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04:46h. Lunes, 20 de Mayo de 2019

Un poco de levedad, thank you very much: 20 años de Harry Potter

Esteban Cisneros

Me gustan muchas cosas. Tantas, que enlistarlas sería una misión casi imposible aunque divertida. Pero pocas cosas me gustan tanto como comprar libros de segunda mano. Hace poco, unos vecinos organizaron una venta de garaje en toda regla: lámparas, ropa, muebles, curiosidades de colección y, claro, había una caja repleta de libros. La oferta era irresistible: había libros la mar de interesantes a precio de risa. Entre ellos, uno del que me había deshecho por razones inexplicables hacía mucho tiempo y que debía recuperar. No lo pensé dos veces y me lo llevé (previo pago, claro.)

¿Qué libro era? El primero de Harry Potter, en inglés, primera edición. Un clásico, ¿no?

Así que estoy en pleno proceso de releer La piedra filosofal. Y vaya que lo disfruto. Con los libros de Rowling tengo una relación especial desde que llegaron para llenar mis horas muertas de hospital en una estancia prolongada hace muchos años. Así que aquel domingo, ya en casa, con los dedos empolvados por husmear entre tanto libro, leí la primera frase del libro (qué importantes son las primeras frases):

Mr. and Mrs. Dursley of number four, Privet Drive, were proud to say that they were perfectly normal, thank you very much.

Me puse feliz. Feliz. Qué gozada. Qué gozada, les digo.

Tras este MacGuffin (uno de mis recursos literarios favoritos) pasemos al punto central: el uso del lenguaje. De repente nos ponemos muy ceja-alzada cuando se trata de literatura, como si la solemnidad fuese lo que la hace valer. Pero el MacGuffin no lo era tanto: en realidad quería hablar de esa primera frase de Harry Potter, la que abre la saga de libros más impactante desde… bueno, no sé, tal vez desde que Homero escribió La Odisea y La Ilíada aunque seguro exagero (pero pregúntenle a nuestros alumnos.) Es una frase que establece tono, situación y, por si fuese poco, humor. Sí: humor. Ese perfectly normal, THANK YOU VERY MUCH nos pone en modo Harry Potter la primera vez, nos da la clave (en clave de ironía) para disfrutar del libro –y luego de la saga. En esta relectura, la frase me arrancó una franca carcajada.

El éxito colosal de Harry Potter se debe a muchos factores. Pero uno de ellos se pasa muchas veces por alto: el humor. Rowling, autora inteligentérrima, sabe cómo reírse (y como los que de verdad arrancan risas, me da la impresión de que siempre empieza por pitorrearse de ella misma). Hay en la serie de libros del mago y sus compinches un montón de chistes que no están sólo allí como recurso narrativo para romper la tensión; su humor es simple (como el bueno), pero nunca condescendiente; en sus momentos de risa usa el lenguaje como trampolín, juega con las palabras y con sus sentidos, le da humanidad a los personajes y nos gana por la vía más efectiva: nos divierte. La literatura muchas veces se olvida de que quien ríe es quien aprende, quien siente es quien crece, quien se emociona es quien realmente comprende. Y quienes enseñamos literatura (o pretendemos hacerlo o, incluso, quienes deberíamos de al menos pretender hacerlo) también nos olvidamos de este punto esencial. Los clásicos no son clásicos por solemnes o elevados. Miren a Dickens, un tipo que se carcajeaba de la vida y se nota en sus personajes, unos pillazos geniales; a Dumas, un bellacazo; a Julio Verne, ese loco genial. Los anglosajones entienden muy bien esto del humor, sólo basta leer a Wilde, a Conan Doyle, a Stevenson. Hasta los endiosados Shakespeare, Cervantes o Víctor Hugo, sabían que la levedad es el mejor recurso para hablar de lo importante. No se diga ya los clásicos contemporáneos que, con humor franco, han dicho mejor lo que los filósofos pusieron en términos casi ilegibles: Douglas Adams que con su humor absurdo creó escuela (y que dijo más verdades sobre el universo que todo un congreso de filósofos, físicos cuánticos y sabios), Terry Southern que desentrañó lo perverso del mundo actual con personajes grotescos que causan risotada tras risotada (no es gratuito que por mucho tiempo se le haya considerado persona non grata literaria en los Estados Unidos), John Fante que hizo del reírse de uno mismo casi un género literario autobiográfico (su Arturo Bandini es uno de los grandes personajes del XX, sobre todo porque es él mismo en todo su patético y glorioso esplendor al mismo tiempo, sin disfraces ni matices) o Woody Allen que, aunque cineasta, tiene unos libros que no le piden nada al más ilustre clásico con estatua de bronce en una plaza principal de una metrópoli cultural. En español también el humor tiene grandes resultados: el mejor escritor mexicano hoy por hoy es, y desmiéntanme, Juan Pablo Villalobos, jalisciense que tiene dos o tres cosas divertidas (y ciertas) qué decir sobre León y quien con sólo tres libros ha destrozado por completo las nociones académicas de los cejas alzadas y demostrado con creces que desde la óptica del humor podemos entender mejor a este desquiciado país (hay que leer esa tríada de libros, conformados por Fiesta en la madriguera, Si viviéramos en un lugar normal y Te vendo un perro.) En España, Kiko Amat y Miqui Otero han hecho grandes libros con temas tan severos como el 15-M y la gentrificación (o temas tan personales como la depresión) enmarcados en un sinfín de risas, casi todas de reconocimiento del lector en un personaje o situación.

