Buscar
04:04h. Domingo, 17 de Diciembre de 2017

Don’t you forget about me

Bernardo Monroy

Macaulay Culkin
Macaulay Culkin

 

The man who smiles when things go wrong
has thought of someone to blame it on.

Robert Bloch

Por muy borracho que estuviera, Jonathan Esparza sabía que el diablo venía por él.

El demonio no apareció como suele hacerlo en el cine hollywoodense: nada de hedor a azufre, ni humo emergiendo desde algún rincón, ni siquiera lenguas de fuego o duendecillos rojos sosteniendo tridentes. Simplemente tocaron a la puerta de su mansión en Hollywood Hills. Jonathan fue a abrir, sosteniendo una botella de Absolut Vodka. Preguntó quién podía ser a la medianoche.

─Soy yo.

─¿Quién yo?

─Cerloch.

Se quedó petrificado y después comenzó a temblar. Dejó caer la botella, cuyo líquido se escurrió en el suelo. Su mente se remontó a la adolescencia, cuando estudiaba la preparatoria en una escuela católica. Era 1986 y tenía diecisiete años, además de muchas ganas de triunfar. Aquella tarde fue a ver “El día libre de Ferris Bueller”. La película le fascino: contaba un día en la vida de un muchacho a quien todo, absolutamente todo, le salía a la perfección, desde bailar en medio de un desfile de Chicago hasta irse de pinta. El director era un tal John Hughes. Esa misma tarde, Jonathan fue al Videocentro a la esquina de su casa y rentó toda la filmografía de ese hombre: “El club de los cinco” “Sixteen Candles” y “Ciencia loca”. Todas las películas narraban la vida de los adolescentes de los ochenta a la perfección, sino hacerlos ver como estúpidos vacíos o clichés andantes. Fue entonces cuando decidió ser director de cine, pero en cuanto supo que tenía que estudiar y saber al menos sostener una cámara, el esfuerzo que invertiría le resultó bastante abrumador, así que optó por el camino fácil.

─¿El narcotráfico? –le preguntó Daniela, su novia de aquel entonces.

─¿Eh? No, no. Vender mi alma al diablo.

Jonathan se fue de pinta al día siguiente, igual que Ferris Bueller, pero en lugar de conducir un Ferrari subió al metro de la Ciudad de México y bajó en el Mercado de Sonora, catedral latinoamericana de la magia y hechicería. Después de buscar durante toda la mañana, una anciana con una joroba que parecía bache de carretera le vendió un grimorio de magia negra. Jonathan lo hojeó: grabados de niños torturados, criaturas que emergían de pozos infernales y familias enteras sodomizadas por demonios en medio de grutas infames. Jonathan se sintió aterrado, pero no por las ilustraciones sino por el precio.

─Es lo menos. Si no le gusta váyase a la Basílica, a ver si la virgencita le cumple sus sueños. También le vendo lo que necesite para su ritual. Si compra cinco velas negras, se lleva vellos púbicos de chaneque.

─Bueno, pues.  

Jonathan lo pagó a regañadientes, y la mujer, cumpliendo con el cliché de la vendedora de mercado mexicana, se guardó el billete entre las tetas.

Esa noche Realizó los preparativos para el ritual: las velas negras, el alcohol para favorecer al demonio y el sacrificio: asesinar a un perro como tributo al demonio que invocaría. “Ni pedo, voy a tener que matar al Chopis. Será por una buena causa”.

“Chopis” era el perro de la vecina solterona. Quizá iba a extrañar a su única compañía, pero había que aclarar que el sacrificio era por una buena causa.

En cuanto recitó las palabras, apareció en su habitación una mujer. No hubo efectos especiales ni terremotos, simplemente estaba allí. La chica no era ni muy hermosa, ni muy fea; de hecho era idéntica a la actriz Molly Ringwald, solo que con el cabello rojo más intenso.

