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16:57h. Sábado, 23 de Septiembre de 2017

Cien películas para una vida [IX]

Rafael Cisneros

Bienvenidos sean a mis “Segundos Lugares”. Estamos a un paso de iniciar el último recorrido, aunque realmente todavía falta un trecho, breve, pero espero les de un ratito ameno. Continuemos…

20. Lord of the Rings Trilogy (2001-2003) de Peter Jackson

Mi trilogía favorita de todos los tiempos, ninguna otra me es más querida. Ni una sola saga futurista o de acción o melancolía podrá rebasar un solo milímetro de acetato que construye este milagro cinematográfico. Tal vez se deba a que yo nunca fui admirador de las filosofías trascendentales que dan reminiscencias a religiones de Oriente. Yo siempre fui más terrenal: arroyos, campos abiertos, colinas, montañas, largas caminatas, arboledas interminables, el sentido de lo humano pendiendo entre un puente de roca tallada y el existencialismo de la responsabilidad y búsqueda de espíritu a través de luchas cuerpo a cuerpo, y no tanto el furor de superar la mente y levitar. Todos estos paisajes naturales siempre me han causado desde el más sincero alivio hasta el más monumental misterio. Ni siquiera las fascinaciones infinitas del espacio sideral me han causado tanto interés como tener las manos sobre la tierra y el cuerpo entre los arbustos de una senda atestada de color. No importa si el viaje de Frodo y sus compañeros no tiene la justificación científica de un viaje extradimensional, para mí es, a final de cuentas, el viaje que preferiría andar. Y lo hago bastante, veo esta trilogía al menos un par de veces al año. Probablemente daré toda la reverenda hueva existente, pero entiendan que soy exactamente igual a cualquier otro fan de cualquier otra saga, sólo que ésta es una de tantas que he elegido para mi camino de vida. No soy distinto a un aburridísimo fan de Star Wars, soy tan sólo un aburridísimo fan de otra de las tantas trilogías que han cambiado al mundo.

Aun con las debidas inconsistencias que pueda tener cualquier adaptación cinematográfica (de no tener inconsistencias, tal vez no tendría el complemento de la eterna discusión sobre sus cualidades y defectos, lo que la hace inmortal), ésta me parece uno de los ejemplos cúspide de lo que puede proveer la narrativa a nuestra satisfacción visual e intelectual.

Aparte de esto, cabe destacar que para mí, J. R. R. Tolkien no es el autor de fantasía que tanto se adora y se detesta con singular facilidad. Si quieren hablar de Tolkien conmigo, hablaremos de él como quien habla de Cervantes, de Lady Murasaki, de Charles Dickens, de Sor Juana Inés de La Cruz, de Vasili Grossman, de Lev Tolstói, de Xuequin Cao, de Montaigne, Boccaccio, Alighieri y Chaucer, de tantos otros. Para mí Tolkien es uno de los grandes aportantes a la literatura universal, ya que su labor fue la de un lingüísta inventor de palabras y reinventor de estructuras narrativas, un académico influenciado por las sagas antiguas que forjaron la humanidad actual, un intelectual básico para el entendimiento de todo nuestro haber, un autor clave, comparable con los cimientos que recién nombré. Explorar, estudiar y releer la obra de Tolkien, con la misma disposición y el mismo entusiasmo de un filólogo diseccionando el Rerum Natura o el Sueño de Polífilo, es de los grandes placeres de mi vida. Por tanto, la versión cinematográfica de una muy breve parte de su universo, me es de los aportes más preciados que jamás he vivido.

