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05:29h. Viernes, 20 de Octubre de 2017

Es bueno ser rey

Ralf Ortiz

It's good to be king and have your own world
It helps to make friends, it's good to meet girls
A sweet little queen who can't run away
It's good to be king, whatever it pays…

Tom Petty

Cuando vivía en Pomona, California, trabajaba en una ruta de reparto de periódicos. Al salir de la escuela, llegaba Mrs. Martínez y me dejaba la mercancía. Yo los doblaba, los metía en una mochila especial, subía a mi BMX plateada (pintada con spray) con manubrios naranja. Salía a repartirlos.

Me gustaba mucho, pero necesitaba algo de música.

Un sábado en una venta de cochera compré, por sólo 25 centavos, una radio de transistores con audífono de chícharo incluido. La señora me regaló la pila de 9 voltios – la chequé contra mi lengua para verificar que aún tuviera carga. La segunda canción que escuché en ese aparato fue “American Girl” de Tom Petty and The Heartbreakers.

Cuando escuchas esa canción al pedalear, sientes esa alegría propia de los 14 años. Esa alegría y despreocupación que con la edad se erosiona de manera imperceptible.

En esa ruta de periódicos tenía unos clientes, una pareja hippie, con quienes platicaba de música. Ellos me grabaron mi primer cassette del Greatful Dead. Un día de mucha lluvia me ofrecieron una hot cocoa al final de mi recorrido. Mientras platicábamos, mis dedos paseaban por su colección de discos. Un disco rojo con un vato güero en la portada me llamó la atención: Tom Petty and The Heartbreakers, Damn The Torpedoes. Conocía el nombre del artista, pero nunca había visto ese disco. Lo pusieron, escuché “Refugee”. Ahí inició algo muy personal para mí con Tom Petty. Esa canción significó mucho por aquello de haber llegado a un país nuevo, a una cultura diferente.  

Tom Petty escribía canciones maravillosas. Antes de que Morrissey cantara himnos para los saldos sociales, Tom nos recordó a todos que hasta los perdedores tienen suerte de vez en cuando; que ya no vinieras por aquí; que tuviste suerte cuando te encontré; que no me trataras así; y en plena caída libre, recordar que a ella le gustaban los caballos. Un rebelde sin una pista que con unos acordes llegó a la cima y desde ahí cayó. Tom no iba a retroceder, ni ante las puertas del infierno. Esa declaración de principios la hizo con un elenco maravilloso que incluía a dos Beatles (George y Ringo), más el Jeff Lynne, quien ya se había apuntado como Beatle honorario, y su carnal eterno, Mike Campbell. Tom no era deprimente, era la voz de muchos sin voz. Era el espíritu más rock ‘n’ roll que había sin ser punk. Tenía ese sonido al que luego le llamaron Americana.

Hace unos meses compré el CD de éxitos de Tom Petty and the Heartbreakers. Ya el cassette no daba para más, y sólo tenía una copia que mi hija de adolescente me pidió tras haber escuchado “American Girl”. Ese Tom Petty hacía eso, se iba tejiendo de entrada y salida en mi vida. Como esa vez en la tienda del Neil donde el Lolo Abud se llevó la única copia de Southern Accents. Cuando tuve que publicar en Facebook “Don’t Come Around Here No More” para que una dama entendiera que ya no habría regreso. Regresaba a hacer paro, porque siempre hay una batalla, una posición contestataria, desafiante, rebelde. Hasta en la derrota hay que caer tirando golpes: she went down swingin’… like Sony Liston.

El vato flaco y güero dominó MTV un tiempo con sus videos, pero nunca se metió a hacer ruido al respecto; usó el medio y ya. Fue hermano Wilbury, con gente de muy alto nivel, de su nivel. Podríamos iniciar el hashtag #TodosSomosTom, pero no lo somos. Tom Petty es un vato fino y aparte de todos. Una influencia para gente como Dave Grohl hasta los Chili Peppers. Al punto de perdonarles a estos últimos que se fusilaran “Mary Jane’s Last Dance” para hacer su “Dani California”. Al que no perdonó fue al Sam Smith. Me imagino que porque es bastante chafa…

Yo sí tengo el corazón roto, otra vez. Como he dicho, nunca hablé con Tom, pero él me platicó muchas cosas, y hasta me ayudo a aprender inglés. Se autoproclamó Rey de Pomona en “Honey Bee”. Con un rey como él, sí le entro a la monarquía. Carajo, hasta Prince se entregó por completo ante él en el tributo a Harrison. ¡Prince!

No me quejo de ser señor grande porque uno de los privilegios de la edad es que Tom Petty me haya acompañado desde los 14; son cuarenta años con un mapa, guitarra y una voz que me dejaron muy claro que él estaba en mi esquina y que si caemos, caeremos tirando golpes. Ahí están todas esas canciones y esas enseñanzas.

No estoy llorando, está lloviendo y no cerré los ojos, como cuando iba en la BMX a entregar periódicos.

***
Rafael Ortiz Aguirre (San Luis Potosí, 1963) es doctor en cool, punk añejo, musicómano sin cura, entusiasta de la lucha libre y el futbol americano y escritor pop. Ha trabajado en la radio, es profesor de inglés, escritor de cuentos cortos y chef amateur.

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