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19:34h. Sábado, 20 de Enero de 2018

Literatura y ciudad (entre la nostalgia y la anticipación extrema)

Miguel Ángel García Gómez

A la montaña he subido, satisfecho el corazón.
En su amplitud, desde allí, puede verse la ciudad:
un purgatorio, un infierno, burdel, hospital, prisión
.
Charles Baudelaire

La ciudad es el ámbito donde transcurre hoy la vida para siete de cada diez seres humanos, es ese lugar, efecto cultural, creado para que la vida individual transcurriera en compañía de otros, más llevadera, y sobre todo, más segura. La ciudad que surge para la seguridad, la compañía y la formación de ciudadanía e identidad, es ese lugar que hoy se ha convertido tal vez en el principal generador de inseguridad, miedo y soledades individualizadas.

A partir del siglo XX la ciudad se convirtió en el lugar donde las masas de Ortega y Gasset, o el hombre de la multitud de Allan Poe advienen como efecto del poder de atracción y seducción que la vida en la ciudad comienza a significar. La ciudad se hace grande, muta y hace emerger una nueva forma de vida, muy distinta a la imaginada por Rousseau, el paseante solitario en el campo, que es progresivamente devorado en favor de esa nueva forma cultural que es la ciudad.

Las ciudades de hoy son en muchos sentidos distintas a las ciudades de hace 150 años, distintas pero también son las mismas en tanto mantienen para sí el anhelo de ser el espacio para la libertad, para el cumplimiento de los sueños y la materialización de las aspiraciones de la sociedad. Si el destino de la mayor parte de los seres humanos es vivir en una ciudad, entonces ésta debe ser el ámbito natural de sus esperanzas. Todo ocurre en las ciudades; el arte, particularmente la literatura, han tenido a la ciudad como un objeto del deseo, como un catalizador para intentar explicar los grandes males, es un venero de enigmas o un reflejo de nuestro tedio, como dijera Borges.

La literatura de la primera parte del siglo XIX centraba la atención en gran medida, en la naturaleza. El romanticismo está asociado con el mundo natural, más con la ruralidad opuesta a lo urbano que ya es moderno, que es seductor, que atrae a cada vez más personas y que se convierte en anhelo de futuro, dejando al campo, a la vida anterior, al romanticismo, a quien se relega sólo a la memoria aunque con grandes esfuerzos para borrarlo. La modernidad niega la memoria que no es progreso y este no es afán para la nostalgia sino para la certeza de un futuro mejor. La ciudad es un fenómeno, una producción moderna, debiera ser la certeza del mejor futuro.

Baudelaire y los artistas de su época ya no tenían a la naturaleza como motivo de su quehacer, el mundo moderno de la ciudad les permitía, en su vivir cotidiano, trasladar a su alma la fascinación por ese ámbito cuya diversidad caleidoscópica permitía, por ejemplo, a un pintor (Toulouse-Lautrec), dar testimonio de una vida nocturna, inventada, tan alejada de la naturaleza, que convertía a la ciudad en ese todo artificial que emergía como afirmación última de la modernidad. París transformó la traza medieval de sus calles para borrar la memoria de las revueltas republicanas. Zolá describe en El vientre de París el conflicto de caminar en los Boulevards del nuevo París con el recuerdo de las trincheras y la sangre asociadas al viejo París. Los artistas modernos narran o pintan las impresiones que la ciudad les transfieren. La ciudad se convierte en un nuevo motivo, un nuevo medio. Para Marshall Berman, la ciudad es el mundo que se abre al asombro cuando dice: Ese primero de octubre de 1924 asistí al titánico renacimiento de un fenómeno nuevo….el tráfico. ¡Coches, coches, rápidos! Uno se siente embargado, lleno de entusiasmo, de alegría del poder. El simple e ingenuo placer de estar en medio del poder, de la fuerza. Uno participa de él. Uno toma parte en esta sociedad que comienza a amanecer. Uno confía en esta nueva sociedad: encontrará una expresión magnífica de su poder. Uno cree en ello… (Todo lo sólido se desvanece en el aire, la experiencia de la modernidad).

Y comenzamos a creer en la ciudad y en la alegría de su poder, el siglo XX afirmó a la ciudad como el escenario para la vida, el triunfo de la modernidad hizo creer, con Le Corbusier, en ciudades radiantes, en el automóvil, la zonificación y la funcionalidad en el uso del suelo como nuevos instrumentos para la poesía de la ciudad. Los avances en la ciencia, en la economía, permitían pensar en que la ciudad era el escenario, y que los grandes relatos de Lyotard eran la puesta en escena de la civilización.

