jueves. 09.07.2020
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Gladiola

María Elisa Aranda Blackaller

Gladiola
Gladiola

Me había prometido que no me importaría cuando él se casara.  Estaba segurísima de que había logrado olvidarlo completamente y que no tendría yo ningún conflicto al verlo con una mujer que realmente quisiera.  Sentía que podíamos ser buenos amigos, al fin y al cabo no habíamos tenido una ruptura desastrosa.  Fuimos novios en la preparatoria y terminamos porque él decidió estudiar en una universidad inglesa.  Tenía un descomunal interés por la hotelería y consiguió una beca para irse allá por cinco años.  Yo empecé a trabajar recién me gradué de prepa.  No podía pensar en irme a estudiar a ningún lado porque nunca había sido buena estudiante, sabía que no podría conseguir una beca.  Además tenía que trabajar para mantenernos a mí y a mi padre que estaba enfermo en esa época -falleció dos años más tarde-, y para entonces yo ya había abierto un pequeño negocio de floristería.

A partir de que se fue, sólo recibí un par de cartas suyas y una postal lindísima de unas montañas nevadas.  Yo le envié también unas cuántas cartas, pero no logramos mantener el contacto tan fácilmente porque en esa época el correo estaba lentísimo por las múltiples huelgas y protestas de los sindicatos, que todo lo hacían más torpe en el gobierno.  A partir de que falleció mi padre, todo cambió para mí.  Dejé de procurar a mis amigos, vendí mi mascota -un perrito pálido de proporciones mínimas- y me mudé a un apartamento que quedaba lejos de mi antigua casa.  No le avisé más que al gobierno de mi cambio de dirección, así que no supe si alguien me escribió después. 

Por un lado, tenía muchas ganas de contarle lo mal que me sentía de haber perdido a mi padre; aunque ya casi no reaccionaba a los estímulos, su presencia siempre había sido un soporte emocional para mí.  Por otro lado, no quería escribirle para contarle mis penas porque quería que siempre me viera como una chica alegre y llena de energía.  De alguna manera tantas dificultades me habían afectado un poco el semblante y la actitud.  Así que mejor dejé que pasara el tiempo sin pensar en él más que de vez en cuando.

No quise entrar a estudiar nada mientras, porque sentía que iba muy bien con el negocio y soñaba con juntar lo suficiente para irme a estudiar Biología y Botánica a la capital.  Desde pequeña me habían llamado la atención las plantas, y ahora con mi nueva ocupación, las flores se habían vuelto mi tema de conversación predilecto.  Mis clientes se habían vuelto mis nuevos amigos, y mis proveedores eran las personas con las que más hablaba los viernes por la tarde.  Mi vida social no había desaparecido gracias al negocio. 

En cuanto a mi vida personal, no tenía gente que me importara demasiado.  Las únicas personas que habían llegado a significar mucho para mí ya no estaban conmigo -incluyendo a Fidel, mi noviecito de la prepa-.  Empezamos como amigos, al igual que la mayor parte de las parejas que llegan a quererse mucho. Pero nuestra relación, a pesar de haber durado dos años y medio, no fue tan fuerte porque sabíamos que a pesar de que nos quisiéramos mucho, terminaríamos en lugares diferentes.  Creo que yo lo conocía mejor de lo que él a mí.  Casi nunca me preguntaba nada.  La compañía era lo que nos mantenía juntos; la pasábamos muy bien porque siempre hacíamos cosas diferentes y no era fácil que nos aburriéramos.  Por lo general hablábamos del mundo, no de nosotros.  Cuando dijo que iba a irse a Suiza, los dos decidimos que sería mejor terminar.  No hubo lágrimas, aunque sí fue muy triste separarnos.

Cuando reuní lo suficiente para irme a la capital, cerré mi negocio y pedí un trabajo cerca de mi nueva universidad.  Lo conseguí a la semana de haber llegado.  Me volví secretaria recepcionista del turno vespertino en el Hospital Angús.  Me tocaba hacer las citas para los pacientes, acomodar los tiempos de las cirugías y mantener un récord de todo lo que pasaba.  Por supuesto, tenía tareas secundarias que me mantenían ocupada todo el rato. 

