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13:33h. Sábado, 19 de Agosto de 2017

Una visita a San Garabato

Aurelio González Cornejo

Don perpetuo del Socorro
Don perpetuo del Socorro

Desde niño, San Garabato me produjo una extraña fascinación. Quería conocer este pueblo, caminar por sus calles, visitar a don Perpetuo del Rosal, el eterno cacique y conocer su ideología política, almorzar con don Ticiano Truyé o don Apuleyo de la Lama y sus familias, personas de rancio abolengo, platicar con don Lucas el boticario, que parecía la persona más culta del lugar, pues tenía respuestas para casi todo, medio “leído y escrebido”, como diría mi abuela.

¿De qué cosas no se habrá enterado don Fiacro en la cantina, contadas sin proponérselo por los parroquianos que iban a tratar de olvidar sus penas con el pulque “bebida de los dioses”? ¿Y Chon Prieto, podrá darme una cátedra de los distintos curados que han pasado por su garganta?

¡Por fin estoy en San Garabato! Tuve que dejar de lado mi adicción al trabajo (que por cierto es herencia familiar), y al enterarme del fallecimiento del tal Rius, dejé todo a un lado y me lancé a la aventura.

Un poco desorientado me dirijo a una mujer que identifico como doña Emerenciana, o “doña Eme”, como muchos le llaman, eterna visitante de la iglesia y presidenta de “la vela perpetua”, la cual camina presurosa.

-¿Puede usted decirme cómo llego a la presidencia municipal?

-Lo llevo –me dice-, voy a la iglesia y enfrente está la presidencia.

-¿Y a qué va usted a la iglesia? ¿A sus oraciones diarias?

-No, voy a rezar por don Rius, que decía ser un perfecto ateo, para que Dios lo perdone y lo acoja en su seno. Mandaré decir 100 misas para que Dios le borre todos los pecados cometidos en su vida, espero que se haya arrepentido de sus ideas socializantes.

Arribamos a la presidencia municipal y dona “Eme” se despide de mí, no sin antes decirme:

-Rece usted también por ese señor, nuestro Padre Celestial es muy misericordioso y siempre perdona.

Penetro a la presidencia y me encuentro con el siempre fiel Gedeón Prieto, ejemplo de burócrata siempre dispuesto a hacer lo que su jefe le pida sin cuestionarlo.

-¿Puedo ver a don Perpetuo- le digo.

-Si no tiene cita, va a ser difícil, nuestro primer mandatario está en este momento atendiendo asuntos de vital interés para este sufrido pueblo al que representa. –Se escucha una puerta que se abre-. Tiene suerte terminó la audiencia.

-Rápidamente abordo a don Perpetuo:

-Don Perpetuo, vengo de la ciudad de León para entrevistarlo y saber sus impresiones acerca de la muerte del señor Rius.

Con una pose típica de todo político, me dice:

-Yo lo único que le puedo comentar es que fiel a mi modo de ser opto por ser incólume y ecuánime, pues en el devenir del orden social tengo la reciprocidad del espíritu recto de ponderación y equilibrio.

 

-Una oda es lo que Rius se merece, todo un recital poético, un río de alabanzas, una cascada de estrellas que yo le ofreceré. A sus órdenes señor, soy Froylan Osorio, el poeta del pueblo, el que nunca rinde su pluma ante nadie.

Una figura familiar aparece en ese momento, Juan Calzonzin, el indio rebelde, envuelto en su típica cobija eléctrica, quien dirigiéndose a mí, toma la palabra:

-Rius es el primero en México que ve en la historieta un instrumento de persuasión política, nunca cejó en su empeño por educar a los mexicanos de todas las edades, con un estilo muy propio y con los “monos” que dibujaba transmitía conocimientos de una manera muy sencilla, en un lenguaje entendido por todos. Se podría decir que tres generaciones de compatriotas se nutrieron de su saber. Aprendieron economía, filosofía, arte, conocieron a Marx, a Sandino, a Mao, supieron de Cuba, leyeron el manifiesto comunista y mucho más.

No pudimos continuar porque se acercaban el Lechuzo y Arsenio, el cuerpo de policías de San Garabato, con la intención de aprehendernos por estar difundiendo ideas contrarias al RIP, el partido de don Perpetuo.

Abandoné este pueblo mágico situado en algún lugar del centro de México, y por caminos imaginarios me encaminé de nuevo a mi ciudad, con una carga importante de nostalgia que me regresaba a aquellas tardes de sábado en que mi padre llegaba a casa con el nuevo ejemplar de “Los Supermachos” y me reía, pero también me enteraba de mucho de lo que sucedía en este mi amado país.

Tal vez México no haya cambiado mucho desde que Rius inició su labor de concientización; la corrupción es un mal que no hemos podido erradicar, pero de lo que sí estoy seguro es de que los mexicanos le debemos mucho a este gran personaje y que un gran número de compatriotas, entre ellos mi familia, lo vamos a extrañar, pero nunca a olvidar.

 

 

 

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