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07:32h. Lunes, 24 de Septiembre de 2018

Q202

Daniela Herrerías

The Knocked Down Ace, 1943, Alexander Deyneka
The Knocked Down Ace, 1943, Alexander Deyneka

Es medio día, sentada frente a la computadora intento recrear el sonido del mar en mi mente. Miro imágenes en blanco y negro, espirales descompuestas de luz difractada formulan pensamientos propios que navegan sin timón entre mis entrañas, hace varios días que una idea me persigue sin parar, ¿Quién soy?

Me veo a mí misma, en el piso frío de aquella calle de Zaragoza, en el viejo corazón de la ciudad. Coatzacoalcos no es mi cuna pero sí el lugar donde en la arena, dejé mis primeras huellas. Cientos de figuras corren como serpientes coloridas en la pantalla de la televisión. Siento el calor de la luz amarilla en la cocina, puedo verme bajando de madrugada a robar galletas o pan de la alacena… Los traumas quedaron bien sellados en mis caderas.

Allá afuera, la piel se quema bajo el sol, en las batallas diarias. El ambiente naranja inunda de calor el termómetro natural, las ráfagas apaciguan por momentos el infierno que resulta, la arena quema, la sal corroe…

Regreso a la pantalla, interrumpida por el mensajero de Facebook. Es mi papá.

Un golpe certero a mis tripas, deshace en cadena todos los pensamientos. Treinta y cuatro años, sin saber nada. Y de repente, están ahí, frente a mí. Dos palabras.

Salen las lágrimas sin pedir permiso, ni saber lo que mojarán. Me invade el terror que se disipa al ver un emoticón de carita feliz. Me pregunto nuevamente, ¿Cómo llegué hasta aquí?

La infancia me marcó a través de los programas que la T.V. me daba, fui adicta a los contenidos infantiles que después cambié por las historias del Ché Guevara. Aprendí de Ernesto que lo único valioso del hombre, es la cumplimenta de una palabra empeñada. Otro Quetzalcóatl quizá. De niña también era perseguida por la luna mientras, agazapada en la parte trasera de un Volkswagen azul, la miraba sin descanso. Después fueron las estrellas, aún recuerdo el olor a verde esmeralda mientras viajaba dando tumbos en la batea de una camioneta pick up blanca, mirando lo que podía de un firmamento deslumbrante que la escasa luz nocturna de la carretera puede dar.

El cielo es un bóveda que guarda infinitas luces, el azul rey se torna a negros, las estrellas brillan con fuerza; el aire huele a tierra mojada, la luz de la luna me deja ver todo alrededor. Se escuchan las lechuzas, en los montes se pueden ver animales que se mueven, el tiempo parece detenerse. Solamente me veo acostada, dando tumbos de lado a lado en la batea, como justo ahora que intento acomodar eso que ocurre con lo que nunca ocurrió… qué mala broma sería decir volveré y no estar ahí para verlo.

Pasé por muchas tierras, he visto muchas caras, he conocido todos los colores. He estado en casi todos los recintos, y me sigo preguntando ¿Qué soy yo?

Es como ser la hormiga que camina entre los montes extensos, es la sensación de ser el pájaro que vuela entre mares interminables… es la sensación del amor propio que lo puede todo, es la felicidad chiquita.

La serpiente arcoíris me ha acompañado en todos y cada uno de mis viajes, en la infancia, a través de una muñeca universal pintada de colores, después, solamente la estela de luz del aura, yo solamente creía que era algo aprendido por la televisión y las caricaturas de la época, días como hoy, sospecho que era una preparación mental para descubrir lo que ahora tengo en manos.

Tezcatlipoca me echó de la Ciudad, huí también, ante la imposibilidad de amarle por ser mi contrario celestial. Regresé al refugio de la serpiente a comenzar mi propio pueblo, ese que navega descalzo entre la mar, ese que pinta las nubes con pinceles iridiscentes, ese que llora a través de la lluvia.

Generaciones ancestrales se han unido frente a mí, testigo de hazañas nacionales y vivencias extrasensoriales. Busco de nuevo, un argumento sólido que me lleve al principio de mi persona. Es difícil estar pisando casi los cuarenta años y creer que el resumen de la vida jamás pasará factura, justamente hoy, sigo deprimida sin razón aparente, cuando todo es brillante y puro en mi vida, hay algo allá afuera o muy dentro de mí que no me deja en paz, que me devuelve cada miércoles a la terapia para tratar de entender lo que ocurre… Debía saber, que funciona mejor el copal pero eso solamente lo entenderé cuando vuelva al camino de jade.