The Fellowship of the Ring

El inicio del viaje resulta ser mi predilecta de las tres. Atemporal como ninguna otra, el viaje de Frodo y el Anillo recorre los primeros pasos, encaminándose por peligros que le tocan los talones hasta el punto de herirlo en lo más cercano, desde el físico hasta el espíritu, comprendiendo los sacrificios y aportaciones de un viaje que forjará su visión del mundo. Varios de los grandes momentos de la historia del cine en general aparecen en esta primer entrega: desde el montaje perfectamente estructurado en el concilio de Elrond, los encuentros de lucha en Minas Moria, esa celebración del cumpleaños 111 de Bilbo Baggins en su bienamada Comarca, el confrontamiento de Gandalf con el Balrog en el puente de Khazad-Dûm, la persecusión de los Nazgûl a caballo, hasta la impactante muerte de Boromir (mostrando que Sean Bean no sólo es bueno para morir, sino que es de los actores más completos de la contemporaneidad). Fue la botella que inauguró una nueva forma que crear épicas en cine y televisión del recién estrenado siglo, una primera roca, pionera en forma y contenido, de tantas cosas que han llegado a nosotros para quedarse.

The two Towers

Es difícil ser “el de en medio”, ya que al no ser ni el golpe inaugural ni la cereza del pastel, las segundas partes tienen el compromiso de satisfacer el entusiasmo por la continuidad, brindando desesperación, dudas y, con todo y todo, esperanzas, a un espectador involucrado; o mejor dicho, enamorado de la historia. The Two Towers logra el cometido de exasperarnos de una cruel ansiedad a la vez que nos entretiene descomunalmente con los nuevos embrollos que deben afrontar sus personajes. Entre las nuevas líneas narrativas, se presenta quizás el personaje más humanamente significativo de esta saga: Gollum, interpretado por el legendario Andy Serkis, quien es un actor brillante dentro y fuera del motion capture. Todos amamos a Gollum, porque todos somos Gollum. Quizás la cinta con más tonos de moralidad y más preámbulos reflexivos a batallas físicas e internas, más desarrollo psicológico en largas escenas donde las decisiones son el gran aporte narrativo, The Two Towers sirve de perfecto punto de quiebre entre un inicio y final que vale todas las vistas posibles.

The return of the King

La tercera entrega es, como era de esperarse, la más cargada de acción, y no por ello, la menos reflexiva. No solamente hablamos del retorno de un rey al sitio que reclama su estadía, y tampoco la conclusión del viaje de Frodo para destruir el Anillo Único, sino de los consabidos cambios trascendentales que se desarrollan en cada personaje. Con esto no quiere decir que serán perfectos, ni siquiera mejores; ya que de eso no trata el verdadero camino humano, tampoco de alcanzar alguna plenitud de falseada purificación, sino de expandir las perspectivas a un mundo astestado de lo inimaginable y, aún si no cambiamos de personalidad, ya no seremos la esfera inamovible que éramos al iniciar el viaje. Ya habremos conocido un poco más nuestro más íntimos errores y facultades, habremos explorado una parte de las dos caras de nuestra indescriptible moneda, ya habremos ahondando un poco más en lo que somos capaces, y aunque la muerte sea el destino definitivo, siempre podremos afrontarla con la consciencia de nuestra mortalidad, una mortalidad que nos define como interminables: el ser nunca se define, y este es nuestro sentido de continuidad.

Mi trilogía. Favorita. De todos. Los tiempos.

19. Man Bites Dog (1992) de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoit Poelvoorde

En un breve y excelente ensayo que contiene esta cinta en su edición de Criterion Collection, se plantea el hecho de que al verla, inevitablemente no dejaremos de mirar la pantalla, aún siendo los seres “razonables” que se supone somos. Y a pesar de querer desviar la mirada constantemente de los horrores que atestiguamos, al final de la cinta habremos quedado atónitos de notar que, después de todo, nunca dejamos de mirar. En. Ningún. Momento. Cruda moral en su máxima expresión, y no es de extrañarse, es de las atrocidades más disfrutales que uno puede hallar en el perturbador camino de la existencia, y sin duda, es una de mis máximas predilecciones cinematográficas.

