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16:55h. Sábado, 23 de Septiembre de 2017

Volátil y efervescente

María Elisa Aranda Blackaller

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Nos dormimos muy tarde esa noche, por supuesto.  Nos desvelamos viendo la manera de asimilar lo sucedido.  Yo estaba profundamente triste, pero Nelo se veía destrozado.  Creo que llegó a considerarlo su mejor amigo alguna vez.  Yo sólo conviví con él medio año porque me transferí en su último semestre.  Luego él se graduó, y Nelo y yo seguimos en la escuela.  Ahí todo el que se gradúa, emigra.  Él se fue a trabajar a Nápoles, Nelo a San Francisco y yo a Toronto.  Cuando Nelo perdió su trabajo, decidió venirse a Toronto a probar suerte, y tuvo más que yo.  Halló el empleo de sus sueños en una empresa con bajísima rotación de personal y se estableció como si perteneciera al sitio.  A mí me tomó dos intentos más sentirme cómoda en mi trabajo. 

Nos llamaron por teléfono los Brown para avisarnos que, dos días antes, Gil había tenido un accidente camino a Florencia, donde su hermana estudia algo de arte o historia, o Historia del Arte.  Estuvo menos de seis horas en cuidados intensivos, y falleció por una serie de complicaciones en sus órganos.  Nos dio muchísimo pesar saber que la noticia iba retrasada, pero era lógico que no nos enteráramos el mismo día, que no tuviéramos siquiera oportunidad de llamarlo para estar con él de alguna manera.  Era razonable, pero muy infortunado.  Nelo estaba furioso y completamente apagado.  Yo sentía un profundo pesar y una pena terrible.  Después de la llamada, me quedé en casa de Nelo para contagiarle el poco consuelo que yo había conseguido.  Creo que nunca lo había visto llorar tan afligidamente.  Lo abracé por un largo tiempo, en lo que se serenaba su respiración.  Me enternecía y me daba pesar verlo así. 

Nelo siempre fue reconocido por ser un tipo sociable, activo, sangriliviano, de humor sencillo y estilo fresco.  En la escuela era de los deportistas, de los que no se mostraban estresados, de los que siempre iban a las noches astronómicas y a las novatadas.  En realidad era una mezcla de estilos en sí mismo.  No sé de nadie que no disfrutara su compañía, aunque eran pocos los que lo frecuentaban.  Éramos cinco los que salíamos a todos lados: Nelo, Adriana, Debbie, Gil –sólo un semestre– y yo.  Adriana regresó con su familia a Chile y Debbie consiguió una oportunidad como guía de turistas en los países nórdicos.  Los únicos que seguimos en contacto cercano fuimos Nelo y yo; con todos los demás sólo había conversaciones por mensajería instantánea, fraternidades cibernéticas o esporádicas llamadas telefónicas – como ésa de los Brown. 

Esa noche estaba en casa de Nelo, que me ayudaba a armar un stand para una exposición de mi trabajo, cuando llamaron.  Nos dijeron que nos pedían oraciones por la familia de Gil y por su prometida.  Tristemente, había planes de boda que se frustraron por el accidente.  Les prometimos pedir unas misas por ellos y les preguntamos si había manera de dar el pésame a la familia y a la chica.  Asintieron y nos proporcionaron los datos inmediatamente, como que ya los tenían preparados.  Nos tardamos unos dos días en enviar la tarjeta.  Fue difícil decidir qué diríamos, pero básicamente ofrecimos apoyo y oraciones, y les manifestamos nuestra amistad. 

Fue Nelo quien contestó.  Al principio distinguí la alegría que le dio al escuchar a alguien con quien no hablaba hacía mucho tiempo.  Luego vi cómo su cara iba perdiendo vida, y cómo su cuerpo se azotó sobre el sillón sin tocar el respaldo, manteniendo las piernas tensas.  En ese momento dejé mi stand por la paz y corrí a ver qué sucedía.  Me tomó de la mano y frunció el ceño mientras agradecía la notificación y enviaba un abrazo. Colgó y le tomó un par de segundos decirme qué pasaba.  Lo expresó con una incredulidad que no le permitía llorar pero le hacía daño.  Advertí el dolor que le causaba, porque negaba con la cabeza, se encogía de hombros y me apretaba la mano repetidamente.  Cuando por fin me explicó lo que había sucedido, solté una lágrima.  Por eso sé que él sufrió más que yo, porque la noticia lo bloqueó completamente.  Nos tomó tiempo llorar en paz, sollozar y todo eso. 

Quiso que nos sentáramos un rato en el pórtico.  El fresco de la noche parecía ayudar a desacelerar las ideas.  Nelo se la pasó repitiendo que Gil era un buen cuate, un verdadero pana.  Habló de cosas que yo no sabía de él, de su gentileza con la gente que limpiaba el gimnasio, de cuando le echó la mano para pagar una colegiatura atrasada, de una borrachera que lo hizo dar una serenata con un gato bajo el brazo, y una serie de anécdotas que le habían ganado afecto y amigos.  “¡Cómo hay gente que se gana el cariño a pulso!”, decía Nelo una vez tras otra.  “Ojalá hubiéramos seguido cerca, pero no fue falta de amistad.  A veces las circunstancias no ayudan”, agregó la última vez.  Intenté tranquilizarlo con un abrazo, y parece que sí sirvió de algo.  “Deberías haberte transferido antes, cuando teníamos un club de cine y armábamos buen relajo.  Lo habrías querido tanto como yo.” Le dije que con un semestre me bastó para tomarle un cariño especial, pero reconocí que me habría gustado conocerlo mejor. 

