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13:09h. Sábado, 23 de Septiembre de 2017

Caracoles de paso

Viridiana Guerrero

a little place for my stuff dice George Carlin, ese hombre de cabellos y cuerpo delgados, de rápidos movimientos y espalda encorvada, more stuff!, prosigue él, haciendo burla de la neurosis que nos provoca poseer cosas y haciéndonos ver lo fácil que es acumularlas incluso en situaciones que deben ser relajantes y simples como unas vacaciones.

Hace un mes, poco antes de mudarme, escuché de nuevo fragmentos de ese álbum llamado (adivinen) A Place For My Stuff, y debo confesar que sin esta ociosa actividad hubiese muerto en el intento, pues es necesario un empujón emocional o relajante previo a uno de estos rituales de traslación. He tenido más mudanzas que parejas sentimentales, y en todas ellas empaqué más ropa que aquel turista hawaiano resguardado en Siberia. Con cada uno de estos cambios, al igual que las esquinas de mis libros, me he desgastado poco a poco, y el interés por adquirir mayores pertenencias decrece toda vez que recuerdo mi complexión delgada, mis brazos y espalda enclenques sufriendo por lo difícil que es cargar aquello que sobrepase los 10 kilos.

Desde la infancia he habitado diferentes casas, hecho que ha generado en mí especial fascinación por las cajas y hace que las adquiera de materiales y tamaños diversos para seguir coleccionando cosas. Esta afición puede ser contraproducente, toda vez que me permite adquirir más pertenencias que serán guardadas, un poco como la acción de aquellos que en lugar de equilibrar su peso, prefieren comprar ropa dos tallas más grandes y asumir las consecuencias de la gula insaciable.

En ocasiones he querido ser un caracol y vivir dentro de una coraza o casa personal ambulante, similar a aquella que imaginó y pintó Remedios Varo para resguardo de los vagabundos. Sin embargo, por más que quiera salvarme de mi sentido de acaparar artefactos variados y moverme ligera, sigo imaginando mi caparazón o casa de vagabunda saturada de fotos y de artilugios que me acompañan desde hace tiempo: la muñeca obsequiada a los siete años, las cuentas de collares deshechos y las ilustraciones y pasajes literarios que he usado para crear un Axis Mundi personal. Después de todo, otra peculiaridad que caracteriza nuestra condición humana es la acción de acumular y de necesitar más espacio para nuestras cosas, en las cuales reconozco una virtud: su función como potenciadores de recuerdos que hacen revivir en la memoria los lugares pisados, los aromas que de forma súbita llenaron una habitación o la imagen de aquellos que hoy anhelamos abrazar y que, sin avisar, partieron de este mundo sin más pertenencias que la ropa puesta. Aquí la maravilla y también la enseñanza de sabernos caracoles de paso, porque aun coleccionando memorias y gustos hechos de materiales diversos, bien sabemos que nuestros fetiches no nos acompañarán al terreno desconocido de la muerte.

Prefiero hacer un trato conmigo y pensarme como un caracol, de andar lento, ligero y perseverante. Con menos pertenencias y más predilección por el goce del presente y la anécdota mental que éste me deje. Servir a la mirada pronta pero de gran agudeza que olvida los muebles de una habitación pero no la compañía que dentro habita, sea la propia, la de una pareja, familia o amigos.

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Viridiana Guerrero
(Tocumbo, Michoacán 1993). Antropóloga Social por la Universidad de Guanajuato, ha colaborado en la Sala de Fondos Especiales de la Biblioteca Central Estatal Wigberto Jiménez Moreno. Si no la encuentra maniobrando una cafetera express probablemente esté escuchando música de antaño, tomando fotografías, redactando ideas o rescatando insectos en la selva asfáltica.

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