El título original de este mockumentary es “Sucedió Cerca de Tu Barrio”. Escrita y dirigida por el excelente equipo conformado por el actor comediante  Benoit Poelvoorde y los jóvenes cineastas Rémy Belvaux y André Bonzel (Belvaux terminaría suicidándose a tan corta edad un tiempo después), es la historia de un grupo de documentalistas que siguen los pasos de Ben, un carismático asesino que les brinda con extensa amabilidad pero exigente participación, los mejores consejos para aniquilar a cualquiera, desde el trabajador y ciudadano común hasta ancianitas y niños. Se trata de una comedia negra entre las comedias negras, en todas las interpretaciones posibles. La película no brindará tantas carcajadas como suele esperarse del género, pero sí sonreirás de fascinación al ver cómo, en la manifestación de tu lado más brutal, los encantos de Ben nos dará un tour consciente, decisivo, hipnótico, pero no por ello antojadizo, por la gran profesión del crimen.

Hay escenas tan extremadamente brutales como cuando Ben… hace… ¿Saben? ¡Toda la jodida película es una atrocidad! Aún en aquellas donde sólo es hablar y beber en bares y convivir con los adorables y “normales” padres de Ben, ya que son escenas yuxtapuestas con algún asesinato. La tranquilidad de Ben invita a sus documentalistas a participar poco a poco en los crímenes, siendo observadores en primera instancia para transformarse en asistentes: desde entierrar y desenterrar a los cadáveres, hasta detener a las víctimas mientras Ben realiza su expertise. Quien tope con esta joya entre las joyas, vivirá esa cruda moral que, en contra de la propia voluntad, nos hará ver a detalle y hasta la saciedad, y aún dando la sensación de que se puede volver a verla... más que sólo un par de veces.

18. Rushmore (1998) de Wes Anderson

Moonrise Kingdom sería mi predilecta de Wes Anderson. Pero existe Rushmore. No sólo se trata de mi primer acercamiento a su filmografía, sino que es de sus películas donde más podemos identificarnos directamente con sus personajes, no tanto con la apreciación de su estilo (aunque los inicios de su estilo son tan visualmente impactantes como sus afamadas súper-simetrías ya aplicadas en Grand Hotel Budapest o Moonrise Kingdom; en esta segunda es en donde más logra equilibrar estilismo con narrativa). En Rushmore (junto a cintas como Bottle Rocket y Fantastic Mr. Fox), los personajes logran parecerse a nosotros, al menos en ciertos rasgos que desearíamos tener o que inevitablemente portamos. Aunque la palabra “lograr” en el caso de las creaciones de Anderson es incorrecta; no es tanto que estas ficciones “logren” parecerse a nosotros, sino que nosotros correspondemos a las aptitudes que deben tomar conforme sus problemas se engrandecen y, en el camino de hallar la solución (nunca la resignación), se convierten en nuestros mejores amigos. Sus personajes construyen un retrato empático de la constante  lucha por las aspiraciones, que casi siempre son las cosas breves de la vida (con ‘breves’ no me refiero a ‘pequeñas’). Con ‘breves’ me refiero a aquello que puede obtenerse, quitarse, empezar y cesar por algún percance que, casi siempre, está en nuestras manos, por ejemplo: una casa, los objetos de una casa, el hurto de unos cuantos dólares… o una escuela, y un amor escolar.

Rushmore probablemente no entre en la categoría de coming-of-age, ya que el icónico protagonista, Max Fischer, no está luchando con la inevitable tragedia de crecer, sino con la tragedia de, siendo quien es, no le sea posible ejercer su amor por cuestiones de malentendidos tanto de su parte como del mundo que quiere atesorar. Creo personalmente que no va por ahí. No busca desprenderse de su alma mater ni de su excéntrico enamoramiento por una maestra de matemáticas, y aunque el impedimento de esta segunda sea precisamente la corta edad, Max demuestra que el amor a veces debe tomar otros rumbos al romántio, ni siquiera en el platónico; a veces es sólo corresponder al buen rato que provee la mejor de las compañías. Tampoco al no querer desprenderse podemos tachar de dependiente a Max, o como alguien que se rehúsa a crecer. Por el contrario, él ha crecido mucho más rápido que la mayoría de los chicos de su edad, simplemente ha encontrado un hogar, una pasión que desea conservar y a la que desea brindarle todas las habilidades que pueda tener. ¿No hemos estado todos ahí alguna vez?

