

En aquella ocasión nos detuvimos a saludar a un señor alto a quién no le puse mucha atención, a media plaza de Fundadores. Salvo que llamó “Ramoncito” a mi jefe. Nos sentamos en el café y, en lo que me traían mi limonada y a él su americano-con-mucha-azúcar, platicamos un poco:

-¿Te fijaste en el señor que acabamos de saludar?

-Pa, saludamos a todos los señores… y a un montón de señoras.

-El más grandote. ¿Te fijaste?

-Sí.

-Pues ese es [aquí debería insertar el nombre]. ¡Él es Mil Máscaras!

No pude producir su imagen en mi mente. ¡Chale! Conocí a Mil y ni me fijé. ¡Qué güey!

Esa semana fuimos a las luchas. El cartel era maravilloso. La lucha estelar eran Santo y Blue Demon contra El Cavernario Galindo y… y… y otro tipo que le echó ganas pero perdió. Me acuerdo que era el Cavernario porque después abrió un lugar de carnitas en la Avenida Universidad. Y porque también conocía a mi jefe, ya que en alguna ocasión por poco se lían a golpes en el restaurant Tokio (El Duende era algo peleonero). Mi hermano menor perdió la razón gritándole al réferi que el Cavernario había cometido un faul. Todos sabemos que un faul en la lucha libre es cosa rara y altamente penalizada.

Terminó la función y el chavo seguía gritando lo de la ya mencionada falta. Mi padre nos pidió que esperáramos que saliera más gente. No nos dirigimos a la calle, sino a los vestidores. Ahí en la puerta estaba Mil Máscaras, quien no había luchado esa noche, vestido de traje con una de esas corbatas muy anchas de esos tiempos. Saludó de abrazo al Duende. ¡Mocos! Mi jefe es amigazo de Mil Máscaras.

-Ramoncito, buenas noches.

-¿Cómo estás, [nombre propio del ciudadano Mil Máscaras]?

-Rafael, qué gusto volver a saludarte. Y tú eres Jesús...

-¿Verdad que eso fue faul, Don Mil? – preguntó mi hermano más preocupado por el fair play en la lucha libre que por conocer a este gran héroe.

-Sí, lo fue.

-Te dije, gordo- me reclamó.

-Vengan, les quiero presentar a unos amigos…

Entramos al vestidor de los luchadores. Y ahí nos presentó a Santo y Blue Demon, quienes aparte de ser los más grandes héroes de esta patria eran unos caballeros en todo el sentido de la palabra. Se dirigieron a nosotros por nuestro nombre. El primero en estrechar mi mano fue Blue Demon. Le decían El Manotas… y sí. El Santo me saludó con las dos manos con una vibra angelical. Mi carnal seguía en lo del faul. “¡El Duende!”, gritó El Cavernario, y se acercó a saludar a mi papá.

Yo seguí con mi vida de niño. Andaba en bici, jugaba a las luchitas en el lodo y la tierra, le di a las canicas, al 1-2-3 (donde le das tres empujoncintos a tu carrito Hot Wheels o Matchbox), pero al bañarme me ponía una bolsa de plástico para no lavarme la mano con la que saludé a mis ídolos. Me lavaba la mano izquierda. Eso fue hasta que un día mi madre pasó por el baño y me vio…

-¡Chamaco del demonio! ¡Te va a dar una fiebre o una tifoidea!  ¡Ve nada más que mano tan sucia!

Me lavé las manos, pero imagino que la mugre, tierra y lodo sellaron algo de esa magia en mi piel, en mi ADN, porque yo no ando escogiendo mis batallas, le entro a todas.

Hace unos años, ya siendo yo un señor, mi hermano mayor (como director de difusión cultural de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí) organizó unos homenajes para Mil Máscaras. Mientras viajaba por Argentina, mi sobrino y yo organizábamos su estudio. Sonó el teléfono. El Joserra activó el altavoz.

-¿Bueno?- contestó.

-Buenas tardes. Busco al ingeniero Ramón- dijo una voz profunda.

-No está. Anda de vacaciones en Argentina. ¿De parte de quién?

-Habla Mil Máscaras. Te puedo dejar mi número. Me puede llamar de cualquier parte del mundo a dónde sea. Yo contesto.

Nuestras caras eran como la de dos niños, brillaban de emoción. En silencio nos hicimos señas. Registré su número en un celular que ya no uso, pero que conservo porque ahí está ese número. ¡Y no, tampoco lo pondré aquí!

Hace mucho que no veo a Mil Máscaras luchar, pero de vez en cuando veo Las momias de Guanajuato. Es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Mil máscaras y Blue Demon son quienes se enfrentan a esos engendros. El Santo sólo aparece un poco al final para solucionar la bronca. Y el título de la película no lleva su nombre. No se trata de despreciar al Santo. ¡Jamás!

Se trata de dar su lugar al Mil.

***
Rafael Ortiz Aguirre
 (San Luis Potosí, 1963) es doctor en cool, punk añejo, musicómano sin cura, entusiasta de la lucha libre y el futbol americano y escritor pop. Ha trabajado en la radio, es profesor de inglés, escritor de cuentos cortos y chef amateur.

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