Es lo Cotidiano

CUADERNO DE VIAJE

Abstinencia [XXIX]

José Luis Justes Amador

Museo Nacional de las Culturas del Mundo (foto, Gabriela Mosqueda)
Museo Nacional de las Culturas del Mundo (foto, Gabriela Mosqueda)
Abstinencia [XXIX]

Agosto, 13
Voy a la abarrotería para compra un paquete de tabaco de mi marca preferida. No hay. A cambio, en lugar de buscar otra, pregunto qué tienen, esperando encontrar entre los nombres algo que me convenza. La lista que el dependiente enumera, mirando al estante que queda oculto a mi vista, comienza con nombres conocidos pero un poco más caros que el que compro habitualmente. Después llegan unas cuantas denominaciones de las que sólo podía imaginarme que existieran. ¿Baronet? ¿En serio? ¿Uno de los cigarros más baratos y horribles del mercado (aunque dudo que sean legales) con un título nobiliario? Parece que el abarrotero ha guardado para el final el nombre más inesperado de todos. ¿Séneca? ¿En serio? ¿Cómo el filósofo estoico romano, el que proponía que había que resistir a los vicios y para quien la moderación en sí ya era mala? Decido comprarlos. Cuando me cobran poco, muy poco, comienzo a temerme lo peor.
Espero a casa para prender el primero de la cajetilla recién abierta. Intento aspirar el humo inexistente, atrapar algo del aroma. Aspiro más fuerte para sentir algo que se parezca a la nicotina. Nada. Un buen sustituto. Fumarlos es como fumar un cigarro electrónico. Causa la misma sensación sin tanto daño. Pero esa característica no le quita lo asqueroso.
Dejaré de fumar por aburrimiento o por asco.

Agosto, 14
Comienzo en un nuevo trabajo. Son, serán, cuatro horas encerrado en un mismo salón, en una institución en la que no se puede fumar y cuya única puerta de salida está a algo así como tres minutos de donde doy clase. Entro a los baños a revisar si hay alarma antihumos. No parece haberla pero tampoco me gustaría, con los nuevos alumnos, con los nuevo jefes, que el humo me traicionara si no logro soportar las cuatro horas seguidas sin fumar.
Pienso en los músicos de rock’n’roll a los que se les permite fumar en su trabajo. Al menos si tocan en espacios abiertos. Sé de salas en Europa donde no se puede fumar. Hay músicos que se han arriesgado presuponiendo que nadie los bajaría a mitad de concierto. No sé de ningún caso de interrupción de un concierto para bajar al músico saltanormas del escenario. Sí sé de un caso en el que se les descontó una multa de su pago.
¿Habrá algún músico clásico que fume en los recitales? No creo. Al menos, en estos puritanos tiempos, no.

Agosto, 15
Gracias al nuevo trabajo y la infecta marca filosófica, mantengo la dosis en diez.

Agosto, 16
Comparto el autobús o la combi de vuelta con mis alumnos (y con otros de los cientos de estudiantes recién entrados). Mientras esperamos en una carretera desolada que sólo tiene la Universidad frente a nosotros y nada más, prendo un cigarrillo, premio merecido de mi abstinencia previa. Miro a mi alrededor. Pocos de los alumnos fuman. Apenas uno o dos de cada cien.
¿En qué momento dejó de ser fumar un símbolo de rebeldía juvenil? O, más sencillamente, ¿en qué momento fumar, o intentarlo, dejó de ser un rito de paso?
Tengo que pensar en ello. Hablar con los alumnos en la primera oportunidad que tenga para intentar entenderlo.

Agosto, 17
Diez. El nuevo reto es llegar a finales de este mes aguantando la marca.

Agosto, 18
Voy a la presentación de un libro sobre (Leopoldo María) Panero. Me entran  ganas de fumar. Unas ganas inmensas. En parte como homenaje al poeta que prendía uno detrás de otro, pero sobre todo para apagarle a alguno de los presentadores, -el autor no tiene ninguna culpa de lo que le ha tocado- un cigarro en el ojo.

Agosto, 19
Intenté quedarme a cero hoy. Casi lo consigo. Pero el casi no sirve en estos casos.

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