Tantos Max Fischer en el mundo, pero sólo existe el de Anderson ante nuestros ojos. Esta cinta es corazón puro, es entrega total, es decepción y ascenso sin una pizca de sentimentalismo. Aquí la sutileza romántica y amistosa te dan el nudo en la garganta que toda película de Wes Anderson proveé a nuestra alma. Rushmore es sin duda de las cúspides de mi vida, y creo que da la vida de muchos.

17. Love & Death (1975) de Woody Allen

Hela aquí: ¡MI FAVORITA DE WOODY ALLEN! La última noche de Boris Grushenko es de las mejores chuscadas posibles, desde sus diálogos cargadísimos de filosofía dando volteretas entre el chiste y la aparatosa seriedad, hasta las hilarantes referencias a la literatura rusa. Boris Gruschenko (Allen), un orgulloso cobarde (un cobarde militante que más bien da a lo ancho que a lo largo, diría él) eternamente enamorado de su prima, Sonia, vive las experiencias de la guerra en los tiempos de Napoleón, donde la madre Rusia contraatacaba a los franceses en una épica histórica, donde el futuro de Europa pendía en la perfección de un postre (uno muy rico, según Napoleón), y los intentos de Boris y Sonia por permanecer juntos y matar al afamado Emperador.

Pero antes de todos esto, está el romance entre Boris y Sonia que, cada uno en su respectivo camino que los llevará a la eterna unión hasta que la muerte (literalmente) los jod---eh, los separe, hallarán sus frustrados deseos sexuales en compañía de los más excéntricos amantes, desde todo un barrio de la A a la Z (aunque apenas nos enteremos de los que están en la A… for God’s sake, Sonia!), hasta damas despampanantes de altísima sociedad.

Por mi parte, ésta es la cinta de Woody que más significa para mí, no solamente por su contenido que, aún viéndola más de cincuenta veces bien contadas y registradas (y en cada una me carcajeo como la primera vez, como suele pasar con las grandes comedias), esta era la cinta que, en aquellos viejos tiempos, cuando hacía mis intentos de participar en obras teatrales (nunca por tener vocación o aspiración de actor en realidad, sino más bien para probar qué tan divertido o difícil o frustrante realmente era, además de brindarme ciertos tips en dirección de actores), era una de las cintas que más repetía para mayor claridad, soltura y ejemplificación. Sublime en toda su extensión (en ancho y largo), citable hasta la saciedad, inagotable, imperecedera, obsesivamente graciosa, llena de trigo y trigo y más trigo, Love & Death es para todo aquel que realmente deseé un gratísimo estallido de carcajadas en su vida, para bien de su estómago y de su alma, por banal que esta sea.

16. The Straight Story (1999) de David Lynch

A muchos les extrañó que esta cinta proviniera de la misma creatividad responsable de oscuridades tan icónicas como Blue Velvet, Mulholland Drive o Eraserhead. Para mí, toco madera, jamás pareció descabellado. La película más profundamente hermosa que jamás he visto (en cuestiones del corazón), me es del todo concisa y lógica dentro de la filmografía de David Lynch. Alguien que es capaz de ver tanta oscuridad y manifestar sus inquietudes y curiosidades con tan punzante perspicacia, sin duda alguna es capaz de apreciar la bondad, el amor, la familia, y todos los valores que conllevan al entendimiento. El practicante sutil y consciente de las negruras humanas puede fácilmente identificar una sonrisa y sonreír de vuelta. Eso hacen los artistas, no solamente intervienen en nuestras vidas con historias oscuras, pues lo que buscan es la restauración de aquello que perdemos constantemente: la empatía. Así pues, David Lynch tiene para los siniestros voyeouristas, los psicópatas metamorfoseados, y los valores de la gente que ama tanto a quienes ama.