Pasada la mitad del siglo XX, la generación de la llamada contracultura hizo emerger las dudas sobre el camino de las ciudades; los provos (provocadores) holandeses con Van Duijn, sacaron sus bicicletas a la calle para convocar a la gente a preferirlas sobre el automóvil, y pintaron de blanco las chimeneas para exorcizar al automóvil y a la industria contaminante y llamar la atención sobre lo que veían como necedades modernas. Los jóvenes, desde París hasta México, alzaban la voz para crear conciencia sobre lo que ocurría: “pocas perspectivas dignas de vida… Se nos dice continuamente “Ustedes son el futuro del país”. Pero se nos niega sistemáticamente cualquier oportunidad de actuar y participar en las decisiones políticas del presente… Nosotros queremos y podemos participar ahora, no cuando tengamos sesenta años…” (estudiante mexicano en 1968, en La Noche de Tlatelolco, de Poniatowska), todo como un síntoma de que los tiempos estaban cambiando, “Your old road is rapidly aging” cantaría Bob Dylan a la modernidad que rápidamente envejecía.

La ciudad posmoderna era entonces el nuevo escenario, con nuevas formas. Para finales del siglo XX ya no sólo es el automóvil, son los aerosoles y su efecto en la capa de ozono, es el daño al medio ambiente y el cambio climático por efecto de las emisiones contaminantes. La literatura posmoderna sitúa ahora a la narrativa sobre la ciudad en manos del lector, arrebata a los científicos, urbanistas, arquitectos y demás, la lectura de la ciudad y su comprensión se sitúan en el terreno de los propios ciudadanos, de los actores urbanos. Entonces, todo lo que ocurre en las ciudades se convierte en un atentado contra nosotros mismos, el Spleen de París de Baudelaire en el siglo XIX se convierte en el terror de París del Bataclan o de Charli Hebdó del siglo XXI, y de tantos episodios que se vuelven parte de la vida cotidiana, en el terror de vivir en la ciudad.

Las ciudades se convirtieron ya para terminar el siglo XX en lugares dispersos, distantes, desconectados (las ciudades 3D), se convirtieron en metrópolis, después en metápolis, en archipiélagos carcelarios (los fraccionamientos cerrados), en postciudades y en tantas cosas de las que la que la teoría urbana y la literatura han dado cuenta. Pero la ciudad que primero asombra a Baudelaire, o a Walter Benjamín, muta también en su forma de ser abordada, Camilo José Cela, la describe como "...un bullicioso enjambre humano (que) se afana en comer caliente, esquivar el frío, saciar el deseo sexual, librarse de la tuberculosis, matar el tiempo..., ir tirando… (La Colmena).

Ciudades como New York, Barcelona, Bilbao, Cd. de México se convierten en escenarios de la narrativa literaria, de la novela, pero las temáticas son las de cada tiempo, de cada ciudad. Las drogas como el gran escape, el sexo o los delitos cibernéticos, hasta la vida en una ciudad virtual, o la virtualidad de la nueva vida son los temas que se vuelven recurrentes (la corrupción de la política, los afanes del capital). Realidad y virtualidad de la literatura, realidad y virtualidad de las ciudades. La ciudad de hoy se convierte también en el escenario de la deslocalización (no tengo un lugar, no necesito un lugar, mi empresa está en todos lados y en ninguno), campo de acción de las conexiones perversas (Castells) entre el crimen organizado y el gobierno desorganizado (no creo en las instituciones, gobierno y poder económico son los mismos, el joven sicario no puede encontrar otro lugar de trabajo, etc.).

La ciudad actual que sucumbe ante la inminencia de ser la generadora de todos los miedos, las inseguridades y la incertidumbre. En las ciudades dispersas de hoy, los habitantes se debaten, como afirma Baudrillard, entre la nostalgia y la anticipación extrema, es decir, entre mantener la memoria del pasado, el apego a los lugares que nos daban seguridad, los barrios, o vivir en la incertidumbre cotidiana de las periferias. La ciudad se convierte en muchas ciudades, en un mosaico de mundos difíciles de vivir, difíciles de explicar. El centro y las periferias se han convertido en esos extremos de nostalgia y anticipación extrema, en el centro se encuentra el apego a la historia, al pasado patrimonial, a la nostalgia como forma de asirse al presente, mientras que en las periferias se encuentran los lugares de la incertidumbre del presente y la desesperanza del futuro, la anticipación extrema como una forma de asegurar el mínimo de posibilidades para el día de mañana. Koolhas ha dicho que el centro histórico es el núcleo de valor y significado de las ciudades, ahí, en el lugar de la nostalgia, se puede encontrar el sentido de existencia de la ciudad (el turismo de borrachera: Madero, ruta de cantinas) que se hace áspera en la medida que el centro se vuelve periferia difusa.

