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01:41h. Viernes, 20 de Abril de 2018

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Javier Azpeitia

Igual a otros años, el dos de noviembre celebramos a los difuntos. Pero por primera vez pienso que en el próximo me van a festejar. Podría ser mi foto la del altar.

Pienso en las cosas que dejé de poseer porque las regalé; otras me dejaron de pertenecer hace tiempo. Lo que me duele es lo que nunca tendré. En el hospital conocí a un niño que me dijo que lo que le dolía era que se iba a morir sin haberse enamorado. Y pensé que estaba de acuerdo.

La casa que por años he ido diseñando, los colores que tendría en la tarde. La luz con la que amanecería, las flores que alegrarían una terracita con mosquitero. El jardín de atrás. El raudal de sol en la cocina, las tecnologías alternativas y autosustentables. La temperatura siempre a 21°, porque ya le hallé a la orientación y al material. Y las técnicas de autoconstrucción.

No sé si volveré a ver florear las azucenas (tengo más de 50 camotes, que se ahogan en hierbamala, porque no puedo regarlos ni agacharme a desyerbar. Se acabaron los granduques este año, porque llegó adelantado el otoño. Y como esperanza de vida, compré dos macetas más con malvas (tengo treinta en la azotea). Mi hermana ha comprado una azucena (mi papá se las regalaba cuando era apenas una niña) y se le secó la única flor que traía del vivero. Y como sé que tiene mala mano, le sugerí compráramos un mal llamado “tulipán”, que es del color del melón poco maduro. Creció sin que nadie plantara un papayo, con diez o doce frutos en su jardín. Y la “Pata de Elefante” ya mide cuatro metros.

Hace un mes y medio, mi vida era serena. Hoy, un caos. Vino a visitarme un jovencito del que nos hicimos amigos, y me cuenta de su novio y yo, del mío. Del de ayer. Del de anteayer. Del de la adolescencia. Le he explicado que con los hombres hay que ir aprisa antes de los veinticinco. A los treinta, verles el varo. A los cuarenta, el que te soporte los achaques. A los cincuenta, el que te tolere las dietas. A los sesenta… ¡el que te pele! Y nos ahogábamos de risa, entre tragos de cerveza. Y sus cigarros Marlboro.

Empecé a fumar a los 14, por la aceptación. En la prepa. Venía de un colegio privado y de pronto, a la federal. Y veía a los muchachos de reojo, porque nunca me gustaron los de aquí. Son poco discretos. Del tabaco siguieron otras cosas más fuertes. No es fácil cuando tu primera relación, tu iniciación a lo que sería lo más hermoso del resto de tu vida, es una violación tumultuaria, y no puedes decir nada, ni en la casa ni en la escuela. Por pudor, por miedo, por vergüenza.

Me fui de la casa y empecé a trabajar en sitios de no muy buena reputación, y ahí conocí a tipos con los que en las propinas venían las insinuaciones.  Nací en los 80’s, y el VIH/SIDA era parte de la cultura para cuando yo me “activé”.

La cosas no siempre pasan como quieres.

Me enamoré como jamás pensé que fuera posible. Un amor loco, desenfrenado. En el piso, en la cocina, en el sillón, en los baños del cine, los cajeros automáticos. Él tenía una amante, una hija y una esposa. Y no era cosa de quedarse a estorbarle el paso.

Pero no estábamos dispuestos a prescindir de los textos alucinantes que aparecían en los sitios más insospechados. Porque la pasión sobrepasaba cualquier límite, y nos daba por levantarnos a escribirnos el siguiente poema, cuento, extravaganza o divertimiento a cualquier hora. A mitad del sueño donde diseñábamos laberintos para encontrarnos y acertijos para perdernos y volvernos a buscar en el siguiente texto.

Eran sus ojos almendrados y la mirada que queda soñadora luego del tequila, el ron, aguardiente, mezcal o el pulque; el rock, la balada, la trova o protesta; el tabaco rubio, moreno, oscuro, cubano. Fumado, mascado o untado para las picaduras de insectos. La hierbabuena fumada o untada en alcohol para el dolor. El chilcuague que no sirve nomás para anestesiar, sino para equilibrar los campos energéticos y llamar a los dioses por su nombre secreto, en ceremonias tumultuarias o en los ritos privados. En las capillas o catedrales, bajo el cielo o en nuestras camas o en lechos mercenarios, que los hubo.

Era su cuerpo esbelto y de caderas como estalagmitas: una constelación de lunares sobre un pecho lampiño. Los brazos largos y el andar despreocupado, como quien sabe que lleva a cuestas un morral agujerado. Unas manos largas, como el artista que es y la trayectoria que tenía cuando nuestros trenes cumplieron su destino al colisionar a toda máquina. Su nombre, besado por mí en los cristales de todas las vidrieras de la ciudad que habían reflejado su perfil aquilino. Sus orejas, pequeñas como de niña. La espalda, que parecía siempre estar pidiendo perdón por algo, tal vez por su estatura desproporcionada a la edad y el peso. Siempre era joven.  Cabalgarlo era subirse a un Rocinante y acabar primero en el podio de Quarter Mile como el heredero de Jano, fundador de su estirpe (siempre le juré que Jano tenía dos caras).  Pero ni él sabía de hipódromos ni yo de béisbol.

Caminamos. Y cómo caminamos. Ciudades, pueblos, metrópolis. Ranchos, barrios, colonias. Calles, puentes y pasadizos. Por calles, avenidas. Más calles buscando museos, siguiendo a los virtuosos en conciertos. Museos paganos sólo para mis ojos. Templos que yo le iba descubriendo a su mirada sarracena, que no conocía ni apreciaba el arte sacro. Las fotos que hicimos, de ángulos inverosímiles en los sitios más comunes. Los testimonios de las cosas que llegaban a su finitud. Y casi puedo jurar que no había nadie en la Central de Autobuses la madrugada en que me echó de su vida.