Es la historia de Alvin Straight, un viejecillo con problemas de espalda, ya en sus últimas, pero bien firme en su día a día, que vive con su hija, Rose, quien tiene dificultades de habla pero ni una sola para amar a su querido padre. Una noche, Alvin se entera de que su hermano ha sufrido una embolia cerebral, un hermano al que no le habla desde hace diez años. Alvin, incapaz de conducir, pero siempre capaz de dejar atrás su orgullo y afrontar la reconciliación, decide partir en un viaje que debe hacer solo, usando de transporte una podadora de césped a la que ha atado un pequeño remolque para dormir. En el camino, Alvin hallará personajes que le brindarán la soltura de poner cartas sobre la mesa, repasar las circunstancias que lo han formado como persona y, a su vez, echarle la mano a alguno que otro de estos personajes para que ellos mismos encuentran una nueva reflexión, un nuevo modo de mirar la realidad, o una segunda oportunidad de alguna decisión tomada con mucha precipitación.

Aquí las lecciones de vida no son arrebatos dramáticos, sino meditaciones cuyo ritmo asemejan al silencio que uno obtiene en cada real reflexión consigo mismo. Cada frase, cada escena, cada mirada perdida en el recuerdo, el reencuentro o alguna bella tormenta o cielo estrellado a plena carretera, es una meditación a lo que pocas veces afrontamos en vida y ficción. Yo ya lo encontré, es cuestión de que le echen un vistazo y vean a qué me refiero.

La sola toma de apertura, ese cielo repleto de estrellas con la música de Angelo Badalamenti en el fondo, mientras los créditos aparecen en tipografía clara y sencilla, es suficiente para hacerme un bello nudo en la garganta y un susurro al corazón, que me hacen sacar lágrimas que se extenderán a lo largo de toda la película.

Si no es el gran aporte de David Lynch al cine acorde a sus más fieles seguidores, sí es de los grandes aportes a mi vida. Agradezco cada instante de esta cinta, y yéndonos a lo más obsesivo (que espero lo consideren más como una prueba de total alegría), cada una de sus tomas es, para mí, un miembro de mi familia, una familia que yo he elegido y reinventado a modo de película. Esta película.

15. No country for old men (2007) de Joel & Ethan Coen

La road-film por excelencia, y lo siento mucho por Kerouac y los beats, pero esta es, repito, la road-film por excelencia.

Basada en la novela de Cormac McCarthy, otro de mis tantos héroes, la cinta es de los thrillers más aterradores que se pueda encontrar. Un thriller en donde los tres protagonistas (el gato, el ratón y… el policía) no cruzan caminos una sola vez, a pesar de que todo el tiempo están persiguiéndose uno al otro. Un thriller que rompe con los esquemas persecutorios para crear nuevas paranoias y temores al espectador, presentando a un héroe poco común (que no llega a antihéroe dada su toma de decisiones y su personalidad que no busca lastimar a nadie más allá de la defensa personal), un sheriff que pretende ser un héroe en circunstancias que no se prestan a semejante fantasía, y como villano, básicamente, al demonio en persona.