Renté un pequeño apartamento en un inmueble lleno de estudiantes de las licenciaturas en Comunicación y en Antropología.  Mis vecinos eran una chica de mi edad que trabajaba en un negocio de lavado de perros, y un muchacho más joven que reparaba lavadoras en su tiempo libre.  Los dos compartían la pasión por la Antropología, o por lo menos un gusto muy arraigado. 

Primero conocí a Nélida y ella me presentó a Juan.  Ellos habían sido vecinos desde hacía dos inquilinos, y lo seguían siendo a mi llegada.  Por eso se habían vuelto buenos cuates.  Casi no tenían clases juntos, por la diferencia de edad, pero tenían afinidad en algunas cosas y eso los hacía buenos compañeros de juerga.  El día que llegué me invitaron a una fiesta a la que irían juntos.  Era la presentación del disco de una banda que tenía como estandarte a los Dandy Flies.  Llegué un poco cansada, pero no quise negarme a acompañarlos porque habían sido muy amables en invitarme.  Me dijeron que iríamos y vendríamos juntos, que no iban a separarse de mí para que no fuera a ligarme algún ingeniero.  Los civiles eran los que tenían la peor fama.  Esa noche aprendí mucho sobre la demografía de mi universidad. 

No pude ser tan buena compañera de pachanga, porque mi trabajo era en las tardes y salía ya muy noche y bastante cansada.  Sólo me unía al plan cuando iban a lugares tranquilos.  Casi siempre organizaban mini-torneos de juegos de cartas o de dominó en cafés de cooperativas de Colombia.  Eso lo hacía todo más caro, pero el descuento de estudiante regresaba los precios a la normalidad. 

Fue muy agradable el inicio.  Aunque, extrañamente, no tenía muchas expectativas de hacer amigos, hice algunos muy buenos.  Cuando me imaginaba en mi nueva universidad, no pensaba en los amigos que haría.  Me había acostumbrado a mis relaciones con clientes y proveedores, y la palabra amigo no había aparecido en mis sueños universitarios.  Sin embargo, fue lo más valioso que saqué de mi llegada a la capital.  La gente era muy sencilla, y la diversidad ayudaba a que no se tuviera claro qué tipo de persona iba a ser la recién llegada.  Me abrió posibilidades de ser lo que yo quisiera.  Mis compañeros no hablaban mucho de mí.  Por lo general, las categorías nos encerraban a todos en grupos y no había que discernir las diferencias entre sus elementos.  Lo divertido era hallar los perfiles de los estudiantes de cada carrera, solamente. 

El primer año se me hizo largo, pero el segundo se fue volando.  No llegué al tercero.  Dejé la universidad en un arranque adolescente cuando supe que Fidel iba a casarse en esa misma ciudad.  Lo supe gracias a que la novia iba a ser nada más y nada menos que la hija del Secretario de Gobernación.  Así pues, vi la foto en el periódico y me enteré de toda la pompa y gala que iba a tener la boda.  Tal vez me había enviado una invitación y no la había recibido, pero eso era lo de menos.  Por extraño que parezca, esa relación inmadura y poco durable seguía afectándome.  Quizá porque no había tenido ninguna otra después.  Había salido con varios chicos, incluso con uno que otro ingeniero, pero no me había hecho novia de ninguno.  Siempre hallaba en ellos algo que me aburría, o me inventaba algún pretexto para no salir más con ellos. 

Vi la nota en el periódico cuando fuimos a la final de uno de nuestros torneos de dominó.  Mientras me llegaba mi turno, me puse a leer las noticias y me topé con la de que Fidel estaba a punto de casarse.  Se veía bastante atractivo en la foto.  Me sentí muy mal de repente.  Su imagen me había traído recuerdos de mi casa, de mi padre y de mis otros amigos, que abandoné rebeldemente.  Más que mi ex novio, lo sentía como un arrancador de placebos.  Su nombre me regresó a la vida que llevaba antes la somnolencia en que me metió la muerte de mi papá.  Me hizo consciente de todo lo sucedido y no pude desligarme de aquello como lo había hecho antes, no había hacia dónde huir.  No aguanté más en el café y en ese instante me salí corriendo para ir a mi apartamento. 

