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A Hard Day’s Night: una cita con el destino

Héctor Gómez Vargas

A Hard Day’s Night: una cita con el destino

¿Quién –a medida que la música adquiría forma y desarrollaba una memoria- se dirigía realmente a quién? ¿Y si la verdadera conexión viva no se establece entre, digamos, los Beatles y los Rolling Stones, sino entre los Beatles y Buddy Holly (o simplemente, lo que equivale a decir que no es algo simple, entre una única canción de Buddy Holly y los intentos de los Beatles, a lo largo de toda su vida como grupo, de tocarla?
Greil Marcus, La historia del rock and roll en 10 canciones.

I

La historia de la música rock puede ser contada a través de sus canciones, de aquellas que, como lo ha expresado Greil Marcus, se abrieron a la música “como campo de expresión y red de afinidades”. Son de esas canciones que transformaron la forma de crear y de escuchar música porque llevaron a la misma canción “más allá de si misma”, abrieron una puerta con ciertos sonidos que permitieron que muchos cruzaran un umbral y pudieran encontrar que ahí se podía habitar el mundo con nuevas ideas y otras formas de ser y de sentir. En algún lugar de sus libros, el mismo Marcus comenta que el inicio de algunas canciones han propiciado eso: en los primeros segundos se sabe que algo se está abriendo, que se pone en movimiento y que las cosas no volverán a ser las mismas y uno de esos inicios históricos de la música del es “A Hard Day’s Night”, canción con la que abrió Paúl McCartney el concierto en el Estadio Azteca, en la ciudad de México, el 28 de octubre del 2017, como parte de su tour One on one.

¿Por qué McCartney abrió con esa canción?  

La gente que sigue las giras de McCartney menciona su tendencia a establecer un setlist que repite en la mayoría de los conciertos, aunque en ocasiones lo modifica con algunos ajustes de acuerdo a la ciudad, a la ocasión. Al revisar videos de conciertos de la misma gira de McCartney, en todos comenzó con la misma canción. En la ciudad de México no fue la excepción. Entonces la pregunta es por qué la eligió para abrir en su gira del 2017, y me parece que si me guío por experiencia del concierto de que pude ser partícipe de distintos momentos de una memoria que crearon los Beatles, de recrear o recuperar la sensación de haber estado ahí, aunque no estuve ahí pero que permitía que por unos instantes yo y miles sintiéramos que por fin éramos parte de algo que cambio al mundo, de esos momentos en que los Beatles creaban una cultura porque fundaban algo nuevo. Entonces imagino que una posible respuesta es una llamada de atención a la vigencia del legado de la obra de los Beatles a más de cincuenta años del inicio de la Beatlemanía y en tiempos de su traslado a la cultura digital, a la era del streaming, en momentos en que se habla de que se vive, después de cuarenta años, una condición after del rock.  

II

Un día antes del concierto, mi amigo Beto Cronopio me acompaño a conocer la tienda de Ricardo Calderón, presidente del Club de los Beatles Todos Juntos Ahora. En el ambiente beatlemaniaco del país, Ricardo es un ser casi mítico, al igual que su tienda, porque es un territorio Beatle, algo así como una tierra de Pepperland donde el tiempo y el espacio giran alrededor de los universos paralelos creados por los Beatles. Mientras observaba todo lo que ofrecía en su pequeña tienda, Beto me señaló una puerta detrás del mostrador y me dijo que ahí estaba lo mejor de todo, que lo que yo había visto no era nada comparado con lo que uno podía encontrar en ese lugar, que para acceder se requería un visto bueno, y que no me lo habían dado. Bueno, pensé, el mundo de los Beatles siempre se ha manifestado por un orden y una organización, desde sus inicios ha sido una empresa, abierta a todos pero que no todos pueden atravesar, mientras que yo estaba feliz con lo que veía: un mundo de objetos y de referencias de los múltiples universos creados alrededor de la obra y la vida de los Beatles. Un mundo amplio, expansivo, incapaz para cualquiera de abarcarlo todo, porque quien lo intente puede caer en la locura. Un territorio de fans y, como todo fandom, es imposible aspirar a tenerlo y conocerlo en su totalidad. Agradecí no haber sido aceptado a ese santo sanctorum beatlemaniaco, y simplemente me limité a comprar el EP de Paul McCartney en el cual se incluyen las canciones “C Moon”, y “Hi, Hi, Hi” y aquel otro donde incluye “Mull of Kintyre” y “Girl’s School”. Los dos discos eran perfectos para mí en esos momentos.