La duda arrancó cuando decidí portar a Quetzalcóatl en la carne, marqué mi piel con su existencia, festejaba entonces mis treinta y tantos, y dejaba huella de ese amor rojo y negro que no pudo ser, pero que aún vive en mí como testigo doloroso de la vida derramada inútilmente en la tierra. Una estrella de metal viajó con el pedimento, la ofrenda fue mi sangre y él cumplió. A sus pies, sobre la arena, me despojé del dolor.

Me entregué al amor, y florecieron los gemelos. Tierra de dualidades. Una marca más, una señal más. ¿Es que acaso yo lo soy, es que acaso soy la mujer de la falda de piedras verdes?

Es tarde ya, regresé al presente por el olor a comida recién hecha que emana de las casas, invadiendo entre ondas serpentinas las calles de Coatzacoalcos. Un hilo de olor, se cuela por la ventana. Desde arriba todo se mira, puedo ver el Parque Independencia, el Ayuntamiento, el Hotel Enríquez, la tienda de pinturas para pelo, las casas inamovibles que sin querer, guardan el tiempo y me mantienen a salvo.

Me he llenado de libros y revistas, unos más interesantes que otros, unos más viejos… Quetzalcóatl me persigue incansablemente, toda la vida. Aparece a veces en forma de dragón olmeca y otros, de cabeza de piedra tallada con forma de reptil y jaguar, algo hay, un enorme lazo rojo nos sujeta de otras vidas, pero sigo sin explicarme dónde comienza y por qué.

Laberintos de piedra, papalotes de serpiente, dragones chinos, fotografías, el mar, las texturas, la vida, los amores… ¿Qué cosa quiere de mí, para qué? Regresan las palabras del mensajero: Es asertivo, escribió él, como si no fuera suficiente todas las historias que mantengo pendiente, aún tengo que escribir la más importante… la propia.

La abuela de mi padre se apellida Quetz, lo descubrí cuando fui a renovar mi acta de nacimiento. ¿Quetz, de Quetzalcóatl? A veces pienso que solamente jalo hilos que enmaraño en una pelota de datos sin fin. Comencé la investigación sin parar. Libros, ensayos, cuentos, metáforas, novelas, biografías, libros de historia, todos los elementos que sumarán al inconsciente colectivo que ya para ese momento, ahogaba mis pensamientos, dejando ver esta necesidad intrínseca de dejar salir a Quetzalcóatl.

Intento no alucinar mientras escribo. La investigación personal nunca tiene fin, por las noches, busco afanosamente en el cielo alguna ruta iluminada que me guíe. Me retumba en la cabeza lo que dijo mi padre. “Es afirmativo””… ¿Qué hago?

A veces un sentimiento fuerte se apropia de mi razón. Imagino que tomo el siguiente camión y voy a México…. y luego vuelo a Champotón, en un hidroavión… Debería dejar de desperdiciar tan buenos argumentos… pero es mi vida, aquí la sangre existe en mi cuerpo, no son personajes de otra realidad. Recién leo desde Twitter, un reportaje sobre la investigación “Tlalocan”, un hallazgo reciente en el templo de Quetzalcóatl de Teotihuacán. La información fluye a cuentagotas. Mi oráculo ha permanecido callado, busco otras fuentes pero en vano encuentro lo que quiero saber.

La idea viene a mí, siento dolor en la cabeza… ya no aguanto los ojos, creo que necesito lentes. Ahora que lo recuerdo, tengo una amiga que conoce a un abuelo, llamado Gucumatz a quien conocimos en un rito detrás de la pirámide de Quetzalcóatl hace varios meses. Él deberá poderme explicar. Pediré su número y lo contactaré. Mando de inmediato un mensaje electrónico, espero con paciencia para que ella me dé el número. Lo tomo con filosofía y unas gotitas de limón, me siento en el suelo frío de casa, y comienzo a respirar, tiene casi una semana que volví a meditar. Dejé de hacerlo porque en ocasiones lograba abrir tanto el panorama que voces y sombras aparecían sin mi consentimiento, así que debí alejarme un poco. Por momentos, cuando medito, la luz blanca viene a la mente. Mi oráculo ha recomendado como mantra budista, copal y té, seguido de flexiones y respiraciones. Soy bastante desesperada, en fin. Dejo a merced del tiempo la información, sigo esperando.

Camino en pleno sol, me posee de repente una necesidad absoluta de leerlo todo, Quetzalcóatl como pocas cosas, activa en mí una curiosidad interminable que solamente brota de mí para hacerse más y más grande, más y más profunda. La herida más honda la llevo ahí pero temo siempre a diario encontrarme con esa persona que soy, esa que viene huyendo de las malas decisiones y que no sabe cuándo detenerse. Esa que mira para atrás observando una enorme bola de nudos multicolor  colgando de un arcoiris que por momentos roza la tierra, ahí, en el universo paralelo suspendido, se encuentra el pasado, tan presente y tan falto de futuro, tan delgado, tan invisible, tan inexistente.