Llegué y, tras poner los cerrojos, me lancé sobre mi cama a intentar llorar.  No pude y eso me hizo enfurecer.  Empecé a golpear mi cama y a morder mi almohada.  Gruñí y grité.  Pateé la pared con el talón y ni siquiera me dolió.  Llegó Nélida a tocarme la puerta.  No quise abrir, grité que no había nadie en casa.  Me dijo que lo que quería era estar sola, que no buscaba a nadie, que por eso, abriera.  Abrí y volví inmediatamente a tumbarme en mi cama.  Creo que nunca me había visto así, pero no se mostró sorprendida.  Eso era algo agradable de Nélida, que al igual que la ciudad, ella daba oportunidad a que cualquier cosa sucediera.  Le dije que no podía hablar con ella, que necesitaba estar sola.  Me respondió que ella también, que por qué no estábamos solas al mismo tiempo en el mismo lugar.  Luego llegó Juan y tocó.  Nélida abrió, pero le explicó que no había nadie.  Juan no era del tipo metafórico y no entendió que no era requerido.  Insistió en pasar, pero Nélida le pidió que nos dejara solas un momento porque necesitábamos una charla de chicas.  Al parecer eso intrigó más a Juan y le pidió a Nélida que lo dejara entrar porque quería saber por qué me había ido así del torneo.  Ella le dijo que no, que no se aceptaban hombres sino hasta dos horas después. Luego le dijo algo en voz baja y cerró la puerta.  Nos quedamos calladas un rato.  Su presencia no me molestaba.  Más bien sentía como si ya no necesitara gritar y gruñir.  Me tranquilizó estar solas juntas.  Luego rompí el silencio.  Le expliqué que necesitaba irme de ahí.  Me preguntó qué estaba mal.  Le dije que necesitaba no tener qué dar razones.  Entendió.  Intentó convencerme de dejarla acompañarme, pero yo no sabía por cuánto tiempo me iría.  Le pedí que no me cuestionara, pero que me ayudara a buscar una manera de irme del país.  No tenía pasaporte, así que eso no era posible. 

Al cabo de dos horas, llegó Juan.  Lo dejamos pasar y preguntó si estábamos bien.  Nélida le dijo que sí, pero que yo tenía que irme de la ciudad, porque mis padres iban a ir a buscarme y yo no quería regresar con ellos.  A ninguno le había contado el pasaje tan importante de mi vida que me había dejado huérfana. No contradije a mi vecina.  Al parecer, aquél era el pretexto ideal para evitar que Juan indagara más.  Mis dos amigos hablaron el resto de la noche, hasta que se hizo muy tarde y decidieron que al día siguiente en la mañana se volarían las clases para ayudarme a buscar un trabajo en otra ciudad. 

Había olvidado mi trabajo en el hospital, mi renta, todo.  La idea de alejarme era más fuerte que todo lo demás.  Hablé con la casera y le expliqué que necesitaba irme por cuestiones de familia y que no sabía cuándo iba a regresar.  Sin mayor complicación, rompió mi contrato y me dijo que por favor la ayudara a conseguir a alguien que se quedara en mi apartamento.  No quise negarme, pero sentí que no iba a tener tiempo de hacer eso.  Luego fui al hospital a explicarles el mismo cuento y me dijeron que si no había más remedio, entonces presentara mi renuncia por escrito.  Sentí que tenía más prisa que eso, pero fui rápidamente a casa a escribir mi carta de renuncia y volví para entregarla en la administración.  Mientras tanto, mis amigos buscaban un empleo para mí en los clasificados nacionales. 

