Es lo Cotidiano

CUADERNO DE NAVEGACIÓN

Abstinencia [XLIV]

José Luis Justes Amador

The Wicker man, fotograma de la cinta
The Wicker man, fotograma de la cinta
Abstinencia [XLIV]

Diciembre, 3
Es la última semana de clases. Aplicar exámenes, corregir exámenes. Terminar las planeaciones que se han ido acumulando de semana en semana. Pierdo las bocinas. Salgo a buscar unas. Los alumnos siguen esperando que continúe el examen. Aprovecho para fumar. Todos parecen haber pasado las partes más difíciles. Sólo queda esperar. Ninguno de ellos fuma. Me pregunto cómo podrán luchar contra sus nervios.

Diciembre, 5
Descubro a primera hora de la mañana lo equivocado de una de mis afirmaciones de ayer. Tres de mis alumnos, un alumno y dos alumnas, están fumando antes de entrar a clase (es decir, en la puerta de entrada al recinto). Les pregunto. Me dicen que están nerviosos. Mientras prendo uno para acompañarlos, los calmo. Todos salieron más que bien. Yo fumo porque hoy espero las respuestas de la encuesta de calidad docente y me concentro en una traducción que avanza lenta, lenta.

Diciembre, 6
La universidad sin alumnos se ve bastante más vacía de lo que podría parecer a primera vista. Sólo administrativos y unos cuantos maestros, todos en realidad, pero desperdigados por cubículos y aulas, apurando las últimas labores. Fumo solo y fumo demasiado hoy. El cigarrillo contra el aburrimiento. Gana siempre el cigarro aunque el aburrimiento no se cura. Termino todo lo previsto, excepto la traducción.

Diciembre, 7
La mañana aparece con la cerreta llena de niebla, anuncio del frío que acabará, aunque tarde, por llegar. Sólo al acercarnos descubrimos que es, en realidad, un fuego, dos fuegos a ambos lados de la carretera, quemando rastrojo. Una demostración de que el frío y el humo no son realidades distintas. Bajo la ventanilla para aspirar el delicioso, sin ironía, olor a hierba seca quemada, y prendo un cigarro.

Diciembre, 8
Comienza el frío y las posadas. O viceversa.
Llego a la posada que organiza mi universidad, para descubrir que es en un lugar abierto, tanto al frente como por los imposibles tejados por los que en unos minutos más, en plena cena, se colará la lluvia. No fue falta de previsión de los organizadores. Es que se trataba del mismo lugar en el que en septiembre debería haber habido una comida y que, al no poder reembolsarse al suspenderse por los días de luto nacional por el terremoto, fue cambalacheada por la celebración de la posada. Todos los compañeros, incluido yo, estaban muertos de frío, es una metáfora aunque no tanto, frente a unos calentadores que se prenderían hasta el final de la cena. Sólo un ponche improvisado que no paraba de salir de las cocinas y mis cigarros nos salvarían de morir congelados. Lo malo es que sólo había llevado los justos para cumplir con la dosis prevista. Hoy es uno de esos días en que odias a la gente que fuma sólo del tabaco de los demás. Casi cien personas y ninguna más llevaba tabaco. Y, con el frío, nadie quería lanzarse hasta la tienda más cercana, que quedaba bastante lejos de la hacienda que iba a acoger nuestros cadáveres congelados.
Lo único cálido fue una cobija de premio, que fue inmediatamente usada, y un Uber de vuelta a casa en el que no se podía fumar. Apenas una conversación sobre el frío que estaba comenzando a caer.

Diciembre, 9
Todas las llamadas y las conversaciones de hoy son la repetición de la que tuve con el taxista ayer. Salgo pronto de casa a pagar la luz y prendo el primer cigarro de la mañana. Sabe delicioso bajo el sol que no impide el frío. Camino pensando en el poco tiempo que queda.

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