En algún momento de la conversación con Beto, Ricardo lo dijo claramente: ir al concierto es asistir a una posible despedida de Paul McCartney como músico en activo. Casi, dijo, vamos a despedirnos de Paul, y mientras lo decía, Beto lo veía con los ojos muy abiertos por el asombro ante lo que escuchaba. Bueno, había que ser claros porque muchos lo sabemos, aunque no queremos que eso sea, ya que hay razones para sospechar que sea su última gira, de que no regrese a México a tocar nuevamente. Una simple evidencia: su voz. Desde hace unos años ya no es la misma de antes, y por momentos parece la de un hombre viejo, cansado, que requiere de ayuda de su grupo para levantar las canciones, y eso, entre otras cosas, significa que la era McCartney como la hemos conocido está concluyendo. Reviso un el programa de 1973, James Paul McCartney, y escucho “Maybe I’m Amazed” y su voz es la de siempre, la del Beatle que conocimos, pero escuchar la canción en sus conciertos en sus últimas giras, y algo de su brillo parece estar desapareciendo. Muchos esperamos que todo sea un alucine y que Paul no esté pensando dejar de ofrecer concierto. No sabemos si eso está por suceder pero si sabemos que sin él, al igual que sin Bob Dylan, la era de la música que emergió desde los sesenta entra a su extinción, pasa a otra cosa. Y entonces sí la música de rock entra a un estado de archivo, de museo, para ser recuperado por dispositivos del streaming, artilugios como los covers, los homenajes, los aniversarios.

Antes de conocer a Ricardo Calderón, y mientras desayunábamos, Beto me comentó de su experiencia de asistir a conciertos de McCartney, y de entre todas ellas hubo dos cosas que me llamaron la atención: la puntualidad y el cuidado que pone en la puesta en escena, así como el espectáculo previo al concierto, donde más que emplear un grupo o a un músico para abrir el concierto, se escucha música ambiental del mismo McCartney, o de los Beatles, versiones alternas, covers e incluso canciones no conocidas porque no salieron al mercado. Sí, Beto tenía razón: exactamente una hora antes de iniciar el concierto se encendieron las pantallas a ambos lados del escenario y aparecieron sendos carruseles digitales que giraban sin parar, y al girar iban mostrando imágenes varias del pasado: los Beatles, la Beatlemanía, McCartney en su infancia, con Linda, con los Wings, mientras se escuchaba canción tras canción con unos arreglos que parecía que el pasado Beatle, o los Wings, o del primer McCartney de solista, cobraban un sonido que se ha desarrollado a partir de la digitalización de la música.  

Pero no solamente era el mundo de los Beatles lo que aparecía en los carruseles digitales; era una historia más amplia y una síntesis de lo que ocurrió en el mundo desde los sesenta. Días después, y conversando con Esteban Cisneros sobre nuestra experiencia del concierto, me preguntó si me había dado cuenta de la cantidad de fotografías que habían aparecido de John F. Kennedy, de los astronautas del Apolo 11, de la guerra de Vietnam, de Nixon, por decir sólo de algunas imágenes. Durante los momentos previos al concierto, y mientras observaba todas las historias que aparecían en los carruseles digitales, pensaba que me preparaba para sumergirme en un mundo creado por los Beatles, que con esas imágenes manifestaba McCartney su legado a la música y a la cultura, al igual que a toda la memoria generada por los Beatles, porque en los carruseles –y en el fondo del escenario durante el concierto- se desplegaban imágenes y videos que habían producido los Beatles, desde aquellas de los inicios de la Beatlemanía, los videos canciones, de películas documentales, del video juego del Beatles Rock Band. La idea que tenía al contemplar todo eso es que la empresa de los Beatles retomaba aquello que los había convertido en una de las marcas comerciales más exitosas y longevas del mundo de la música moderna, los Beatles, y su legado era difundido por la obra y la acción de McCartney, y eso era maravilloso.