Cuando llegué a la universidad a darme de baja, me pidieron que llenara un cuestionario y que hablara con la consejera académica, que me interrogó demasiado.  Le expliqué que había ocurrido un incidente familiar que demandaba mi presencia, pero no supe contestar a todo.  Me imagino que entendió que estaba inventando gran parte de la historia que tuve que contarle.  De todos modos, me dijo que las puertas estaban abiertas y que esperaba que regresara a terminar mis estudios porque eso sería una importante llave para las puertas de mi vida.  Le agradecí su atención y le dije que estaba determinada a regresar y terminar mis estudios, pero que por ahora debía irme.  Me levanté, me despedí y salí de ahí rápidamente para alcanzar a mis vecinos, que habían visto ya todas las opciones habidas y por haber. 

Al parecer todas eran por contrato.  Yo necesitaba algo más informal.  Necesitaba un empleo flexible que no requiriera título universitario.  No hallé nada. Pasamos todo el día buscando, pero no apareció ninguna oferta adecuada para mí.  Para la noche ya no tenía casa, trabajo ni escuela.  Me había dedicado todo el día a empeorar mi situación, y me sentí fatal.  Me propuso Nélida que me quedara en su apartamento y acepté sin vacilar.  Juan nos preparó un té a cada una e hizo uno más para él.  Los tres estábamos un poco tristes.  En cierto modo sentía algo de tristeza de dejar a ese par, y ellos de verme partir.  Pero sentíamos que sería algo transitorio, y eso nos motivaba.  En esa noche entendí lo mucho que ellos habían llegado a significar en mi vida.  Me pidieron que me olvidara por esa velada de la situación.  Juan trajo una botella y empezamos a jugar a verdad o reto.  Empezamos más forzados que nada, pero con el tiempo fue haciéndose interesante el juego.  Al principio todos elegíamos reto porque hacía falta reír, pero poco a poco nos fuimos por el lado de las verdades.  Fue entonces cuando les platiqué de mi padre.  Contra lo que esperaba, Juan no me cuestionó al descubrir la farsa que le había armado Nélida.  Ambos escucharon muy neutralmente mi historia.  Cuando acordé, ya les había contado de mi prepa y había desenmascarado toda la situación.  De todos modos, creo que ellos entendieron que me iba porque seguía enamorada de Fidel, o algo así.  No quise aclarar ese punto.  El juego resultó más bien un liberador de energías, primero con todos los retos que nos impusimos y luego con tantas cosas que contamos.  Creo que los tres aprendimos mucho en esa ocasión.  Nadie sabía que el sueño dorado de Juan era ser jinete profesional, ni que Nélida hubiera bailado ballet de pequeña.  Así se nos fue una buena parte de la noche, hasta que Juan se quedó dormido y lo enviamos a su apartamento. Nélida y yo nos quedamos viendo un poco de tele y luego nos ganó el sueño también.  A la mañana siguiente, les pedí a mis amigos que no faltaran a clases, y los convencí de dejarme buscar yo sola esa mañana.  Seguí sin encontrar nada, y para la tarde ya sentía que había sido una estupidez botar todo.  Sentí que había sido un gran error renunciar y querer salir corriendo cuando tenía tan buenos amigos ahí. 

Cuando pasó una semana, me convencí de hablar con la consejera académica para que me dejara regresar y de pedirle a la casera que me permitiera regresar a mi apartamento.  En la universidad había tolerancia de dos semanas de faltas, lo que significaba un buen argumento para mí.  En cuanto al apartamento, la casera no tenía por qué negarse a pesar del fastidio que representara para ella mi indecisión.  Escribí una carta en el hospital para pedir que se considerara mi recontratación, explicando mentidamente que no había estado en mis manos la renuncia anterior.  No alcancé a entregarla ni a arreglar nada el día que tomé la decisión de regresar al guacal.  Por fortuna no lo hice.

