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07:30h. Lunes, 24 de Septiembre de 2018

De palofierro

Del jardín en el diamante

Yara Ortega

Ther Royal Family of Hesse
Ther Royal Family of Hesse

12/12/2012… hace un año se acabó el mundo!

Para quienes creen en la “profecía maya”, así fue. Para mí, el mundo comenzó a acabarse el 17 de éste mes, en el año que está por terminar. Hace falta acopio de valor para echar por la borda lo que se ha venido deseando por años; abortar el plan maestro que ha tomado lustros afinar. Y todo, por culpa del corazón.

Mis padres fueron como los de todos, pero se amaron como nadie.

Mi padre, luchador de izquierda poco moderada, defensor de los derechos laborales de la peonada, emergió de la miseria que implicaba estudiar en la UNAM lejos de casa, lavando vidrios en los cruceros; levantándose a las 3 o 4 de la mañana para caminar desde Peralvillo hasta la facultad, porque pagaba camiones o compraba algo de comida. Hasta que en 4º año cayó con una anemia perniciosa. Tres meses en cama, inane… su sueño continuó cuando el propio Rector conoció su situación y le tramitó una beca de asistente de laboratorio.  En el noveno semestre fue el mejor promedio de su generación, resultando en su examen profesional  “summa cum laude”.

Años en los que mi abuelo, su padre, llegó a diputado y luego senador. Mi abuela compró una hacienda y la trabajaba como la mujer acostumbrada a mandar y hacerse obedecer… pero los trajes de High Life y los Cadillac’s de su marido, meros adornos a su atractivo viril, eran accesorios para que las verdaderas Divas lo lucieran. Hay fotos del senador con su cuñado el gobernador, departiendo con María Félix. Y la belleza así… cuesta. Esa es ya otra historia.

El padre de mi madre era orfebre. Y cuando casó con La Perla (como se conocía a mi abuela), cargó con siete hermanitos de ella; el menor, de nueve meses de nacido. Ella, con dieciséis años, no sabía leer ni escribir, sin embargo sentó las bases para uno de los mayores imperios diversificados del Bajío, en sólo 2 generaciones. Con el sistema de quipús (ella lo llamaba “de camotitos”) tenía atados de efectivo: unos nuditos en hilachos de colores indicaban si “paja” le prestó a “carbón” un peso, un tostón, un veinte, un cinco, etc. Negociaba carretas de calabaza, cargas de maíz, pata de trigo, leña, garbanzo, canastos de quesos, gruesas de caña, piezas de manta. Con ellos alimentaba a la familia (parió 14 hijos, crió siete hermanos  y doce sobrinos, mantuvo dos cuñadas, dos concuños y una prima… todos viudos y recogidos bajo su tejado). Tejía, bordaba; zurcía, deshilaba.

De los pantalones de casimir del marido, hacía abrigos para los niños… los centavos los hacía pesos; los pesos los convertía en parcelitas “a medias”. Luego compraba pequeñas casuchas ruinosas (“cucuruchos”, los llamaba) que reparaba con adobe compuesto de lodo, el sobrante de la paja y el estiércol de los burros que encerraban los arrieros en un solar de su propiedad. Si la inquilina del chiribitil no podía pagar la renta, negociaba con docenas de ropa a planchar o tascales de tortillas. Gallinas, lechones, guajolotes, chivos… eran cebados en traspatio para el consumo familiar.

Todas las noches se rezaba el rosario en torno a un gran anafre donde se calentaban las planchas de carbón. Al acabar la labor, se repartían frijoles caldosos con “duritas” y a veces, un trocito de longaniza hecha por “El Rielero”, jefe de la estación de ferrocarril. La piedad y la caridad eran los distintivos de esta matrona que vio a su marido preso en Guadalajara cuando la Cristiada. Tres años duró la cautividad. Los Federales exigían el peso del inculpado en oro. No sería mucho, pues era de complexión delgada y máximo 1.60 de estatura. Pero su corazón era de la ley más fina: nunca delató a quienes financiaban el movimiento. Y hay fotos donde aparece con un cofre lleno de las alhajas y monedas que comprarían parque y munición, y hasta la libertad de los caudillos. Pero ésa ya es otra historia…

