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Teenage Fanclub, Bandwagonesque

Esteban Cisneros

Teenage Fanclub, Bandwagonesque

Por alguna razón, solemos intentar dividirlo todo en etapas, en ciclos, en calendarios. Nadie se salva. Funciona en la práctica, no hay duda. Llegar a tiempo, cumplir, la quincena, el mes, el año. La década.
Los que amamos la música (y más, los que la hacemos, la estudiamos y escribimos sobre ella) solemos usar estas divisiones temporales por muchas razones (algunas obvias, otras mucho más personales). La más socorrida es las décadas. El siglo XX se comportó en ciclos que, a primera vista, parecen hasta uniformes. Pero no. La música, viva, ama mutar de una cosa a otra, jugar con el tiempo y el espacio, apropiarse de los seres haciéndonos creer que somos nosotros quienes nos apropiamos de ella; está viva y se mueve, se adapta; es energía, así que se transforma y no se destruye.
A veces es adecuado escribir frases como "Bandwagonesque es, sin duda, uno de los más grandes discos de los años 90". Porque lo es, en primer lugar. Y porque es un disco que propuso una dirección que pocos tomaban justamente en esa etapa de la historia pop, muy marcada por el éxtasis y Madchester o el shoegaze (en el Reino Unido) y el mugrero grunge (en Estados Unidos). Pero es igual de adecuada la frase "Bandwagonesque es, sin duda, uno de los más grandes discos". Sin importar década o época. Porque lo es. Es un disco al que las fechas le sobran. Es un clásico y su contexto importa poco. Lo que cuenta son sus impresionantes canciones.
Hablemos un poco de los responsables de Bandwagonesque, para no perdernos: Teenage Fanclub, grupo escocés de guitarras, formado por Norman Blake, Raymond McGinley, Gerald Love y una sucesión de bateristas, pero nombraremos a Brendan O'Hare al ser el que grabó este disco. Comenzaron a hacer música en 1989 en Bellshill con mucha influencia de los Beach Boys, los Byrds y Big Star, más un mucho de distorsión punk. Siguen activos hoy. Grabaron un primer disco, A Catholic Education, lleno de melodía; su segundo, The King, era ruido y más ruido. Bandwagonesque salió en 1991 y era el balance perfecto entre los Beatles y Sonic Youth. Lo dicho: uno de los más grandes discos.
Urgencia e inmediatez. Ritmo, ruido y melodía. Yo no puedo pedirle mucho más a un grupo. Muchos la olvidan, la obvian o, incluso, la desprecian, pero la esencia de la música pop es la identificación emocional. La perfección técnica no es necesaria. Incluso la búsqueda de un ideal artístico puede quedar de lado en la hechura de una canción pop. Lo que, suena a paradoja, hace que la música tenga el potencial de lograr ser el arte más democrático, la expresión más perfecta.
Teenage Fanclub logró ese roce de la perfección en un disco muy poco pulcro, ruidoso y distorsionado aunque, eso sí, una cátedra de melodía y de ingenuidad adolescente. De canciones inmediatas y vibrantes, guitarras discordantes y voces limpias. De letras mordaces y muy modernas, sin teatralidades ni retruécanos, sobre la vida, la calle, el amor, la frustración. De un sonido hijo de su época pero que toma sin complejos ni miramientos lo mejor de otras. El resultado es un álbum eterno que hace que el corazón de agite y los pies se muevan. ¿Derivativo? Tal vez. Estos jamás ocultaron sus influencias. Al contrario. Hicieron muy suyo al Pablo Picasso que aseguraba que los buenos artistas toman prestado y los grandes, copian. Quien admira a sus héroes terminará haciendo cosas heroicas.
Me parece una necedad destacar canciones del disco, porque me gusta de inicio a fin. Pero para los que necesitan de una recomendación, podría comenzar con “The Concept”, “Star Sign” o “What You Do To Me”, los singles que se desprendieron de él. Están también “December”, “Metal Baby”, “Alcoholiday” o “Is This Music?”, favoritas personales. O “I Don't Know”, “Sidewinder”, “Pet Rock” y “Guiding Stars”, impecables.
Mi mejor recomendación, en todo caso, es correr a conseguir el álbum. En cualquier formato, qué más da.
Bandwagonesque tuvo, a nivel mainstream, tres contemporáneos a los que no sólo supera sino que abreva. Porque el álbum es Nevermind Nirvana, Loveless de My Bloody Valentine y Out of Time de R.E.M. en uno solo.
Aunque hoy, en una época obsesionada con las épocas, en un tiempo que no deja de pensar en el tiempo, Teenage Fanclub es una anomalía. Precisamente por eso hay que volver a ellos.


C/S.
 




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Esteban Cisneros
(León, Guanajuato) es panza verde, músico de tres acordes, lector, escritor, dandi entre basura. Cuanto sabe lo aprendió entre surcos de vinilo y vermú y los Beatles. Está convencido de que la felicidad son los 37 minutos que dura el primer disco de Dexys Midnight Runners. Procura llevar una toalla a todos lados por si hay que hacer autoestop intergaláctico.
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