Al día siguiente, se publicó en el periódico la esquela de una mujer que había sido voluntaria y luego benefactora en el hospital donde yo trabajaba. Extrañamente, dentro de la misma noticia se mencionaba que su esposo necesitaría un auxiliar urgentemente.  En cierto modo me pareció triste que se mezclaran ambas cosas en una misma noticia, pero pensé que podía ser una barbaridad del diario haber puesto todo junto para ahorrarse algo de dinero, dado que tenía problemas con el pago de impuestos.  Como sea, me llamó la atención el anuncio de aquel hombre.  Me sentía de alguna manera vinculada a él por mi trabajo en el hospital, y además ese trabajo era el pretexto perfecto para volver a mi plan de salir de ahí.  El hombre vivía en Rusia desde apenas un año, y casi no hablaba ruso, por lo que pedía que alguien de habla hispana se fuera con él.  Esperaba que mi experiencia como secretaria sirviera, y llamé al diario para pedir un teléfono al cual comunicarme para hablar con él.  Me dieron un número y cuando llamé, nadie contestó.  Intenté otra vez toda la tarde, pero nadie respondió.  Estaba desquiciándome tanta incertidumbre, pero era tal mi ilusión de conseguir ese puesto, que seguí intentando hasta que ya era demasiado tarde para llamar sin parecer descortés.  Les conté a Nélida y a Juan y me pidieron que tuviera cuidado.  Me platicó Nélida de una amiga suya que tomó un trabajo así y fue golpeada por su jefe después de rehusarse a tener relaciones con él.  Juan dijo que estaba dispuesto a acompañarme, pero que necesitaba dinero.  Los dos se mostraron muy preocupados.  Intenté convencerlos de que no tomaría el trabajo si veía que había algo indecente o inapropiado. 

Pasé esa noche casi sin dormir.  Di millones de vueltas en mi pedazo de la cama, pero la ilusión, la incertidumbre y la desesperación me hacían sentarme de vez en cuando.  Luego me levantaba, caminaba en círculos, iba a lavarme la cara y leía nuevamente la noticia, y regresaba a la cama esperando descansar.  No logré dormir casi nada.  Buena parte del tiempo que estuve acostada, lo pasé construyendo un diálogo imaginario con mi nuevo jefe potencial.  Probé diferentes estilos, le atribuí a él tantas personalidades como se me ocurrieron hasta que me fastidié y decidí irme al sofá para ver si eso ayudaba.  Finalmente, concilié el sueño por unas pocas horas.  No sé cómo no se despertó Nélida con tanto relajo. 

Me levanté muy temprano con el impulso de un resorte y fui a lavarme los dientes y hacer gárgaras para aclarar mi voz.  Estuve a punto de salir a marcar por teléfono, cuando caí en la cuenta de la diferencia de horarios entre mi ciudad y Moscú.  Me molesté por no haber pensado en eso antes.  Qué tal si hubiera despertado al señor con tantas llamadas.  Habría perdido mi oportunidad por una tontería.  Mi mente estaba completamente nublada, no lograba hilar nada. 

Corrí al teléfono del pasillo y llamé, teniendo a la mano la noticia y un esquema de lo que había decidido que debía incluir en mi presentación.  Cuando me contestó una mujer, pregunté en inglés por el señor, pero me dijo que había salido del país.  Le pregunté cuándo debía llamarlo.  Me pidió que le dijera de qué se trataba mi caso.  Le expliqué que había visto la noticia y que sentía que podía ser el elemento perfecto para el puesto porque tenía vasta experiencia como secretaria.  Me dijo que ella era la secretaria, que el puesto era para auxiliar.  Le pedí que me dijera cuáles serían mis responsabilidades en ese caso.  Me dijo que sería como una dama de compañía que se encargaría de todos los detalles de la vida personal del hombre, dado que tenía muchas ocupaciones.  Pedí más información y me dijo que necesitaba que le enviara mi hoja de vida y una carta que explicara por qué me había motivado a ir a Rusia para tomar ese puesto.  Añadió que sólo entonces veríamos si tenía caso que ahondara más en explicaciones.  Me pareció algo descortés la mujer, y me dio mala espina el trabajo, pero accedí a enviar los documentos que me había solicitado.  Sentí que no había mucho qué perder.  Total, si no me parecía buena opción, no tomaba el trabajo y listo.  Finalmente, me dijo la mujer que el señor seguía en la capital del país, que otra opción era hablar con él directamente a ver si estaba dispuesto a recibirme.  Por supuesto que iba yo a preferir eso, pero la secretaria no parecía muy ágil y en lugar de darme sus datos de contacto desde el principio, me había hecho pasar por un mal rato. Finalmente, conseguí de ella el teléfono del hombre.  Me dijo que el nombre completo era Anselmo Dársenas del Parral, y el título era ingeniero.  Agradecí la información, me despedí y corté la llamada tan pronto como pude.  Tanta ambigüedad de la mujer me había costado una barbaridad.  Aun así, sentí que había valido la pena.  Era mucho más probable que me animara a trabajar con alguien en Rusia si podía entrevistarme con él en mi ciudad. 