afp-harrypotter-300617Tal vez no es que la literatura no llame la atención de los chicos, de los padres o de nosotros mismos… tal vez es que nos hemos creído, todos, el cuento aquel de que la literatura es elevada y solemne – aburrida, pues. La literatura es más elevada, más importante, más imponente, cuando divierte, cuando emociona, cuando da risa. Reírse no es de tontos: todo lo contrario. No hay una mayor conexión con el mundo, con la naturaleza y con la humanidad que una carcajada bien dada. No se ríen sólo aquellos que, como Mr. y Mrs. Dursley del No. 4 de Priver Drive, están orgullosos de decir que son perfectamente normales, thank you very much.

C/S.

Nota al pie como pretexto para desarrollar un tema bonito, que no se tome como explicación pedante, por favor: Por cierto, el curioso se habrá quedado pensando (¡gerundio!) qué en el mundo es un McGuffin. Pues, bien, es un recurso literario que consiste en un elemento de suspenso que hace que se genere un ambiente emocional o una idea previa, pero que no tiene mayor relevancia en la trama. Es una excusa argumental intercambiable. Como dice Wikipedia, “el McGuffin no es lo importante de la historia narrada.” Aunque, si fuésemos ortodoxos, aquí el McGuffin es engañoso porque la estructura del texto fue circular y cerré, a modo de punch-line (para usar un tecnicismo de la comedia) con una frase del McGuffin. Los Simpsons es un programa que, por lo general, comienza con un McGuffin. Y vaya que los escritores sabían escribirlos.

El nombrecillo viene de un viejo chiste del music-hall que dice así: “Van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro: ‘¿Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?’ El otro responde: ‘Ah, eso es un McGuffin.’ El primero insiste: ‘¿Qué es un McGuffin?’, y su compañero de viaje le responde: ‘Un McGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia.’ ‘¡Pero si en Escocia no hay leones’, le espeta el primer hombre. ‘Entonces eso de ahí no es un McGuffin’, le responde el otro.” Genial.

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Esteban Cisneros
(León, Guanajuato) es panza verde, músico de tres acordes, lector, escritor, dandi entre basura. Cuanto sabe lo aprendió entre surcos de vinilo y vermú y los Beatles. Está convencido de que la felicidad son los 37 minutos que dura el primer disco de Dexys Midnight Runners. Procura llevar una toalla a todos lados por si hay que hacer autoestop intergaláctico.

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