Como en toda situación de los hermanos Coen, el problema se desencadena por la cosa más pequeña, que no insignificante. Cuando un joven veterano de Vietnam (un excelente Josh Brolin) topa con una sangrienta escena del crimen (un malentendido entre narcos), la inspecciona a fondo hasta llevarlo a una maleta repleta de dinero, dinero que busca un cártel por lo cual contratan al hitman Anton Chigurh para traerlo de vuelta, mientras un viejo sheriff intenta comprender los cabos sueltos y atados de un mundo que ya no comprende, y que parece nunca ha comprendido a pesar de su profesión. Anton Chigurh, el personaje icónico de la cinta, es retratado por Javier Bardem (ya saben, el mejor actor español de todos los tiempos), haciéndola de esos seres memorables del cine, dada su brutal tranquilidad y astucia matemática, su pulcritud en el asesinato y la facilidad con la que puede acabar de tajo con cualquier vida que se le cruce, y si bien resulta ser mecánico a ratos, esa misma aptitud lo consagra como uno de los íconos más profundamente perturbadores que afrontaremos en cualquier película. Un asesino más allá del bien y del mal, alguien que en algún momento de la cinta es descrito como algo comparable a la peste bubónica, aunque momentos después intenten negar esta realidad justificando que hay tantos otros como él sueltos, que no es el único ni lo será. Y he ahí el problema. Anton Chigurh es una ejemplificación de la humanidad con leyes propias, trascendentes en forma y contenido a las ya existentes que nos permiten la comunión social, capaz de destruir cuanto le plazca o le parezca razonable, una humanidad que extermina sin pena o placer, simplemente con la facilidad del ser para uno mismo. Es el auténtico portador del apocalipsis, el gran mensajero del caos que la propia muerte le da escalofríos resecos como los desiertos de frontera.

Hay también existencialismo en la cinta, pero aplicado de formas tan sutiles que repercuten en nuestro intelecto lo suficiente como para querer repetirla tantas veces sean necesarias. Todo esto se encuentra en el sheriff (un excelente Tommy Lee Jones), quien nunca logra nada al tratar de entender algo que va más allá de sus expectativas. De ahí el hecho de que no es país para viejos, los old-timers que hablan de buenos modales en plena masacre o se quejan de la juventud alocada mientras la dignidad es acribillada en la cabeza, old-timers que vivían en el sueño de componer la sociedad a partir del orden, la justicia y el entendimiento. Pero si la maldad desconoce tales conceptos y toma riendas de su propio rumbo con total normalidad, ¿entonces qué queda más allá de un mundo donde no cabemos todos?

14. Zodiac (2007) de David Fincher

La cinta que considero junto a Fight Club como la obra mayor de David Fincher, uno de mis grandes héroes.

Nuevamente hallamos al actorazo de Mark Ruffalo interpretando un papel investigativo. Esta vez como el detective Dave Toschi, héroe olvidado de San Francisco que se mantuvo firme en averiguar la identidad del cabrón que se autodenominó the Zodiac killer. Contraria a la imagen típica del policía obsesionado con el caso, el Toschi de Ruffalo denota real consternación por la tranquilidad ciudadana, alguien que le importa el bienestar de los civiles. Jake Gylenhall, actorazo al nivel de las circunstancias, hace de Robert Graysmith, el caricaturista transformado en fiero periodista al empeñarse en descubrir al Zodiaco. Hábil en acertijos y descifrando símbolos, Graysmith se une intempestiva pero acertadamente a las andanzas de Toschi, formando un dúo informal que ahondarán hasta las suposiciones menos imaginables para hallar al asesino, y más importante, su satisfacción moral.

Gran decepción se llevaron los acostumbrados a thrillercillos de saltos y sustos cuando toparon con una obra que no solo aporta al género de suspenso, sino al propio arte cinematográfico, demostrando que las películas pueden mantener fuerza narrativa con sólo exposición de datos, sin agotar en lo más mínimo. A esto se le agrega la particularidad de Fincher y sus decisiones fílmicas, ambientando la información con la oscuridad del caso y colocando las escenas de pánico en el momento preciso, cuando el filo comienza a punzar las más terroríficas expectativas.

El propio David Fincher afirmó que hacía la película no para enaltecer a un asesino de masas, sino para rendir honor a quienes investigaron su caso y no lograron la satisfacción del misterio develado. Aunque el resultado de la pesquisa no esté al alcance, es el proceso obsesivo lo que mantiene al espectador en constante apuro, en plena desgarradura del asiento, apenas parpadeando para adentrarse en siniestra y sutil profundidad a los hechos, causas y consecuencias de un asesino popular, así como de un miedo básico de la contemporaneidad: la paranoia.