Corrí por más dinero al apartamento de Nélida.  Para entonces ya se había levantado.  Me dijo que me había visto en el teléfono, y me preguntó qué había de nuevo.  Me vio tan contenta, que creyó que ya me habían dado el puesto.  Antes de que le contara lo sucedido, intentó convencerme de averiguar más.  Le anuncié que estaba frente a, la futura auxiliar de un hombre importante, pero que aún no era oficial, que debía hablar con el ingeniero que estaba en la ciudad por el fallecimiento de su esposa.  Me repitió ya casi como reprimenda que era muy peligroso tomar un puesto así.  Me hizo ver que era muy extraño que publicara una oferta así, recién había muerto su mujer.  Me dijo que tal vez lo que él buscaba era una sustituta marital, que no era buena señal que se tratara de un ingeniero.  Le insistí en que tendría cuidado, y le pedí que no se adelantara tanto, que en este punto sólo se emocionara conmigo.  Después de un suspiro, me abrazó y me sentenció que si no tenía cuidado, ella misma iba a ahorcarme.  Repliqué con una broma, asegurándole que antes de que ella me matara, yo misma me ahorcaría para evitarle la pena.  Se rió y me dio un sopapo un poco en serio.  La noté un tanto afligida, pero yo sentía que tenía todo bajo control, así que sin más la dejé irse a la facultad. 

No vi a Juan esa mañana.  Nélida me había dejado un poquito insegura, así que decidí esperar un poco antes de hablar con el ingeniero Dársenas.  Quise planear con cuidado lo que iba a decirle.  Empecé a escribir ideas, a hacer mapas mentales y esquemas.  Casi siempre necesitaba organizar así mis ideas antes de hablar de cosas que me parecían tan importantes.  Me desesperé pronto, y corrí al teléfono. 

Me contestó un joven, y me dijo que el ingeniero estaba ocupado, pero que dejara mi número y él se comunicaría conmigo.  Le expliqué que no tenía teléfono propio, que lo llamaría en media hora.  Al colgar, el corazón me palpitaba con tanta fuerza que creí que iba a salírseme.  No habría estado mal, porque todo ese alboroto era por su culpa.  De todos modos, sentía una cierta confianza de que conseguiría ese puesto.  En esa media hora entre llamada y llamada, me bañé y me arreglé por si me daban la entrevista pronto.  No quise vestirme con mi ropa más presentable para evitar que fuera a arrugarse en caso de que me dieran la cita otro día.  Ya peinada y maquillada, me puse una bata y así hice la segunda llamada. 

Por fin fui comunicada con el ingeniero.  Tenía una voz increíblemente grave y un poco rasposa, y su tono era agradabilísimo.  Me presenté, le expliqué cómo me había enterado de la oferta de trabajo y le hice saber cómo había conseguido ese número para localizarlo.  Le di toda la información que me pidió sobre mi formación, mi disponibilidad para viajar, mi experiencia, y lo demás que inquirió.  Me citó esa tarde en punto de las cinco en el vestíbulo del hotel donde estaba hospedándose.  No alcancé a ver a Juan ni a Nélida antes de la cita, así que le dejé un recadito a cada uno por debajo de su puerta. 