Por todos los siglos, cuantos sea que hayan sido vividos en esta tierra, o cuantos sea hayan sido navegados por los ríos, quienes habitan la región que comprende el país mexicano, han aprendido a través de la historia a desarrollar un amor irrefrenable hacia los mitos, lo esotérico, lo inexplicable, un lazo negro y rojo que le une a lo oculto, camina a ciegas entre callejones sin salida y las serpientes que se muerden la cola; no es práctico pero mitiga el dolor.

Tras investigar en libros, páginas de internet, escuchar las historias que cuenta la tradición oral, es posible afirmar que hablar de Quetzalcóatl es recordar la figura del padre ausente, un mito que perpetua la ausencia de Dios, el retorno prometido y confluye con su más acérrimo rival: la ciencia. Quetzalcóatl es el portal entre lo divino y lo real. Entre la metáfora y el experimento. Es el cielo y la tierra, encarnada en un dios que se convirtió en estrella para vigilar románticamente las vueltas del mundo.

El laberinto que se recorre a través de la información vertida, es una suerte de camino trazado en la arena que al menor soplido del viento, obliga a quien le camina, a comenzar de nuevo, más intrincado aparece éste, cuando se le dota de sentimentalismo y se atribuye a la vida misma, se convive con el mito y se genera, una adicción a la fantasía que por momentos, explica todo aquello que los ojos no permiten ver.

Quetzalcóatl es una serpiente que repta en la tierra y se puede palpar, a través de la vida de Ce Acátl Topiltzin, Rey de Tula. Convive sin embargo, con el mito que menciona, a Quetzalcóatl divino, naciendo de un pez que fecunda a la madre en una caverna, es abandonado con sus tíos y es criado como rey junto a sus hermanos… desde ahí comienza la historia sin fin. Se une a Jesucristo y a Buda. Lo encontramos desde Guerrero hasta Yucatán. En un ir y venir entre los siglos que deja en absoluta confusión a los historiadores más prolijos. La vida, es pues, un laberinto interminable que con el tiempo se une y por momentos se desdobla para dejar pasar las emociones verdaderas a través del tiempo.

Mi padre, jamás volvió a comunicarse conmigo. Horas en el psicólogo, horas con el psiquiatra, la reflexión de un amor que no se va, en realidad, es un neurotismo aplicado. La incapacidad de soportar la falta de amor hacia mi persona.

Al final, esa es la razón por la que decidí atarme a Quetzalcóatl: porque no tiene fin. Porque es el dios neurótico que pasa de la realidad al mito, al que no termina ni resuelve nada, que no da raíces y da toda la fantasía.

Quetzalcóatl es, la extensión de mi yo interior, proyectado en mis traumas infantiles, expuestos en la adultez. Ahora por fin lo comprendo, y por fin lo acepto.

Por fin te libero, por fin me libero. En la soledad encuentro, la verdadera compañía.

Tú, Quetzalcóatl.

Es Quetzalcóatl, arriba, abajo. Aquí y ahora.
Santidad, oración, pensamiento elevado al cielo.
Aves de la noche y día, agua de corriente y lago.
Espacios serpentinos navegan por el universo.
Es Quetzalcóatl, blanco y negro. Aquí y ahora.
Lucha, sangre, piel quemada de batallas infinitas.
Sendas verdes, rocío abundante, lágrimas del tiempo.
Sincronía perfecta, dualidad del ser, Quetzalcóatl es.
Bola de luz, el sol que derrota a la lluvia y emerge el arcoiris.
Eres el todo del universo contenido en un solo átomo, eres la vida.
Millas recorridas a pie, recorridas entre el polvo, recorridas entre pastizales, agua, cenizas.
Las olas llevaron tu cuerpo, el fuego lo elevó al infinito, danzas ahora en la vía láctea.
Nos miras. Eres padre, hijo, eres dador, eres el fiel que se arrodilla, eres la voz del mensaje.
El agua de mar se mezcló con lágrimas.
Dolor de dejar a su pueblo, dolor de dejar a su vida, dolor de dejar a sus hijos.
Un dolor eterno que se carga cada día.
Te escucho en el eco del caracol, te siento en la caricia del viento, te huelo en la tierra mojada, te quiero en los días venideros.
Eres mi compañero. Eres mi padre. Mi hermano. Mi pareja celestial.
Eres tú mismo en mí, eres la trinidad del universo que se ha condensado en ti.
Bola de luz, la estrella de Venus que viaja y vuelve, aquel que derrotó a las tinieblas.

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Daniela Herrerías es jarochilanga, comunicóloga y fotógrafa. Feliz feroz lectora del Tuiter y escritora principiante. Rosas de alabastro, jaguares y Quetzalcóatl, sus temas preferidos. @daniherrerias su contacto.

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