Parafraseando de nuevo a Fincher, aquí no verás a un hombre en las sombras afilando sus cuchillos (nos bastaron los extraordinarios créditos de apertura de Se7en, la segunda cinta de Fincher, para resumir tal situación), sino a las personas involucradas que entregaron sus vidas a la búsqueda. Un tributo hecho y derecho a los justicieros cotidianos, Zodiac ­–repito­– es una cinta para la eternidad, para el bien social, para la inteligencia colectiva, para el género policíaco y para la disección humana, una de las mejores cintas que jamás he visto.

13. There will be blood (2007) de Paul Thomas Anderson

Es impresionante que en el mismo año (2007) salieran al mismo tiempo tres de mis más grandes tesoros: No Country For Old Men del “director de dos cabezas” y dos cintas de mis más grandes ídolos con vida: Zodiac de David Fincher y There Will Be Blood de P. T. Anderson.

Pues bien, mi predilecta de estas tres maravillas es la historia de Daniel Plainview, un magnate del petróleo a principios del siglo XX que, junto a su hijo H. W. Plainview, llega a un pueblecillo cuya fe es controlada por un joven sacerdote, crédulo de sus supuestos poderes y obsesionado con sacarle buena plata a Plainview. Esto porque el pueblecillo guarda bajo sus tierras resecas una inmensa cantidad de petróleo que sólo Daniel puede extraer. La historia fluye de conflicto en conflicto, acrecentándose a medida que la fortuna de Daniel también se engrandece, y donde cada percance es un impedimento mayor en el camino de Daniel, quien opta por dejar atrás todo atisbo de sensibilidad para centrarse en su ambición. Lejos de ser un antihéroe, Daniel funciona como un representante directo de nuestra humanidad. No es que seamos buenos ni malos, somos seres que, aún en ciertos momentos de corazón, vemos siempre por nosotros mismos. Aunque no siempre sea éste el caso, la verdad es que nuestra fragilidad y consciencia es mucho más complicada que un personaje bien definido en personalidad y camino que sólo debe tomar las decisiones que lo llevarán a su felicidad. Daniel no es así, a pesar de que es siempre el mismo, sus procesos se adaptan conforme el paso de su obra empieza a construirle por dentro y fuera. Daniel es el más claro representante de nuestra extraña, compleja y conveniente humanidad. Daniel es el ser humano de las nuevas épocas, el gran modelo de súper-hombre determinado a nunca dejar de crecer, así tenga que enterrarlos a todos. Habrá sangre, seguro, pero no exactamente la que ronda nuestras venas, sino la que yace bajo los suelos de nuestra civilización, la substancia que sirve de mortero para construir el pensamiento moderno y, por ende, la sociedad que se esmera por exterminar todo aquello que le impida subsistir.

No me queda más que agregar lo obvio: el Daniel Plainview de Daniel Day Lewis es, para mí, LA actuación de este siglo que inicia, el papel mejor actuado que jamás haya aparecido en la gran pantalla, el ejemplo cúspide de lo que significa ‘interpretar’, trasciendo todo aspecto de la actuación para transformarse en uno de los personajes mejor construidos de la ficción.

12. Searching for Sugar Man (2012) de Malik Bendjelloul

La realidad ha superado la ficción. Hay historias que simplemente la invención no es capaz de concebir, historias que se salen de toda mano con el poder de crear, de toda ficción manifestándose. Hay cosas que no se pueden inventar, ni siquiera las mentes más imaginativas pueden concebir algo tan… milagroso.

