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16:27h. Martes, 18 de Diciembre de 2018

Disfrutes Cotidianos

El Seductor y Cosmos

Fernando Cuevas

El seductor (2017), fotograma de la película
El seductor (2017), fotograma de la película

Sistemas alterados

Un cuerpo extraño se inserta en un sistema sensible que aparentemente funcionaba bien; el intruso no sólo establece cierto tipo de interacción con cada uno de los demás elementos, sino que remueve las relaciones entre éstos. Cuando un orden frágil se enfrenta a un componente caótico se descompone, si bien intenta volver a la estabilidad, acaso extrañando el estado en el que se encontraba antes de la invasión: la tendencia a la estabilidad puede provocar que el sistema busque formas de regresar al estado en el que ha permanecido durante largos periodos. Y si los sistemas se conforman por personas, reina la racionalidad de la incertidumbre.

La seducción está allá afuera

El relato parte de la presencia de un soldado herido de los unionistas cerca de un internado de mujeres en Virginia en 1864, durante la guerra civil estadounidense. La directora, la maestra y las alumnas lo introducen en la mansión para curarlo, quizá sin tener claras todas las intenciones e implicaciones de tal decisión. Recuperándose poco a poco, el desertor y las diferentes mujeres de todas las edades, empiezan a establecer distintos tipos de relaciones y vínculos que, presumiblemente, alterarán el equilibrio hasta entonces alcanzado en la estructura jerárquica y afectiva del grupo.

Con base en la novela The Beguiled (1966) de Thomas Cullinan y el guion del brillante director Don Siegel y un aguerrido Clint Eastwood continuaron su asociación, frente y detrás de cámara, para llevarla a la pantalla en 1971, año en el que también presentaron la famosa Harry el sucio. Todavía juntos rodaron Escape de Alcatraz (1979), para consolidar uno de los vínculos director-intérprete más importantes del cine, como se advierte en el aprendizaje desarrollado por Eastwood para convertirse en un realizador vital, sobre todo, desde hace más de cuatro décadas.

Ahora, Sofia Coppola dirige El seductor (EU, 2017) con algunos cambios en relación con el filme anterior (se obvia el personaje afroamericano, por ejemplo), y a partir de una mirada feminista en la que se destaca el instinto de sobrevivencia y conservación del grupo de mujeres, por encima de las intenciones y necesidades individuales. Cuando el deseo ya no puede sublimarse más, mejor cortar por lo sano: la negación y cancelación antes que la desestabilización del colectivo, que sólo integrado puede seguir adelante en tiempos de guerra y en un mundo eminentemente masculino.

El planteamiento que podría desarrollarse en términos maniqueos proponiendo la intrusión de un espíritu corruptor que pervierte al coro angelical, se rompe con claridad en el desarrollo de los personajes, para exponer los matices necesarios y las grandes áreas nebulosas que definen a las personas: ni el recién llegado es un diablillo seductor que nada más anda viendo a ver qué consigue, ni las anfitrionas son las devotas mujeres dedicadas a estudiar y cumplir sus labores. Estamos frente a seres humanos cargados de pasiones, afectos, limitaciones y sublimaciones que se ponen sobre la mesa ante las circunstancias de la vida.

La sutileza permea, tanto la puesta en escena como el tratamiento del relato mismo; sus amigos de Phoenix hacen un score discreto y la fotografía detalla con cuidado la tensa calma que campea en la casona educativa. Incluso Colin Farrelll parece contenerse ante la infantil presencia salvadora de Oona Laurence, de las directas intentonas de Elle Fanning, las expectativas de Kirsten Dunst y la formal apropiación de Nicole Kidman del oscuro objeto del deseo: actuaciones que apuestan por la gestualidad discreta, el cruce de miradas y el arrebato a media luz en los escenarios cuidadosamente dispuestos con un enfoque contrastante, buscando estampas que comuniquen por sí mismas.

Microcosmos

Con base en la novela con tintes autobiográficos y de arriesgada factura escrita por Witold Gombrwicz (1904-1969), el realizador fallecido el año pasado Andrzej Zulawski (La tercera parte de la noche, 1971; Lo importante es amar, 1975; Una mujer poseída, 1981; La mujer pública, 1984; La fidelidad, 2000) se despidió con Cosmos (Francia-Portugal, 2015), su décimo tercer filme de incierta lógica narrativa, en la que un grupo de personas coinciden en una casa de huéspedes en la campiña: dos jóvenes en busca de inspiración, la anfitriona y el viejo esposo desfachatado, la hija casada, una especie de recamarera con gran cicatriz y un sacerdote, entre otras personas que pululan en esta arriesgada puesta en escena.

Entre algunos extraños simbolismos, como un par de animales ahorcados en un árbol, las motivaciones, conductas y consecuencias de esta extraña convivencia navegan entre la irreverencia, la racionalidad dislocada y una toma de decisiones de los personajes que desafían la lógica. Reacciones que pueden explotar hacia cualquier dirección y establecimiento de vínculos particulares, que van y vienen sin demasiada justificación desde una perspectiva tradicional. Un planteamiento interesante acerca de la comedia humana en su faceta estrambótica, y de una inquietante belleza.

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