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18:37h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

DE PALOFIERRO [I]

Soy de los Moreno

Yara Imelda Ortega

Lázaro Cárdenas del Río y Amalia Solórzano
Lázaro Cárdenas del Río y Amalia Solórzano

Cuando nació mi padre, mi abuelo ocupaba una curul y no estuvo presente cuando una “mala cama” se resolvió como un sietemesinato propiciado por las chichiguas mercenarias del cuartel de enfrente, previo despioje y baño a totuma en el patio, junto a la troje. Teodomiro Rivaderoll (mestizo de judío-español marrano e india porhé), médico militar, auxilió a la parturienta, privada de la consciencia por una neumonía. Esto, a principios del siglo pasado, en el corazón de la Huasteca, equivalía a una sentencia de muerte. Pero Don Teodo, que no cobraba consultas y regalaba la medicina, sacó al mortinato de un cajón penetrado de espliego. Se apartó los bigotes y aspiró los mocos que dieron paso al llanto vivificador y al mayor movimiento que haya visto La Misión desde sus fundos. Ni siquiera la Bola o la Cristiada llegaron allí con tanta fuerza y conmoción. Teodomiro era el suegro de mi abuela.

“Se llama Plinio”, dijo el primer Zabaley de la familia. “Plinio, una chingada. Caloggero, que es el propio de los primogénitos de tu raza desde siempre, cabrón”. Y como para eso mi abuela era hermana del Gobernador, y dormía con una .45 bajo la almohada, a los 40 días ya estaba inscrito en el padrón de vecinos de la entonces importante Jalpan, donde su consorte dejó su empleo de Recaudador del Timbre para asumir una diputación, primero local, luego federal.

Caloggero Zabaley fue mi abuelo. Padre de mi padre. Gente de madera de palo fierro, que primero se astilla antes que rajarse. Fue quien renunció al genitivo latinizado con el que sus ancestros entraron por el Golfo de Florida, sin quedar muy claro su oficio y reluciendo el beneficio del vendaval de la migración que los vino a tirar en el Bajío. Tomó el nombre materno de su abuela antes de volver a subir la ruta de Junípero Serra: Tancoyol, Tilaco, Landa, Concá y Jalpan.

En Jalpan halló un H.H.H.  del rito Escocés, con quien habría de compartir los ideales juaristas y consolidar el Rito Mexicano. Dos semanas después de sentar sus reales en el Palacio de Gobierno como funcionario del Timbre, vio a la hija menor de Lorenzo Moreno. Y hermana del Síndico Mayor. Vivían en la parte alta, atrás de la iglesia franciscana que entonces no era sino la sombra para los mercaderes indígenas que bajaban los jueves y domingos para truequear sus productos de traspatio por aceite, velas, petróleo. Y harto aguardiente, de una gradación tal que necesitaban añadirle raíz del alacrán para que adormeciera el paladar. Y el cráneo, porque bastaba una cañita para envalentonar al más pastoso. Dos sacaban los machetes sarracenos por virtud de las piedras de río en que los afilaban con una devoción superior que la aplicada al rosario de Ánimas, cuyo toque a las ocho de la noche ponía a cristianos y masones de rodillas donde lo escucharan, así fuera la plaza, la casa o el mentidero junto al río. Hasta las putas se prosternaban en ese momento.

Excepto Apuleyo Moreno y Zabaley, que continuaban sus disertaciones sobre la democracia y la igualdad de derechos entre blancos, indios o mestizos. Y su derecho al sufragio. Algo habían oído de los hermanos Magón, bastante leído y comprendido. Y el Síndico y el del Timbre permanecían de pie, en tanto nadie se atrevía a cuestionar las prerrogativas que ostentaban, cuando no se necesitaban gendarmes. Su sola presencia imponía el silencio en la cantina y el orden en el mercado.

Dado que mi abuela no se mantenía en pie, en parte por la anemia resulta del parto prematuro, el resto por el melindre propio de quien sólo comía lo que mataba y guisaba de propia mano desde antes de aprender a leer. Siempre se negó a escribir antes de entender las letras. Pintarlas en el pizarrón sin comprender su significado, equivalía a querer sacarle los ojos a la institutriz que desde la capital hasta Pie de la Cuesta hacía llevar su padre, Lorenzo Moreno. Un mes de camino por serpenteantes caminos de herradura, hendidos sólo por los traficantes de tabaco y alcohol, donde de día se subía hasta perder el horizonte entre las nubes desde un abismo donde nunca llegó el sol. Imperio de buitres y abubillas, cementerio de disputas. “Si no hay cuerpo, no hay delito” era la ley de entonces. Que prevalece en esta era de sicarios.

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