Pero las ciudades hoy también son los escenarios de la simulación y el simulacro de Baudrillard: “en los lugares de la nostalgia simbólica de las ciudades, se pueden asentar hoy todos los simulacros, los fingimientos de que la ciudad tiene todo lo que en realidad no es”: los paseos peatonales (parques lineales que no se usan y generan miedos); los nuevos espacios públicos temáticos como simulacro de que la ciudad es ese lugar apacible aunque bullicioso que soslaya las incertidumbres y los miedos de sus habitantes (Plaza Catedral, Plaza Expiatorio, Plaza Cubilete -Bicentenario-); el simulacro del gran proyecto que resuelve todos los males porque nos coloca como “ejemplo nacional” (gran biblioteca, gran teatro, gran museo); el simulacro de  la seguridad en colonias cerradas que no son sino el efecto de todos los miedos y las insatisfacciones utilizadas por el mercado como estrategia de venta, que aumentan más la distancia que separa la vida individual de la colectiva. Todas estas simulaciones y también todas las demás (políticas económicas, impulso al partido, etc.).

Las periferias son también los espacios de la simulación, allí donde todo ocurre, donde mucho de todo hace falta, y que tiene como efecto lograr que se mire hacia otro lado, que se simule que no pasa nada, porque de la simulación se pasa pronto al simulacro (a la generación de empleos o la atracción de inversiones). Que se simule que no pasa nada ya que el gran proyecto urbano o la nueva empresa instalada (el gobierno y el mercado como socios) lo puede ensolver todo. La ciudad simulacro como punto de llegada, presente y futuro, más allá de lo verdadero y lo falso (Baudrillad).

La ciudad debiera ser aún vivida como una experiencia de libertad, como afirma Jordi Borja, el origen de la nueva ciudad está delante de nosotros. Esto puede significar que debemos buscar en nuestro origen la posibilidad de hacer mejores ciudades, el origen está en el propio habitante, en sus necesidades, en sus sueños y esperanzas, como siempre ha sido, como debe de ser. Una población autocomplacida en la ciudad simulacro que nos presentan las reseñas oficiales y oficiosas, no es el mejor camino.

Dice Manuel Castells que: El compañerismo es un mecanismo psicológico fundamental para superar el miedo. Y superar el miedo es el umbral fundamental que deben cruzar los individuos para comprometerse… Crear comunidad o reconstruir el sentido de comunidad tiene como condición previa, de acuerdo nuevamente con Castells, llegar a un nivel suficiente de indignación con el estado de cosas, y perder el miedo para conectar las mentes (España y los movimientos post crisis 2008). Hacer una ciudad sin miedos, requiere la construcción de un modelo de urbanismo desde los habitantes, a partir de hacer visibles sus temores, sus carencias y sus anhelos, no continuar simulando que no existen, que eso es exactamente lo que hacen los gobiernos en todos los niveles actualmente.

Pronto (siempre en las próximas elecciones) tendremos los ciudadanos la oportunidad de mostrar nuestro nivel de indignación y de perder los miedos a buscar una mejor posibilidad para nuestro futuro, la ciudad que podemos hacer (nuestra ciudad de León o aquella donde vivimos), pasa por dejar a un lado los actuales modelos de planeación urbana que han privilegiado el “urbanismo de amigos”, o “urbanismo salvaje” que privilegia sólo al mercado (a los “desarrolladores y los influyentes”), mientras simula su preocupación por todos.

Algunos de mis amigos me preguntarán sonrientes si no me arrepentiré de lo que digo, pero podré responder usando las recientes declaraciones de Joan Manuel Serrat: “no me arrepiento nunca de decir públicamente mi pensamiento -algunos estarán de acuerdo, otros muchos seguramente no-. Estoy en mi pleno derecho como individuo. Y, sobre todo, si mis declaraciones manifiestan mi posición respecto a lo que me ocurre a mí y a mis circunstancias. ¿Por qué me tengo que arrepentir?” También me preguntarán si no me da miedo que me pongan en el cajón donde el sistema que todo controla muy seguro de sí mismo suele colocar a los disidentes, pero de la misma forma usaré al propio Serrat para decir: “Prefiero pasar miedo que vergüenzade ver cómo en mi ciudad se reproducirán hasta siempre los actuales problemas (inseguridad, crimen, incertidumbre, simulación) si no nos indignamos lo suficiente.

Jorge Luis Borges escribió, en su "Fervor de Buenos Aires”:

En esta ciudad que yo creí mi pasado
Es mi porvenir, mi presente.

 

 

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