Cuando mi papá conoció a mi mamá, decidió que “la mujer con ojos de faros de Chevy” sería su esposa. Al pedir su mano, lo único que lo respaldaba era su fama como buen veterinario. El primero, de Atotonilco a Salamanca. Preguntó mi tío el mayor que cuáles eran sus haberes. El Médico contestó: “Mi profesión, dos manos y un corazón para amarla”. En la época de la Peste, nuestra región se salvó de la debacle ocasionada por el “Rifle Sanitario”, que diezmaba hatos que luego eran incinerados en trincheras; gracias a la oportuna intervención de “El Médico”, que calendarizó las vacunas, orientó las porquerizas a favor del viento, programó la reproducción para que los partos se dieran en climas más benignos. Pero además enseñó a leer y escribir a los peones, contrató mujeres para las “maternidades”, discurrió jaulas elevadas para eficientar la higiene. Su pecado: organizar sindicatos y convencer a los trabajadores de que sólo debían trabajar 40 horas a la semana y contar con vacaciones ¡pagadas!, seguro social, incapacidades no laboradas. Organizaba sus “mítines” en el kiosko, sin megáfono ni notas, donde el discurso era el mejoramiento de las condiciones de trabajo y exigir el respeto de los patrones, en la época en que “El Che” Carrillo arengaba a la feligresía con la Teología de la Liberación y el Protodiaconato Femenino.  Pero, ésa es ooootra historia más.

La que nos ocupa realmente, es la metástasis de un carcinoma prostático, de fatal desenlace ocho años en este enero. Sabedor que iría a Guadalajara (nunca lo supo, a mis propias quimios) me encargó conseguir “una alhajita que le recordara siempre a “La Vieja” cuánto y sin palabras, la había amado. Tres días de caminatas sin fin, con los calores y las lluvias del verano tapatío, sin resultado. El día de su aniversario de bodas, desencantada, le platiqué a mi amigo Claudio. Él me mostró un anillo que le dejaron en prenda de un préstamo hacía mucho tiempo. Quintado de 24 kilates; en la cintilla medio se adivinaba “Forever”, de tan gastado por el uso. Entre los garfios de la montura, un diamante de 75 puntos ardía en fuego indeciso. Le pedí un vaso con agua, a cuyo contacto la piedra desapareció. Al mirarlo a contraluz (de sol y de neón) con el lente de aumento que usan los relojeros, descubrí un “jardín”, que es como los lapidarios llaman a un ramillete de carboncillos. Éste los tenía concentrados en el vértice del cono, razón por la que la luz no refractaba adecuadamente. No tardamos en convenir el precio… el gramaje de la montura solamente, porque no sabría calcular el valor de la piedra (actualmente no circulan en el mercado; hay que encargarlas al extranjero con un mínimo de tres meses de anticipación y pagando el 75% de la cotización al día del contrato, y el 25% más la diferencia restante al recibirla. Las piedras “buenas” ahora se engastan en efigies de la Niña Blanca, La Santa Muerte).

Cuántos años habría sido usado el anillo, como para casi borrar la inscripción… Pedí que sólo limpiaran la alhaja y la llevé a bendecir. Cuando le expliqué a mi papá las condiciones y el precio, se rió. “Así, como el brillante es tu madre: deslumbrante, exquisitamente pulida… pero tiene sus detallitos en el fondo, que me recuerdan que es humana”.  Luego de la misa al Santo Sebastián de las Porquerizas, nuestro Patrón, el cura Alcázar, les renovó sus votos. Hubo brindis. Bocadillos y pastel. Ocho días después, en la primera semana de diciembre, sus ojos de avellana contemplaron por última vez el cielo que me cobija. Y sabiamente, esperó al siete de enero para morirse, por no echarles a perder el Día de Reyes a los niños.

Nieta materna de artesanos cristeros. Nieta paterna de agraristas masones. Hija de la mujer que sobrevivió su ilusión de ser madre a catorce abortos espontáneos y del hombre que sentó las bases para el boom ganadero de los sesentas, donde se fincaron las grandes fortunas sobre las pavesas de la rebocería y la agricultura monocíclica. Escribo esto para que alguien no olvide que los personajes de leyenda existieron en alguna época remota.

Sola, en silencio interrumpido por los grillos invernales, he compuesto la “Corona” navideña en el cancel de la casa del “Ave María”, casa de piedra y flores. Restaurada por mis manos, en señal de la restauración de mi propio ser. Saboreo el lento tic-tac como gota en la clepsidra de la medianoche. No hay nadie, excepto mi sombra. Se oye a lo lejos el eco de una que otra pachanga, que con el seudónimo de “posada” congrega a la estulta plebe alcoholizada, ajena al verdadero Adviento con que deberíamos esperar el Nacimiento del Sol Triunfante.

Ojalá mi corazón tuviera el ritmo acompasado del reloj. Pero se mueve cual venado en la sierra, con su compás ora ajetreado, ora reposado, ora pausado. Yo lo detuve a la posibilidad de ser amada, el pasado 17 de diciembre… en espera de que se pare definitivamente.

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