─A ver, vamos al grano: seguro quieres fama, fortuna y sexo ilimitado. Eso es lo que piden todos. Te lo daré, pero será por tiempo ilimitado. Cuando tengas cincuenta años todo habrá acabado y vendré por ti. Y nada de pedir inmortalidad, que ya nos han querido ver la cara de pendejos en otras ocasiones. Por cierto, soy Cerloch, demonio del triunfo.

Cerloch dijo que el trato ya estaba hecho, todo listo. Jonathan preguntó si había que firmar algo, como suele suceder en el pacto satánico.

─No mames. Con tu palabra basta. ¿O crees que vamos a ir con un notario si no se cumple el trato? Como eres pendejo, me cae. No voy a pedir una circular firmada por tus papás para que me entregues tu alma.

El demonio con forma de Molly Ringwald desapareció de la misma forma poco apantallante que había llegado.

Esa misma noche no durmió. Encendió su computadora IBM con pantalla verde y comenzó a escribir lo que sería el guión de su primera película: “Lo hizo por amor”, una comedia de humor negro adolescente que parodiaba el cuento de hadas “Barbazul”. La cinta fue un éxito. Los críticos dijeron que era una excelente mezcla del cine de John Hughes y el humor de Robert Bloch. Con las ganancias de su primer triunfo se mudó a Los Ángeles, la ciudad de sus sueños. Era el director más joven  de Hollywood, y además, “orgullosamente mexicano” como lo llamaban los lamebotas de los diarios oficialistas al servicio de Miguel de la Madrid. Su segunda película fue un homenaje al los cuentos sobre el diablo de Robert Bloch, ambientados en una preparatoria californiana. Su siguiente obra fue una historia de cine policiaco sobre un muchacho que trabaja para el narcotraficante Caro Quintero. Para ese entonces, corría el año 1992. Esta vez, los críticos comenzaron a despedazar su trabajo. “Esparza no tiene el menor talento ni calidad en su trabajo. Es un error que se le compare con John Hughes. Lo que hace no es cine para adolescentes, sino basura Mexploitation. Su obra es una mezcla de Robert Rodríguez con K. Gordon Murray”. Eso hizo que Jonathan explotara. Soltó una perorata con la prostituta que había contratado la noche posterior al estreno:

─¡Me comparan con Murray! ¡Con ese pendejo! ¿Sabes quién fue? El que dirigió la peliculucha mexicana de “Santa Claus” es una basura kistch en la que Santa Claus lucha contra el diablo, toda filmado con una cámara de mierda y escenarios de cartón! Todos los niños mexicanos la hemos visto la mañana del 25 de diciembre y el veredicto unánime es que es una mierda.

En realidad, la versión mexicana fue de René Cardona, y la estadounidense de Murray, pero Jonathan estaba demasiado furioso para razonar.

Su vida en Hollywood no fue diferente a la de cualquier celebridad: adicciones, drogas, sexo en todas sus facetas, mucho alcohol y muchas desintoxicaciones… y por supuesto, muchas reincidencias. Así llevó su vida, con películas mediocres hasta llegar a la edad marcada por el pacto satánico.

─¿Sí me abres o tiro la puta puerta? ¿Esperabas más tiempo?

─En realidad esperaba a los señores de Avon.

─Veo que no se te quita lo bromista. Eres un puto personaje de tus películas –dijo Cerloch, quien atravesó la puerta como si de vapor se tratara.

Se dio cuenta que Cerloch tenía la forma de Matthew Broderick, vestido como Ferris Bueller. Estaría igualito a no ser por los ojos rojos. Recogió la botella de Absolut y le dio un trago. Después caminó hasta la sala y se sentó, subiendo los pies en la mesa. Durante unos minutos miró Los Ángeles y el típico letrero de “Hollywood”.

