Miércoles. 22.01.2020
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Es lo Cotidiano

La frontera

Sergio Inestrosa

Foto, Tomás Castelazo
Foto, Tomás Castelazo

Todo quedó atrás: el pueblo, los destellos de luz al reflejarse en el agua del río que pasaba cerca de su casa, la infancia, sus recuerdos, aunque estos volvían siempre, la pobreza eterna, la violencia de la gente.

Esta tarde, por fin, frente a él estaba la frontera. No sería fácil cruzar al otro lado, aun cuando él tenía una ventaja frente a los agentes de migración que tratarían de impedirle el paso. Él tenía determinación, siempre la había tenido y aquellos agentes, hombres o mujeres, no sabría decirlo desde el bordo desde donde observaba lo que pasaba del otro lado, tenían sólo un salario.

Como era temprano, se sentó a descansar en el bordo, aprovechó para comerse una torta de jamón con queso; tenía además que dejar que pasara el tiempo y cayera la noche.  A nadie se le ocurriría intentar cruzar en pleno día, pensó, además, de noche es más fresco y con un poco de suerte quizá esta noche los guardias tengan otras preocupaciones o tengan ganas de dormir o estén disfrutando del placer que da otro cuerpo.

Viendo a los agentes que merodeaban cerca de la malla en sus camionetas, le pareció que aquello era como el juego del gato y el ratón, o como el juego de policías y ladrones que jugaban de niños en la colonia.

Estiró un poco las piernas, no quería tenerlas entumidas por  la noche, tal vez incluso hiciera frío, suele pasar que las noches son frías en el desierto; sabía que en algún momento tendría que correr, lo había visto en las películas, los inmigrantes siempre tienen que correr para huir de la migra.

Una mosca se paró en la servilleta, muy cerca de la orilla del pan; él la espantó con su mano; no estaba dispuesto a que se le mosqueara su lonche o cena. 

Al poco rato comenzaron a llegar otras personas.  Jóvenes en su mayoría; algunas mujeres.  Todos con los ojos puestos en el futuro, que para ellos estaba del otro lado de esa valla de metal.

Él sabía que el principio sería lo más fácil de toda esta experiencia, bajar un poco por el bordo, pegado a la malla hasta encontrar un portillo o un lugar donde fuera menos complicado saltar al otro lado, y si se encontraba uno con un túnel despejado, sin traficantes a la vista, sería una gran suerte. Una vez del otro lado empezaría lo difícil, pues había que contar con la presencia de los agentes, de sus armas, vehículos, y quién sabe cuántos recursos más tendrían para tratar de atraparlo a uno. 

El suelo estaba seco, no había llovido en días; los pasos de los que llegaban levantaban polvo y todavía hacía calor.  Algunos hombres se quitaron las camisas y se la pusieron como turbantes en la cabeza para protegerse del sol, que aunque ya estaba bajo, lastimaba la vista si se le miraba de frente.

Pronto comenzaría a oscurecer y ellos empezarían a moverse, a probar suerte; si no se podía pasar esta noche habría que volverlo a intentar mañana, y así hasta lograr el objetivo o hasta que la muerte lo impidiera definitivamente.   

Sus ojos estaban puestos en Phoenix, para allá iba él y no importaba el tiempo que le tomara en llegar.  Allá lo esperaba la promesa de un trabajo pagado en billetes verdes.

Una ráfaga de viento, levantó una polvareda. Cerró los ojos y cuando los volvió a abrir era de noche.  El silencio era profundo y él sintió el alivio de la soledad; se había quedado dormido y nadie lo había despertado, pues él no viajaba con ningún grupo, él era un lobo solitario.  

A lo lejos veía las brasas de algún cigarro de los que ya habían iniciado la aventura.  Debían estar todavía de este lado, pegados a la barda, estudiando los movimientos de los agentes del otro lado. Y él a su vez veía los movimientos de quienes intentaban cruzar, al igual que él.

Revisó las provisiones que tenía en su mochila: un paquete de galletas saladas, dos sándwiches de queso con jamón, una botella de agua y unos pocos dulces de miel de abeja, además de una camiseta y una gorra para protegerse del sol al día siguiente. Era poco, pero sabía que tampoco podía cargar con tanto peso, pues no iba de camping y en esta aventura se estaba jugando la vida, aunque tratara de no tomárselo tan en serio. Volvió a pensar en el juego de policías y ladrones y recordó que en su colonia nadie quería ser policía, tenían muy poco prestigio; eran mejor apreciados los ladrones.

Del otro lado adivinaba un suelo desnudo, igual a éste donde estaba sentado, y comprendió lo arbitrario de la frontera que no era una frontera natural, no era ni un río ni un desierto: era una frontera artificial, puesta allí por los hombres para dividir y para separar, de un lado unos y del otro lado, otros.

Pero esta noche él debía pasar al otro lado, sin importar el precio ni los sacrificios.

Se levantó, se sacudió la tierra del pantalón y empezó a caminar.

***
Sergio Inestrosa. San Salvador 1957. Profesor de español y asuntos latinoamericanos, Endicott College. Recientemente su novela Los motivos de la memoria recibió una distinción en el Latino Book Award.  Su último libro se titula El improbable espacio del haiku.

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