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13:15h. Sábado, 23 de Septiembre de 2017

Just Like Kasmodiah

Andrés Baldíos

En el instante en que el vampiro salió disparado de su sueño histórico, abrió el ataúd con la lentitud de la inmortalidad y ojeó sus alrededores con discreción, como si no los mereciera. La catedral, en cuestiones fotográficas, era simplemente perfecta. Su acústica era más sombría que cualquier condenación de antiguas escrituras, más abierta que las interpretaciones de cualquier semiótica ante una pintura de los siglos pasados. Suspiró como cualquier ser humano. Caminó toda la noche por la catedral como dictaba su impulso de encierro y su costumbre de agonía. No quería salir. Había estado siguiendo la misma rutina durante siglos y siglos, pero parecía no agotarle la idea de permanecer en el estancamiento.

Pero los ordenadores sociales, como en toda cúspide de la felicidad, nunca faltaban en el escenario de los pacíficos para blandir sus codicias y perjuicios y hacer sus ganancias a través de todo lo que pudiese producir “un encanto para el espectador”. Varios reporteros, científicos, empresarios, entre otras de estas especies, habían oído hablar del vampiro. Todos fueron a verlo. Todos le pedían entrevistas, una sesión privada de fotografías; todos sabían que la posible primera impresión del desolado espectro sería la total negación a cualquier medio que le permitiese la popularidad.

El vampiro sabía que rondaba en la época donde la estética vampírica retornaba más como una fiebre exhibicionista que como un análisis fortuito del problema de la inmortalidad y el dilema de la vida. No es fácil padecerla, pensaba para sí mismo, queriéndolo gritar al público de afuera. ¿Qué es la perfección sino el final del misterio? ¿Qué es el ser perfecto sino la personificación del horror más absoluto de los jamases? ¿Qué es un vampiro sino alguien que debe olvidarse para preguntarse después si es ese tipo de enemigos los que necesita la vida? ¿Qué son las etapas de la humanidad sino toscas interposiciones en un asqueroso mercado de cuerpos y centellas? ¿Cómo se llama este vampiro? ¿Cómo se llamaban las personas que tuvo que perder para ser lo que es ahora?

Concluyó que, por doloroso que fuese, debía entregarse a quienes lo buscaban. ¡Al menos será por una época! Todos ellos morirán y él seguirá aquí. Tarde o temprano lo iban a descubrir, nadie está a salvo en su rincón. Así nos percatamos de la desgracia de existir bajo una identidad única, porque todos merecen una parte de uno mismo… quizá sólo para masturbarse.

El vampiro, aceptando el declive de su soledad, dejó pasar a los reporteros, científicos, empresarios (entre otras de estas especies) a su catedral secreta porque se dejaría ver desnudo, regalando su integridad como si nunca hubiese luchado por ella, probando que la individualidad es realmente indeseable. ¡Lo que darían los científicos por concentrarse en semejante criatura! ¡Y vaya que morirían por menos!

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Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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