Así es la historia de Sixto Rodríguez, uno de los grandes milagros que ha recibido la humanidad sin haberlo merecido. Mi favorito de cuanto documental he visto, narra la búsqueda del cantante más underground entre los undergrounds, tanto así que habiendo grabado un par álbumes en los Estados Unidos y habiendo vendido apenas… nada, se convirtió en el símbolo de resistencia durante la época del apartheid en África, siendo el himno oficial de este histórico levantamiento social, así como uno de los grandes recuerdos de los productores que le ayudaron a grabar su música. A través de sus leyendas urbanas y las pistas en las letras de sus canciones, emprendemos la búsqueda de Sixto Rodríguez que recorre los paisajes soleados de Sudáfrica y las vistas crepusculares de Detroit, Michigan, hallando una respuesta al misterio de su desaparición y la posibilidad de su existencia.

No hay más que decir al respecto. Cada minuto de este documental es invaluable, más aun siendo lo que dije en un principio: ficción superando realidad. No puedes creer que semejante historia realmente pasó, realmente existió y rondaba por nuestro mundo sin que lo notáramos, como muchas de las grandes historias que quedan a la deriva, lejos del registro oficial, lejos de presentar mayor interés ante nuestras vistas despistadas, y nuestros oídos cerrados. Y nuestras consciencias desperdigadas. Reitero, es de los grandes tesoros que la humanidad no ha merecido, cosa que logra reforzarse por el hecho de que Rodríguez es de los grandes milagros de la música y, como muchos de los genios en su tiempo de creación continua, fue ignorado gracias a todos los percances posibles: mala suerte, mala publicidad, desinterés comercial, adelantado a su tiempo, alineación de planetas, lo que sea que haya sido. Ahora que hemos recobrado la música de Rodríguez, y a pesar de que no merezcamos el auténtico milagro que representan, es algo de lo que siempre estaré agradecido.

Descanse en paz Malik Bendjelloul, quien cometió suicidio tiempo después de haber terminado el documental. Supongo que hay quienes sólo tienen una labor y sólo una labor para dejarnos antes de lo previsto, y Malik nos dejó el mejor documental de todos los tiempos.

11. F for fake (1974) de Orson Welles

El último gran truco de Orson Welles es sin duda la cinta inmediata a mis diez predilectas, la onceava gran película de mi vida, en el lugar justo y necesario. Es la cinta que representa al cine, así de sencillo, así de definitivo.

Aquí, Orson Welles devela el secreto de su genio narrativo en cuanto a películas, y esto sin soltar uno solo de sus trucos: simplemente demuestra que siempre había sido un mago de corazón, todo el tiempo fue un mago jugando con nuestras expectativas y reinventando las formas de contar historias, descubriéndonos nuevas perspicacias cinematográficas.

Aquí, Orson Welles inventa el “ensayo fílmico” que toma por temática las verdades y mentiras del arte, su falsificación y la originalidad, produciendo a su tiempo la película más original que ha existido. F for Fake nos presenta, en un montaje adictivo y de impecable concordancia, la historia de Emyl, uno de los grandes falsificadores de pintores famosos, siendo un cimento para darle oportunidad a Welles de diseccionar las posiciones, manías, voluptuosidades, estrategias y trucos del artista y la obra artística, sea cual sea esta. Puede ser desde una pintura hasta una filosofía de vida, de una catedral hasta una vieja historia del abuelo. En compañía de su última mujer, la despampanante Oja Kodar, Welles deambula como presencia anímica (que no abstracta) de un punto a otro, mientras nos presenta misterios que, aún resueltos, mantienen substancia e interés.

Nadie hace mejores rupturas de la cuarta pared que Welles, el prestidigitador del cine, develándonos historias cuya fascinación nos mantendrá al borde de nuestro intelecto, aportando una forma narrativa a las ya establecidas, sea cual sea el medio.

Y con esto doy por concluido mi larguísimo listado de las 90 primeras recomendaciones, entrando de lleno a las Diez Películas de Mi Vida. Ya solo nos faltan diez. Gracias por la compañía y… ¡nos vemos en las próximas entradas!

C O N T I N U A R Á

***
Rafael Cisneros
(León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

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