El concierto no comenzó puntual, quince o veinte minutos después de lo programado, pero comenzó de manera explosiva: con un simple rasgueo de guitarra, como el que siempre hemos conocido, “A Hard Day’s Night” abrió el concierto. El mundo de los Beatles se instaló de golpe con ese rasgueo de la guitarra con el que los Beatles le habían dado orden y orientación a la música de inicios de los sesenta. Ahí estaba él, Paul, look cool de siempre, con ese saco azul que bien podía ser una referencia a los cincuenta años del Sargento Pimienta, sus gestos y sus posturas con buena vibra. Ese Paul con canas, que manifiestan toda una travesía en la música y como Beatle. Y ahí estaba su tropa, su grupo, y con todo ello el legado de los Beatles. Era un momento único: saber que serían tres horas de música de los Beatles, de Paul, de los Wings. Era eso, sólo eso, sin más, y con todo lo que eso era. Y era como estar viviendo en dos mundos al mismo tiempo, porque el pasado dejaba de ser eso, un pasado, y se hacía más actual que nunca. No era solamente un tributo y un acto de nostalgia. No era un retorno o un regresar al pasado. Era un presente que se mostraba tal como era, como había sido con una serie de pasados que siguen vigentes sin seguir una historia lineal, sino una serie de vínculos que se manifiestan cuando hay expresiones de afinidad y de afectividad, cuando todo el estadio bailaba y cantaba todas las canciones del setlist.  

Y no podía ser de otra manera, porque el concierto fue eso: un setlist de nuestra experiencia con la música de los Beatles, de gran parte de nuestra biografía, algo tan familiar en nuestro crecer porque ha estado ahí, y en ese momento el concierto parecía otra cosa: un video extendido, un videojuego, una sesión de realidad aumentada. Era el mundo de los Beatles, de Paul, y para ello habría que ver el setlist del concierto. De acuerdo a la lista que nos proporcionó Beto, hubo cuarenta canciones que, quitando dos improvisaciones a partir del estribillo del “Olé, olé, olé”, se tocaron veinticinco canciones de los Beatles, seis del periodo de los Wings, siete de distintos momentos de solista de McCartney. Y no sólo eso: una canción del pasado de los Beatles que interpretó, en realidad era de la época de los Quarrymen (“In Spite Of All The Danger”), y “Love Me Do” fue un homenaje a George Martin.  

Pero no sólo había que ver el setlist, igualmente el fan mode del público. La gente fue llegando de a poco al estadio Azteca hasta un momento que parecía una inundación. La gente llegaba y llegaba siempre en compañía de alguien, familiares, amigos, pareja, y llegaban con alguna playera, una chamarra, un afiche de algún momento de los Beatles, de McCartney, se daba vueltas por los puestos mercancía de concierto, compraban chamarras, playeras, gorras, cojines, tazas. Algunos llegaron con el traje azul de Paul del Sargento Pimienta, o la compraban en los puestos, otros llegaban con las gorras a lo Lennon de los sesenta, con playeras de las imágenes de Let it Be, la W de los Wings, la portada del disco Macca, la playera del Everton de fútbol o de rugby con el nombre de Paul McCartney (y con el número 10 de capitán), chamarras con las imágenes de unos Beatles jóvenes del disco With The Beatles, o con el dibujo de Lennon que parece un garabato a colores.  

Hace años veía el video del concierto de McCartney, The Space Within Us. A lo largo de todo el concierto se veía a la gente contenta.  Recordé que cuando era adolescente, la música de sus primeros discos igualmente me ponía contento. Era como ingresar a una fiesta, a Disneylandia, estar de vacaciones. Es como aquella ocasión en que me trajeron de Estados Unidos Wings Over America, un disco triple, con un poster, donde McCartney cantaba sus canciones en vivo, y donde despertaba al mundo algunas de las canciones de los Beatles, y escucharlo de un solo golpe fue algo emocionante, vibrante, una especie extraña de sentir que yo participaba, de alguna manera, en esa experiencia. Estar a las puertas del estadio Azteca y observar a la gente que llegaba, caminaba, se sacaba fotografías, se asomaba a los distintos puestos, posaban junto a ese hombre con una pancarta que decía: “Más fama que los Beatles sólo Jesucristo”. Los videos que se han subido a YouTube manifiestan que más allá de la emoción de estar en el concierto era una cita con el destino, un regalo de la vida, ante expresiones de quienes filmaban que al aparecer Paul al escenario, expresaban “gracias Dios”.