Me quise matar. Y sí, estuve en la Casa de la Risa con la Camisa de “Meamomucho”. Con correas. Oyendo cómo los compañeros se resistían, pero al final, oscilaba el voltaje y se apagaban las luces de los corredores. Los aullidos de dolor podrían no dejar dormir a muchos, menos a mí, que esperaba a que puntual me llamara al celular que pasé de contrabando en una caja de cigarros, que fue lo único que no esculcaron. Nunca, ni aun entonces, quise saber el porqué de la constancia de su presencia cuando todos me abandonaron, creyendo que ahí me quedaría (al fin, en un solo lugar).

Quisiera olvidar las tardes de baile de salón en que abrazándonos a cuerpos sudorosos y senectos, se nos despertaba el ansia por paredes cómplices, a veces no tan voluntarias, en donde pudiéramos desahogar aquel furor que superó al frío del año en que nevó y que le di la espalda a la Sierra para buscar otro camino, distinto, nuevo, lejos, que finalmente encontró al ir siguiendo mi olor a través de kilómetros de distancia. Y no podía ser diferente, porque todas las noches yo bendecía su nombre y su memoria, que tan cara me había costado. Que sigo pagando.

Después de tantos años, nos encontramos por azar. Yo ya le había perdido el gusto a la música de pueblo, pero nuestro sino estaba marcado por las Centrales Camioneras. De alguna salimos hasta la Plaza de la Paz, donde durmió 36 horas sin parar. Y nosotros, que no sabíamos los límites de los excesos, hicimos lo que correspondía. Dormir, comer. Soñar, amar. Caminar, ver. Mirar. Robar con la mirada alhajas fantásticas, sedas inverosímiles, canteras labradas, y acariciarlas para conocer sus temperaturas. Porque independientemente del lugar, nos amábamos en donde el suelo ardiera, más de una vez entre las ruinas de algo que fue, y otras más, entre los andamios de lo que será.

La Noche de la Paz, que fue cuando durmió sin miedo en la oscuridad y la sonrisa en los labios… mil veces le dije al oído que a mi lado estaría seguro. Que nadie lo amaría como yo. Y que más vale la lealtad a la fidelidad. No dormí un minuto, velándole el sueño. Viendo cómo su nariz patricia se dilataba y el pecho se le henchía, como un palomo trémulo, en cada respiración. Acompasé la mía, sincronicé nuestros corazones para que nunca más latieran si no era al unísono. La Noche de la Paz fue años antes de constatar que las Mariposas Amarillas de Mauricio Babilonia son reales. Y sorteé todos los obstáculos para asistir a su cita, en el otro lado del mundo por mí conocido. Y estuvimos ahí, solos en la multitud que era como el mar, que no conocí y que lo crió a él. Y regresamos, perdidos en la noche, sin querer aceptar que no queríamos llegar a la confluencia de los puentes, donde se bifurcaba nuestro destino.

Ese viaje constató el poder de dominar los vientos y las tempestades que heredé de mi abuela. Corté una culebra de agua que venía precedida de los granizos más grandes que hubieran visto mis ojos. No me importaba sino la mugidera del ganado. No temía sino por el techo bajo el que nos guarecimos mientras me decidía a poner a servir mis dones “tiemperos”, que con un ensalmo rescata cosechas o se pierden las vacadas, según sea.

Ahora no sé cuán útil resulté en los proyectos que él llevaba en la mente y yo era capaz de escribir. No sé si sepa lo importante que fue en el resto de mi vida. Pero ya no lo volví a ver. Y lo soñé en la ciudad ideal que nos construimos, donde hacíamos una vida normal y no había qué esconderse. Quien sabía nuestro secreto era su papá, a quien mi clarividencia admitió una noche de calor en mi humilde vivienda y que me acompañó y me guió hasta que él decidió dejarme y yo me atreví a alejarme. Abogaba el hombre del sombrero y bastón, de piernas y brazos como carrizos, que no lo dejara, que me iba a necesitar mucho. Pero le supliqué que lo entendiera, que yo no iba a salir de la sombra nunca, por proteger su reputación. Por el nombre de su familia. Por el honor de la hija que yo adoraba y que creo me llegó a querer las tardes en que le enseñé a no temer a las palomas y a platicar con los gallos.

Es un sinsentido subir a un puente peatonal a dar fin a una botella de vino barato. Caminar sin zapatos entre la lluvia, riendo con la boca llena de angulas. Suspirar sobre un plato de vieyras y chipirones. Llorar con una torta de carnitas. Y sentir la nostalgia desde antes de la despedida ante una barbacoa de hoyo. La confianza con la que se empechaba mis brebajes, todos ellos contra el olvido. Durante años pensé que no habían funcionado.

Anoche supe que el olvido aún no le llega. Le dije que con el pedazo de alma que me queda me despedía, con su nombre deletreado en mi último suspiro, con la garantía de mi memoria en el extravío de mi fe. Que lo guardo bajo la piel y sobre el músculo que ya han quitado. Que entre el aliento y el latido tiene su hogar, mientras dure. Respondió que mis dimensiones siempre serán las del hueco de sus manos, que besaba las comisuras de mis labios. Ya no le pude decir que beso donde comienzan las lágrimas y termina el recuerdo. Porque a los hombres también nos da cáncer de mama.

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