Llegué caminando.  Llevaba mi traje sastre y unas zapatillas de tacón no muy alto.  El cabello lo traía recogido en una cola de caballo, y tenía unos aretes de perla que hacían juego con el dije que colgaba de mi gargantilla.  El sitio era elegantísimo.  Pregunté en la recepción por el ingeniero y me señalaron el sillón donde debía esperarlo.  Faltaban dos minutos para las cinco, por lo que decidí ir a ver un cuadro que me había llamado la atención cuando entré.  Era una fotografía de un puerto que lucía muy apacible.  Me inquietaba no estar esperando en el sillón, así que me volteé casi magnéticamente para ir a sentarme.  En cuanto lo hice, llegó un caballero alto y poco amigable.  Me levanté y le extendí la mano con una amplia sonrisa.  Se presentó como el Licenciado Vargas.  Mi expresión inquisitiva lo motivó a comentar que era el abogado del ingeniero, y a pedirme que esperara un poco más porque una llamada lo había retrasado.  Estaba un poco fastidiada de tan largo procedimiento, pero no quise perder la compostura.  Se fue el hombre y poco después llegó un hombre vestido de negro en silla de ruedas, acompañado por una señora.  Me levanté y me presenté con el hombre, que portaba lentes oscuros.  Supuse que era para ocultar el llanto.  A su vez, él se presentó y me dijo con su gentil tono de voz que la señora era la gerente de ese hotel tan fabuloso que lo había hospedado esos días.  La mujer me saludó y se retiró. 

Antes de empezar las preguntas, el ingeniero me platicó sobre la muerte de su esposa.  Habló de ella como la mayor bendición que le hubiera sido concedida.  Me dijo que había sido todo para él, pero que ahora que no estaba, él necesitaba urgentemente alguien que lo ayudara.  En ese momento me acordé de Nélida y su acusación, y sentí alivio al saber que se trataba de un hombre que parecía realmente necesitar ayuda.

Cuando comenzó a hablarme de su trabajo, me sorprendió muchísimo.  Era ingeniero agrónomo y tenía un proyecto en Rusia para campos de cultivo que se supone que resistirían los terribles inviernos de allá.  Me dijo que lo que lo había llevado inicialmente a ese país era un tratamiento que le habían recomendado muchísimo para superar la parálisis de sus piernas.  Pero ya estando allá, había decidido estudiar la posibilidad de hacer ese proyecto, y al hallarlo factible, había reunido un equipo y se había puesto a trabajar en él.  Vio mi admiración y entonces empezó la entrevista. 

Le gustó que me interesara tanto la botánica y me aseguró que en Rusia aprendería mucho al respecto.  Enfatizó la importancia de resolver los problemas de la alimentación y el cuidado de la naturaleza.  Dijo que todos deberíamos estar dispuestos a darlo todo por un beneficio así.  Finalmente, me preguntó qué podía hacer por él.  No me gustó su última aseveración de darlo todo.  Traté de mostrarme muy firme y le dije que nada que pudiera comprometerme, que yo quería apoyarlo como una empleada y nada más, y que estaba muy motivada a asistirlo pero eso no significaba que aceptaría cualquier tarea.  Me repreendió por mostrarme tan amenazadora cuando apenas estaba por explicarme lo que haría.  Añadió que una de las cosas que él exigía era respeto, y que no podía permitir que nadie violara esa regla.  Me disculpé, y me sancionó nuevamente, explicando que yo no le había faltado al respeto.  Me quedé callada.  Me hizo unas cuantas preguntas más y me pidió que hablara en inglés.

Finalmente, el hombre me dijo que lo que pedía era un asistente en quien pudiera confiar completamente, y que hiciera tareas como organizar sus tiempos, coordinar sus actividades y en general suplir su incapacidad.  Le dije que sin duda me gustaría intentarlo.  Con mucha consideración, me ofreció un tiempo de prueba y un sueldo que rebasaba mis expectativas, además de las prestaciones de ley.  Partiría con él en el vuelo de mediodía al día siguiente. 

***
María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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