─¿Sabes? Eres patético –dijo Cerloch con una voz neutra, asexuada-. Todos los que venden su alma son patéticos, y créeme que en el infierno los tenemos de todos tamaños colores y sabores. Todos quieren el éxito rápido, y al final, cuando venimos al mundo terrenal por ellos, se dan cuenta que tiraron su vida a la basura. Comienzan a llorar, porque se dan cuenta que el fruto del esfuerzo es mucho mejor. Su auténtico infierno no son las torturas que les esperan, sino el instante preciso en el que se percatan que jamás lograron nada por su cuenta. Son tristes, son grotescos. Son lo peor que tenemos en el infierno. Hasta Hitler se esforzó, carajo.

─¿Por qué me dices todo eso? –tartamudeó Jonathan, al borde del llanto.

─Es que acabo de llevarme el alma de un escritor de superación personal. ¿Quieres divertirte por última vez? Yo invito. Una noche de juerga es lo que damos a los humanos como última voluntad.

Pese a sus cinco décadas de vida, Jonathan seguía teniendo la madurez mental, emocional y los ánimos de un adolescente. Incluso, gracias al pacto satánico, parecía que su rostro no había cambiado mucho desde los diecisiete años. A lo mucho habría engordado un poco.

Salieron a las calles de Los Ángeles conduciendo en el De Lorean de Jonathan, que compró a precio exorbitante debido a su afición por la saga de Marty y el Doc. Compraron cocaína en el East Side y se detuvieron en un Target a comprar alcohol. En el camino atropellaron a un sacerdote.

─Se lo merece. Viola niños –sentenció Cerloch.

─¿Te consta?

─Claro que me consta. Tiene un historial de pecados tan largo como su brazo. Lo va a recibir Calígula con una metida de verga que le va a dar gusto a todos los padres de sus víctimas.

Siguieron emborrachándose mientras escuchaban “Twist and shout”. Pasaron por el Paseo de la Fama.

─No tienes estrella en el Walk of fame, Jonathan. No la tienes porque en el fondo no eres absolutamente nadie. El pacto con el diablo es peor que obtener un trabajo con palancas, porque en el fondo sabes eres un pobre imbécil.

─¿Quieres dejar de chingar con eso? –gritó, furioso, mientras sonaba “C'mon C'mon, C'mon, C'mon, baby, now Come on baby”.

─¡Está bien, está bien! –Exclamó Cerloch, levantando los brazos-. Si tanto te gusta John Hughes deberías saber que todas sus películas para adolescentes no solo tienen humor, sino momentos de reflexión.

Regresaron a la mansión el Hollywood Hills. Jonathan encendió la computadora y reprodujo “Don’t you forget about me” de Simple Minds.

─Eso es lo más jodido del caso –advirtió Cerloch-. Que todos se van a olvidar de ti. Tuviste una buena vida, pero nadie se acordará de tu legado.

─Tú me ves como quieres verme.

Jonathan, más resignado que aterrado, caminó hasta su computadora y escribió unas palabras. Mandó imprimir el texto, dejando la hoja de papel a la entrada de su casa.

─Estoy listo –susurró.

***

El Departamento de Policía de Los Ángeles llegó al día siguiente a la casa del director mexicano radicado en Estados Unidos, Jonathan Esparza. Aparentemente, se trataba de un suicidio. Consumió suficientes somníferos para irse al otro mundo, dijeron los detectives a los medios de comunicación.

Posiblemente atravesaba por una depresión, señalaron los críticos de cine. Desde hacía mucho que Esparza no producía nada que valiera la pena. Pudo ser un Enfant Terrible, pero él mismo se hundió en su propia mediocridad. Tenía la posibilidad de ser un John Hughes mexicano, pero él mismo se conformó con lo poco que tenía, como si tuviera el éxito asegurado.

Era un hecho la afición de Jonathan por Hughes, dijeron después los medios de comunicación. Prueba de ello fue que dejó, como carta suicida, la frase de David Bowie con la que empieza la película: “Y estos niños sobre los que ustedes escupen mientras intentan cambiar sus mundos son inmunes a sus consultas. Son muy conscientes de lo que están pasando".

[Ir a la portada de Tachas 217]