Después de un rato, decidimos distraernos un poco y fuimos a prepararnos algo de cenar.  No había mucho en la alacena, y prácticamente nada en el refrigerador, así que improvisamos unos panes con margarina y canela, y bebimos jugo de sandía.  El aire perdió algo de peso y nos permitió salir de la cocina sin tanto esfuerzo.  Tuvimos que volver a trabajar en el stand porque era urgente para mí tenerlo listo.  Fue terapéutico porque nos hizo reír un poco cuando se nos cayeron las molduras.  Al terminar, Nelo me pidió que subiera con él a la azotea.  Me dijo que no quería estar solo, pero no deseaba ver gente.  Subimos y estuvimos un rato viendo el cielo. 

No quiero decir que disfruté verlo tan mal, pero algo en su sensibilidad se agudizó y me hizo percibirlo más cercano, más humano.  Además del gran cariño que sentía por él, logré desarrollar una complicidad diferente.  Sentí que por primera vez podíamos llamarnos amigos con todas las de la ley.  No le gustaba ser fatalista, casi nunca hablaba de la muerte.  Esa noche me dijo que la pérdida más grande que había sentido era la de su padre, a los diecisiete años.  Después de eso, creyó que había saldado la cuenta de sufrimiento por el resto de su vida.  Solito se había convencido de que no sufriría otra vez como lo hizo entonces.  Esa noche se desbarató esa ilusión, y se desahogó el hombre que había amarrado en el nudo de su garganta.  Me habló de una época terrible en su secundaria, cuando sentía que no podía compartir nada con nadie, como si estuviera lejos todo el tiempo.  Me confesó que seguía sintiendo eso y que le costaba mucho trabajo relacionarse con la gente más allá de la diplomacia.  Todos lo querían, todos lo admiraban, pero nadie lo había visto llorar.  No permitía que nadie le quitara ese sentimiento de soledad que lo hacía sentir único y le servía de pretexto para no intimar con nadie, ni siquiera con su familia, estando en casa.  Pertenecía a tantos grupos tan contrastados, que se había fraccionado y no podía verse completo más que en soledad.  Era como un espejo en pedazos, regado por todos lados. 

Valió la pena no dormir esa noche.  Podría desvelarme todos los días a cambio de ese nivel de honestidad.  Podría pasarme las noches sujetando su mano o abrazándolo para que se abriera conmigo como aquella vez.  Su confianza me inspiró confianza; su llanto, ternura; su honestidad, admiración; su miedo, compasión; su fortaleza, atracción; y él, amistad.  Hablamos y guardamos silencio, como en una procesión de sentimientos, donde nada era dictado, donde todo fluía naturalmente.  La compañía se integraba poco a poco, hasta que sentimos que separarnos no era natural.  Pero yo debía ir a casa, y él ir a su cuarto.  Nos hacía falta simular un rato de sueño, aunque fuera.  Yo no dormí de todos modos. Seguramente él tampoco.

Cuando se despidió, frente a la puerta de mi apartamento, me confesó que estaba terriblemente triste por perder a Gil, pero que vencía la satisfacción de haberme ganado a mí.  Sí que lo había hecho.  El hombre dentro de él, el del miedo y la soledad, el honesto y perceptivo, me resultó irresistible.  De repente entendí por qué tenía tanto atractivo por fuera, conociendo el valor que tenía por dentro.  Me dieron ganas de quitarle la soledad, de arrebatarle los miedos.  Sólo le di un abrazo, y seguramente él entendió.  A partir de entonces, empezamos a vernos todos los días.  Es una amistad que no cabe en sí misma.  Aprovechamos todo el rato que podemos estar juntos.  Me ayuda con mis exposiciones, yo le ayudo con sus bases de datos.  Me acompaña en las noches a mis clases de baile, para que no me vaya sola.  Yo voy con él a sus torneos de ajedrez, para echarle porras.  Se siente un profundo agradecimiento de ambas partes.  Se siente como que nada se le puede negar a una amistad así.  Se siente como que no tiene sentido dormir, como que no nos alcanza el día para estar juntos.  No tengo ningún otro amigo así, no puedo negar que es demasiado fuerte lo que siento por él.  Pero no quiero pensar que hay otra cosa, no por ahora.  Estoy disfrutando demasiado todo esto.  Parece que cada día hubiera sido pensado por Dios como diferente del resto, y como si cada experiencia fuera una oportunidad para compartir más con Nelo. 

Gil ha de estar en paz, su novia con el corazón hecho pedazos, y su familia con un vacío tremendo.  Nelo ha de sentirse tan feliz como yo. Ambos sentimos la pérdida de Gil.  Pero es como si al perderlo a él, hubiéramos decidido aprovechar el tiempo nosotros, “antes de que otra cosa suceda”.  Nelo no lo ve así, a él no le gusta el fatalismo.  A mí tampoco, pero soy más drástica que él.  Es que yo escribo, por eso tengo que pensar demasiado en los hilos de historias y prever las consecuencias de las presencias y las ausencias. 

Esa noche llegamos tardísimo.  Creo que fue justo a tiempo.

***
María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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