Para mí sí fue una cita con el destino.

III

…and in the end…

Una canción que esperaba escuchar en el concierto era “Junior’s Farm”. Esperaba escucharla porque me recuerda a mi adolescencia (además que es de esas canciones de las que pocos se acuerdan). Esa canción me remite a las tardes de mi adolescencia en mi habitación cuando me la pasaba escuchando discos de los Beatles, y cuando salió al mercado era toda una novedad. Pese a que estaba incluida en el setlist de la gira, y por ello mi expectativa, no la tocó en el estadio Azteca. No. Pero no importó tanto, porque hubo otras del mundo de los Beatles que me gustan mucho y me hacen sentir muy bien: “Got To Get You Into My Life” o “Wecan Work It Out”, o aquella de los Wings que me late mucho, “Ninteen Hundred and Eighty-Five”.

Algunos de los amigos que fueron al concierto me dijeron que se la pasaron muy bien y que en mucho era porque iban acompañados de amigos, familiares, pareja. En mi caso no fue así pues compré un boleto en una zona del estadio donde estaría rodeado de gente que no conocería. Pero hubo algo que no esperaba: las butacas que estaban a mi derecha estaban desocupadas, por lo cual me pude mover y evitar a las personas que estaban paradas frente a mí, y pude sentarme a observar el concierto. No sólo podía desviar la mirada del escenario hacia el resto del estadio y contemplar las luces encendidas todo el tiempo, ver a las personas a mi alrededor que bailaban o filmaban con sus celulares el concierto, sino igualmente escucharlos cantar y disfrutar todo momento (en algún momento me quedé sorprendido de un hombre joven que estaba detrás de mí que no paro de cantar, todas las canciones las cantó, con un inglés terrible, pero se las sabía todas).  

Al sentarme en una butaca decidí contemplar el concierto. Sólo eso: era la primera vez, y seguramente la última, que veía a Paul tocar en vivo. Y fue como esas tardes de mi adolescencia donde ponía discos y escuchaba canciones, sólo eso, las dejaba pasar mientras las sentía una y otra vez, y lo hacía porque me parecían maravillosas, todas, aunque unas más que otras, y entonces, sentado en una butaca, con una cerveza en la mano, escuché y disfruté canciones como “And I Love Her”, “Lady Madonna”, “Being For The Benefit of Mr. Kite”, “Band On The Run”, “Let It Be”, y me parecieron maravillosas. Fue ahí cuando caí en la cuenta de que había cumplido una cita con el destino, algo que me hubiera encantado cuando era adolescente. Sin embargo me parecía que más que en un concierto, estaba contemplando un videojuego, porque lo que veía era a través de las pantallas, y ahí había más cosas que en el mismo escenario donde tocaban Paul y su grupo.  

Recordé que Paul había sido el Beatle que siempre mostró atención al espectáculo, a la puesta en escena, y que lo suyo fue “administrar el afecto del público”, como dicen algunos de los analistas de la industria musical. No solamente era quien estaba atento a las canciones que llegarían a los primeros lugares del hit-parade, sino que estaba atento a nuevos proyectos que posicionaran a los Beatles, a los Wings y a él como solista. Por ello caí en la cuenta que es uno de los músicos que hoy entiende de los negocios transmedia, esos espacios donde puede colocar todo el legado Beatle, y el suyo propio como músico e ícono de la cultura, y el concierto en el estadio Azteca fue una pequeña probada de ello.  

No tengo claro si la voz de Paul terminará siendo el factor por el cual abandone las giras. Me quedo pensando que después de varias décadas el material de los Beatles, como conjunto y de manera individual, sigue circulando, incluso más que en su momento, gracias al ciberespacio, pero que no podemos tener una idea de todo lo que McCartney ha generado desde hace algunas décadas y que, se sabe, los tiene guardados en algún lugar, y que es posible que tras su muerte, salgan y se hagan públicas. Es decir, tendremos mucho McCartney para el futuro. Y eso es algo genial.

León, Guanajuato, 14 de noviembre de 2017

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Héctor Gómez Vargas (León, Guanajuato, 1959) es autor de libros sobre cultura popular y subculturas, la radio, la música y los fans en el siglo XXI. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima, investigador del SNI y académico en la Universidad Iberoamericana León.

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