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09:40h. Miércoles, 18 de Octubre de 2017

Reconoceronte

Chema Rosas

Más allá de mis perros, no soy entusiasta del mundo animal en vivo y directo;  prefiero leer datos interesantes acerca de los mandriles que ir al zoológico y asomarme a la jaula.  He visto documentales fenomenales sobre las orcas asesinas y por eso las prefiero así, en libertad y de lejos. Vaya, disfruto mucho viendo videos de animales haciendo cosas de humanos, pero sin música de fondo un hámster comiendo resulta francamente aburrido. No voy a extrañar a los animales en los circos, pero tampoco me parece bien que engrosen la fila de desempleados en el país y por eso tengan que morir de hambre. 

Como decía, no me entusiasman mucho los animales en vivo y en directo, pero amo que existan. Si no supiera cómo son las jirafas desde que era pequeño y alguien las describiera para mí, creería que se lo acaba de piratear de la escena del bar en Star Wars. Ya era un adulto cuando supe lo que es una capibara, y al verla por primera vez pude ser niño de nuevo, aunque fuera por diez minutos. Pandas, tortugas, ¡pingüinos! osos, canguros, camaleones, ornitorrincos y hasta dinosaurios, aunque los últimos hayan dejado de habitar la tierra hace muchos años (inserte aquí su chiste sobre el PRI). Son asombrosos y materia prima para películas y libros infantiles.

Uno de los libros infantiles que más me gusta es el “Animalario Universal del Profesor Revillod”, fabuloso almanaque de la fauna mundial editado en México por el Fondo de Cultura Económica. Consiste en un engargolado dividido verticalmente en tres secciones, de tal forma que uno pueda crear sus propios animales con las ilustraciones y así cobra vida, por ejemplo, el KICEDILLO, con cabeza de Kiwi, tronco de rinoceronte y cola de armadillo.

Hace unos días me topé con un dúo chileno llamado Los Mil Jinetes. En 2008 sacaron un disco llamado Reconoceronte, y la canción que da nombre al álbum tiene el siguiente verso:

“Y tantas veces recibo 
risas que vienen quizás del olvido 
y me sorprendo extrañando 
cosas que todavía no han pasado. 
La vida marcha en un sueño 
soy su jinete pero no su dueño.
Prometiendo ilusiones 
montando mi Reconoceronte voy…”

Ese título y ese verso hicieron que explotara mi cabeza. Mientras la juntaba de nuevo, algunas piezas embonaron distintas, como en el Animalario Universal del Profesor Revillod. Se mezclaron animales con otras palabras que tenía adentro y surgieron criaturas extrañas, que si bien no se encuentran en el Manual de Zoología Fantástica de Borges -ni mucho menos-, con algo de suerte sí pueden escapar de la imaginación para poblar alguna isla mitológica. Algunas de estas especies son:

Avispacheca. Insecto volador de ojos rojos. Contrario a lo que ocurre con las avispas normales, cuando se intenta ahuyentarlas con humo, esta especie se reúne a su alrededor, canta reggae, descubre verdades universales y duerme para despertar con hambre.

Triceratotopo. Animal antiguo y de gran tamaño que vivió en el jurásico. A juzgar por los restos encontrados en el norte de México, su piel era crujiente y gustaba remojarla en pantanos de frijoles refritos y guacamole.

Cangregario. Crustáceo del orden de los decápodos. Prácticamente nunca se les ve solos, pues viven en colonias donde son presidentes de la asociación de colonos, así como en las sociedades de padres en la escuela de los cangregaritos.

Superfluamingo. Son aves rosas muy esbeltas y altas, con piernas y cuello largo. Su pico es característico y está adaptado para hacer sonidos todo el tiempo pero no decir algo importante. Obtiene todo lo que necesita de aguas poco profundas. Una de las aves más felices del planeta.

Pingüarura. Especialmente raras, elegantes y monógamas, estas aves se dedican a la seguridad de otras especies. También disfrutan lanzarse de panza en los toboganes y las paletas heladas de pescado.

Brontorturasaurio. Habitó el planeta durante el cretácico y sus restos fueron encontrados en Tehuacán. Los científicos aseguran que era despiadado, pero las autoridades se niegan a reconocer su existencia.

Avecestruz. Pájaro de gran tamaño, con cabeza pequeña y dispersa. En ocasiones se le puede observar volando sobre las praderas africanas. A veces no.

Olvidorrinco. Animal fantástico con propiedades espeluznantes. Se alimenta de recuerdos, pero tiene la mala costumbre de rechazar todo lo que se le ofrece de buena gana, especialmente si son experiencias desagradables. Prefiere alimentarse con la ubicación de las llaves del auto o de algún documento importante, y su platillo favorito es el nombre de esa persona que se acaba de presentar con nosotros hace menos de dos minutos.

Como decía, más allá de mis perros, no me entusiasman los animales en vivo y directo, pero amo que existan. A veces creo que viven mejor en la imaginación, aunque ahí sean más peligrosos…  y me sorprendo extrañando cosas que todavía no han pasado. La vida marcha en un sueño y soy su jinete pero no su dueño. Prometiendo ilusiones montando mi Reconoceronte voy.

notengomeil@gmail.com

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista para El Heraldo de León, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico.

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