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08:09h. Sábado, 17 de Noviembre de 2018

Cuaderno de Navegación

Abstinencia [LX]

José Luis Justes Amador

Octubre, 29
Tengo que hacerlo. Tengo que hacerlo. Tengo que hacerlo. Como alguna vez Humbert Humbert le pidió al tipógrafo que repitiera hasta llenar la página, tengo ganas que mi editor repita hasta llenar la página esas tres palabras. Como un mantra, como una fórmula mágica, como uno de esos deseos futboleros para que nuestro equipo, aunque juegue contra Alemania, gane.
Ya se acercan los dos últimos meses. Prendo un cigarrillo y lo apago de nuevo.

Octubre, 30
Pruebo a prender el primer cigarro de la mañana antes de montarme en el taxi para ir a la universidad. Eso quiere decir que ahorro dos en la dosis. El de la levantada y el de la salida de casa. Gana en sabor. Lo apuro hasta el filtro. La sensación es tan buena que no puedo evitar fumarme otro nada más bajar del taxi mientras doy un rodeo para entrar al recinto por otra de las puertas. El segundo ya no sabe tan bueno. No es la misma sensación.
¿Cómo saber antes de prenderlo cuál será la reacción de mi cuerpo, de mi cerebro?
¿Cómo saber qué se siente al no sentir? El fumador es un fingidor, pienso en Pessoa.

Octubre, 31
Preparo con mis alumnos la propuesta para el desfile que tendrá lugar mañana en la universidad. Todavía no sé, no sabemos, que acabará siendo un desastre, un desastre total. Si lo hubiera sabido, si lo hubiéramos sabido, hubiera pasado toda la mañana fumando. Trabajar cansa, pienso en Pavese, y trabajar también da lugar a la abstinencia.

Noviembre, 1
Lo que no esperábamos ocurrió. Nadie entendió el disfraz de puerta para representar Halloween. Nadie entendió que ese montón de papel cascarón sobre un tipo de dos metros con unas letras japonesas en fomi rojo era una tradición del país nipón para conmemoran a sus muertos. Nadie entendió que los pétalos amarillos no eran un error de cálculo sino un homenaje minimalista a los altares de muertos. Nadie entendió que esa cosa redonda y blanca, con una persona dentro, era una veladora.

Noviembre, 2
Asueto. Normalmente me quedaría en la cama leyendo, escribiendo, fumando. Poco, pero fumando. Me levanto como hace tiempo que no lo hacía a las labores domésticas. Como terapia ocupacional. La dosis baja a lo largo de la mañana a un cigarro cada dos horas. Algo dentro está cambiando. Cambiando mucho. Tal vez el camino sea ocuparse en algo de carácter físico. Con pensar o leer o escribir no sirve. Pero, ¿en qué?

Noviembre, 3
Dos horas en camión. Por supuesto, me fugo al baño para fumar un cigarro. Me arrepiento. Vuelvo a mi asiento. Puedo aguantar, me digo. Diez minutos después estoy en el baño fumando.

Noviembre, 4
Estoy tumbado en la cama de un hostal donde no se puede fumar. Estoy a dos horas de mi ciudad. Es la primera vez en la vida, no exagero, la primera vez en la vida, que hago caso a los señalamientos, en ambos sentidos de la palabra, de no fumar. He fumado en aviones y en autobuses, en universidades y hoteles de cinco estrellas, en colegios y en hospitales. Algo está pasando. Sé que no me estoy volviendo un hombre respetuoso con las leyes anti tabaco. Tal vez sea la señal de que sí se puede lograr.
O, que si nadie vigila, no tiene sentido saltarse las normas.
Transcribo estas últimas líneas y procedo a vestirme de hombre serio para salir a una boda en la catedral de una ciudad cercana a la mía. En el trayecto desde el hostal al edificio religioso he detectado tres tiendas de OXXO. En alguna de ella pararé a comprar tabaco.

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